Lindbergh y el beso del Caribbean Clipper en las mejillas de la bahía

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A Charles Augustus Lindbergh, el primer piloto que cruzó el Atlántico en solitario, la fama lo aupaba donde quiera que volara. Tanto que unos 20 mil cienfuegueros asistieron al espectáculo de verlo posar los pontones del American Clipper, el mayor avión del mundo, cuando acuatizó en la bahía de Jagua a la una y 36 minutos de la tarde del viernes 20 de noviembre de 1931.

El hidroavión de 77 pies de largo y 34 mil libras de peso, junto a su gemelo el Caribbean Clipper, integraba la flamante flota de la Pan American Airways (PanAm), compañía líder del incipiente mercado aeronáutico continental que inauguraba la línea Miami-Cienfuegos-Kingston-Barranquilla-Cristóbal (Zona del Canal del Panamá).

En principio el vuelo del gigante estuvo programado para el día 17, pero el presidente estadounidense Herbert Hoover solicitó los servicios de Lindbergh para que trasladara al ministro italiano de Estado, Dino Grandi, de New York a Washington a bordo del Caribbean Clipper.

Una segunda posposición ocurrió a causa de la niebla que impidió la llegada a tiempo a Miami del héroe del vuelo New York–París.

Tales contratiempos no hicieron sino aumentar las expectativas en Cienfuegos por el inminente arribo del hombre que el 20 de mayo de 1927 había pilotado el monoplano Ryan NYP, bautizado como Spirit of St.Louis, desde el aeródromo Roosevelt (Long Island) hasta el parisino de Le Bourget.

El alcalde Pedro Antonio Aragonés y las clases vivas nucleadas en torno al Cienfuegos Yacht Club y el Rotary Club dispusieron la organización de lo que los dos diarios locales catalogaban ya como el mayor acontecimiento popular en los 112 años de la ciudad.

Solamente se permitirán embarcaciones estacionarias en el espacio de mar comprendido entre la estaquería colocada por la Compañía del Dragado y el muro del Malecón”, alertaba El Comercio en su salida del 18.

La PanAm, que tenía sus oficinas en De Clouet número 23, casi esquina a Argüelles, también participaba de los preparativos del acontecimiento e insertaba un anuncio en la octava página completa de la propia edición del diario de los Aragonés, a fin de promocionar el primer vuelo de correo aéreo entre Cienfuegos y América del Sur. Insistía en su condición de mayor aerolínea del mundo, con una flota de 103 aeroplanos y rutas que alcanzaban las 18 mil 500 millas.

En el buen tiempo que reinaba en la zona surcentral de Cuba se insertó una repentina tempestad, pero de sirenas fabriles y aplausos, con que el público premió desde los aristocráticos clubes, las calles ribereñas y las azoteas la maniobra del Rey del Aire, quien colocó con la suavidad de un beso maternal los pontones del Sikorsky S-40 sobre las quietas aguas del bolsón de Jagua.

El hidroavión, cuya tripulación completaban el copiloto B.I. Rowe, el operador E.C. Adam, el mayordomo José A. Carrero y el mecánico John E. Donohue, transportaba 32 pasajeros, de los cuales, diez desembarcaron en la Perla del Sur. En la cabina junto a Lindbergh, compartiendo las peripecias de la travesía con la finalidad de mejorar la aviación del futuro, venía el conde Igor Sikorsky, ingeniero constructor de la nave.

Trasladado a los regios salones del Yacht Club a bordo de la lancha de la PanAm el protagonista del vuelo, enfundado en la elegancia de un traje gris oscuro, camisa azul, corbata rojiazul y zapatos negros, regaló una sonrisa y la mano extendida a cada “bienvenidor”. Pero solo estuvo cinco minutos alrededor de la mesa preparada para celebrar la ocasión. Escuchó sin dejar de mirar a su reloj pulsera los discursos en inglés de Carlos O. Hernández, a nombre de la institución anfitriona, el cónsul yanqui Mr. Alexander, y en castellano del alcalde Aragonés, quien saludó la presencia del embajador de la cordialidad americana.

En sus palabras de agradecimiento por el convite el aviador se refirió a la verdadera tristeza que le causaba permanecer tan poco tiempo en Cienfuegos. Contaron los cronistas que el apremio por continuar viaje a la capital jamaicana acortó la ceremonia, que prescindió del habitual ponche y de uno de los dos himnos, sin especificar cuál de los cantos nacionales resultó el obviado.

Los gacetilleros lograron breves declaraciones de Lindy quien se deshizo en elogios para la bahía cienfueguera, a su juicio una de las más preciosas del orbe, campo propicio para el amarizaje de aeroplanos, y le auguró a nuestro acuatorio un provenir brillante en el sector de la aviación comercial. Confirmó que había realizado el trayecto desde Miami con vientos favorables en una hora y 43 minutos.

Para llegar a Kingston la aeronave de asientos forrados en terciopelo amarillo y marcada con el número N.C. 80 V necesitaba otras cuatro y media horas de vuelo y como demoró más de lo previsto para repostar 803 galones de gasolina y 60 de aceite, la PanAm decidió posponer el viaje para el día siguiente tras comprobar la imposibilidad de arribar al próximo destino con la luz del día.

De manera que El Águila Solitaria pernoctó esa noche en el hotel Bristol. A las nueve y media de la noche agradeció el gentil recibimiento de los cienfuegueros desde los micrófonos de CMHJ, emisora que los hermanos López, Victorino y José, regenteaban en los altos de la propia hospedería de San Fernando y Santa Isabel.

A las once de la mañana del sábado 21 salió del hotel y se dirigió al muelle del Estado (Real), desde donde tomó un bote motor hasta el anfibio más grande del mundo. Luego de maniobrar por espacio de 20 minutos sobre la bahía el Clipper enrumbó hacia la capital de la colonia británica a las once y 33 minutos, dejando un imborrable recuerdo en la pupila de los seis mil cienfuegueros que acudieron a decirle adiós.

Al año siguiente el mundo fue conmocionado por el secuestro y posterior asesinato del Aguilucho, el hijo de 19 meses del as de la aviación. Y en febrero de 1936, cuando el cienfueguero Antonio Menéndez Peláez protagonizó el vuelo Camagüey-Sevilla la prensa española lo bautizó como el Lindberg cubano.

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Francisco G. Navarro

Periodista de Cienfuegos. Corresponsal de la agencia Prensa Latina.

Un Comentario en “Lindbergh y el beso del Caribbean Clipper en las mejillas de la bahía

  • el 26 noviembre, 2022 a las 8:20 am
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    Este mismo piloto Lindbergh llegó antes a Puerto Rico el 2 de febrero de 1928 en su avión “Spirit of St. Louis”, el mismo que usó para cruzar el Atlántico, y aterrizó en el aeródromo de Puerta de Tierra. Se dice sobre ese viaje en el 1928 de Charles A. Lindbergh a Puerto Rico que fue un viaje de “Buena Voluntad” que comenzó en Suramérica, Centro América y culminando en el Caribe. Al bajar del avión, y sentir el calor de la isla, fue agasajado con un jugo o refresco de frutas congelado que gustó mucho al piloto. Al preguntar por el nombre de aquello que le había sentado tan bien, decidieron bautizar el dulce aperitivo con el apellido del aviador.Aunque otras voces de la historia hablan de la frialdad emocional del piloto ante el recibimiento de los puertorriqueños le ganó un reconocimiento más y que hasta hoy permanece: al ahora típico jugo congelado del país le llamarían “limber” por su característica fría y dura. Desde ese momento nuestro típico “duro frio” para los boricuas se llama “limber”.

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