Repensar a Martí desde sus esencias más profundas
Tiempo de lectura aprox: 3 minutos, 3 segundos
Escribir sobre José Martí es siempre un desafío y un acto de amor. No se trata solo de conmemorar una fecha más en el calendario patrio, sino de redescubrir, una y otra vez, la fuente inagotable de pensamiento y acción que representa el Apóstol de nuestra independencia. En estos tiempos complejos que vive Cuba y el mundo, detenernos en sus “esencias” se vuelve no solo un deber patriótico, sino una necesidad espiritual. Porque Martí sigue siendo nuestro contemporáneo, un hombre de estos tiempos que nos habla con la urgencia de quien sabe que aún tenemos camino por andar. Nos interpela y nos muestra caminos posibles en medio de la incertidumbre.
¿Cuáles son esas esencias? Son muchas y profundas. Está, ante todo, su concepto de libertad, que no concebía como un privilegio, sino como “el derecho que tiene todo hombre a ser honrado y a pensar y a hablar sin hipocresía”. Martí entendió que la libertad implicaba responsabilidad y respeto por el prójimo. Una libertad inseparable de la justicia social. Por eso soñó con “una república con todos y para el bien de todos”, máxima que sigue siendo brújula moral para cualquier proyecto de nación que aspire a la dignidad plena. En esa frase se condensa su visión: el bienestar no puede ser patrimonio de unos pocos, sino derecho de todos los que habitan esta tierra.
Otra esencia cardinal es su humanismo radical. Su amor por la patria no era un nacionalismo excluyente, sino expresión de su amor por la humanidad entera. “Patria es humanidad”, nos dijo, derribando cualquier muro que separara lo cubano de lo universal. Nos enseñó a ver al otro —el campesino, el trabajador, el desposeído— como base y razón de ser de la república por la que luchaba. Ese humanismo se manifestaba también en su profundo respeto por los niños, a quienes llamó “la esperanza del mundo, los que saben querer”, y por los ancianos, en quienes veía la sabiduría acumulada de los pueblos. Su sensibilidad social no era teoría: era práctica de cada día, era reconocer en el otro a un hermano.
Y qué decir de su ética, esa urgencia de ser “buenos, muy buenos”, de poner la palabra y la acción al servicio de la verdad. En un mundo dominado a menudo por la frivolidad y la mentira, la ética martiana resplandece como un faro. Nos recuerda que la política, en su sentido más elevado, es acto de decoro y servicio, no medio para el enriquecimiento o el poder personal.
Martí predicó con el ejemplo: vivió en la pobreza material mientras construía una obra intelectual y revolucionaria gigantesca. Su coherencia entre el decir y el hacer es quizás su legado más poderoso en tiempos donde las palabras suelen vaciarse de contenido.
Otra esencia fundamental es su concepción de la cultura como herramienta liberadora. Para Martí, la educación y el conocimiento eran las armas más poderosas para construir una nación verdaderamente independiente. “Ser cultos para ser libres”, sentenció, entendiendo que un pueblo ignorante es presa fácil de la dominación.
Impulsó revistas, periódicos, libros; se preocupó por llevar la educación a los más humildes; tradujo y difundió lo mejor del pensamiento universal para ponerlo al alcance de todos. En esa cruzada cultural se jugaba el futuro de la patria. La cultura no es adorno, nos enseñó: es sustancia de la libertad.
No podemos olvidar su visión antiimperialista, profética y lúcida. Martí fue el primero en advertir, con décadas de anticipación, los peligros que acechaban a nuestra América. Vio con claridad que la expansión del gigante del norte amenazaba la soberanía de los pueblos del sur, y dedicó sus últimos años a denunciar esos peligros mientras organizaba la guerra necesaria.
“Viví en el monstruo y le conozco las entrañas”, escribió, y esa metáfora sigue siendo escalofriantemente actual. Su antiimperialismo no era simple retórica: era advertencia basada en la observación directa y en el amor profundo por la independencia de nuestros pueblos.
Su concepto del equilibrio también forma parte de sus esencias más profundas. Martí supo armonizar dimensiones que suelen presentarse como antagónicas: el ideal y la realidad, la acción y el pensamiento, lo individual y lo colectivo, la tradición y la modernidad. No fue un soñador despegado de la tierra, sino un constructor que supo negociar, esperar y actuar en el momento preciso.
Esa capacidad de navegar entre extremos sin perder el rumbo es una enseñanza invaluable para los cubanos de hoy, enfrentados a menudo a polarizaciones que nos desgarran.
También es esencial su concepción del amor como fuerza motriz de la historia. Martí no fue un frío estratega militar ni un intelectual de escritorio: fue un hombre que amó apasionadamente, que sufrió por amor, que escribió los versos más hermosos a la amistad y al cariño filial. Ese amor lo trasladó a la política.
“El amor es el lazo de los hombres, el modo de enseñar y el centro del mundo”, escribió. Y en eso se diferencia de tantos líderes: para él, la política sin amor era simple administración de intereses, nunca construcción de patria.
Por último, su concepto de “naturaleza” como metáfora de lo auténtico. Martí encuentra en la naturaleza no solo inspiración poética, sino también un modelo de organización y de vida. “La naturaleza es sabia”, repite, oponiendo esa sabiduría natural a las construcciones artificiales y deshumanizadas.
Lea también:
El legado de José Martí fue y seguirá siendo clave en la Revolución Cubana
Visitas: 0

