La madrugada que marcó el destino de Cuba

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El 10 de octubre de 1868, en el ingenio La Demajagua, cerca de Manzanillo, Carlos Manuel de Céspedes convirtió una finca azucarera en el escenario donde comenzó a gestarse la nación cubana. Aquel amanecer, un abogado bayamés de 49 años, propietario del ingenio, tomó una decisión que lo situaría para siempre en la historia: liberó a sus esclavos y los convocó a luchar por la independencia de Cuba. Ese acto inaugural, conocido como el Grito de Yara, no fue un gesto aislado, sino el punto de partida de una guerra que se prolongaría por diez años y que transformaría irreversiblemente la conciencia de los cubanos.

La conspiración que desembocó en aquel levantamiento llevaba años gestándose. Sin embargo, lo que precipitó los acontecimientos fue la delación. El 7 de octubre, un telegrama cifrado proveniente del Capitán General de la isla ordenaba la detención de Céspedes y otros conspiradores. El mensaje pasó por las manos de Ismael de Céspedes y Yero, sobrino del patricio y director del telégrafo de Manzanillo, quien alertó a su tío. La orden de arresto obligó a Céspedes a adelantar un movimiento que estaba previsto para días posteriores, y en la madrugada del 10 de octubre, reunió a los hombres de su dotación en el batey del ingenio.

El gesto de Céspedes consistió en algo más que una proclama independentista. Ante sus esclavos, pronunció palabras que borraban de un solo golpe el fantasma que había frenado la independencia de Cuba durante décadas: “¡Ciudadanos, hasta este momento habéis sido esclavos míos. Desde ahora, sois tan libres como yo”. Aquellos hombres fueron elevados al rango de ciudadanos y convocados a integrar las filas del naciente Ejército Libertador. La abolición de la esclavitud, que en otras latitudes fue un proceso gradual o condicionado, en Cuba nació como un principio revolucionario inseparable de la independencia.

Foto: Tomada de Internet
Foto: Tomada de Internet

La campana del ingenio, fundida en 1859 en Normandía, Francia, y trasladada a Cuba al año siguiente, tuvo un papel protagónico en aquella madrugada. De bronce y con badajo interior de hierro, pesaba exactamente 204 libras y media. Hasta entonces, sus toques habían servido para llamar al trabajo, marcar los cuartos de las jornadas y alertar sobre fugas o incendios. Pero aquel 10 de octubre, su repique no convocó a la faena: llamó a la rebelión. La campana se convertiría con el tiempo en el símbolo sonoro de una Revolución que, más de un siglo después, sigue siendo conmemorada.

La respuesta española no se hizo esperar. El 17 de octubre de 1868, apenas una semana después del alzamiento, el buque cañonero Neptuno, perteneciente a la Armada española, se acercó a la costa y bombardeó el batey de La Demajagua hasta reducirlo a ruinas. El objetivo era borrar el “pecado original de la rebelión”, pero el gesto fue inútil: la campana, derribada entre los escombros, sería posteriormente rescatada y se convertiría en reliquia. Los españoles no pudieron destruir ni el símbolo ni la causa que lo había hecho repicar.

El proceso revolucionario pronto requirió una estructura política. El 10 de abril de 1869, en el poblado camagüeyano de Guáimaro, los mambises alumbraron la primera Constitución de la República de Cuba en Armas. Aquella carta magna, de apenas 29 artículos, estableció la división de poderes y, sobre todo, consagró un principio que aún estremece: “Todos los habitantes de la República son enteramente libres”. La abolición de la esclavitud quedaba así refrendada en el texto constitucional, y Carlos Manuel de Céspedes asumía la presidencia de la República en Armas. Cuba nacía, por su propio empeño, como una nación soberana y libre.

Foto: Tomada de Internet
Foto: Tomada de Internet

La Guerra de los Diez Años, sin embargo, no culminó en victoria. El 10 de febrero de 1878, el Pacto del Zanjón puso fin al conflicto sin garantizar la independencia ni eliminar definitivamente la esclavitud. La falta de unidad revolucionaria, el regionalismo, la escasez de recursos y las pugnas entre la Cámara y el Ejecutivo en Armas facilitaron una capitulación que muchos consideraron vergonzosa. Céspedes, destituido de su cargo por divisiones en la Cámara de Representantes, fue sorprendido por los españoles en la finca San Lorenzo y murió combatiendo el 27 de febrero de 1874. El iniciador no vio la independencia, pero su gesto había plantado una semilla imborrable.

El legado del 10 de octubre trasciende la derrota militar. La abolición definitiva de la esclavitud llegó en 1886, y José Martí, que tenía apenas quince años cuando estalló el Grito de Yara, organizó en 1895 la guerra que finalmente pondría fin al dominio colonial español.

Foto: Barbara Cortellan Conesa / 5 de Septiembre
Mural de la Asamblea Constituyente de Guáimaro ubicado en el Museo Municipal de ese territorio camagüeyano. / Foto: Barbara Cortellan Conesa / 5 de Septiembre

La Constitución de Guáimaro inauguró una tradición constitucional que llegaría hasta la República refrendada en 2019. Cada año, cuando la campana de La Demajagua vuelve a repicar en el Parque Nacional, los cubanos escuchan no el sonido de una derrota, sino el de una nación que aprendió, en la adversidad, a no renunciar jamás a su derecho a ser libre.

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Barbara M. Cortellan Conesa

Ingeniera Química por la Universidad de Camagüey. Diplomada en Periodismo. Máster en Ciencias de la Comunicación. Periodista-Editora del diario 5 de Septiembre. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba.

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