Humanidad en movimiento

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Si existe un aspecto profundamente humano, es el movimiento, es la base de la evolución y el desarrollo

La migración es el fenómeno social más antiguo de la humanidad, era la forma en que sobrevivían las poblaciones.

Mucho antes de que existieran las fronteras, los pasaportes y los debates políticos sobre cómo debe organizarse la movilidad humana, los ancestros de nuestra especie ya se trasladaban, caminaban miles de kilómetros siguiendo los recorridos del agua, buscando los privilegios que ofrecían los animales, las temporadas de cosechas y las estaciones, es decir, la posibilidad de una vida mejor.

De hecho, la historia de la civilización comienza precisamente con ese ajetreo, fue así como se pobló el planeta. Desde la salida del Homo sapiens fuera de África hace miles años, incluso desde mucho antes con la expansión del Homo erectus hasta las grandes rutas comerciales de la Antigüedad, la migración es uno de los motores de la evolución humana.

Sin embargo, aunque no es nuevo y sea un concepto inherente al hombre, desde la psicología social, la de academia y la popular, se analiza demasiado cómo las personas construyen identidad y sentido de pertenencia en nuevos destinos, así, tan fácil.

Con frecuencia se es duro y crítico y se olvida que la identidad de las personas, dicho como comunidad, nunca fue un ente estático. Las culturas que hoy consideramos tradicionales son, en realidad, resultado de siglos de encuentros, intercambios y desplazamientos. La mezcla concebida con esa diversidad fue fundamental para la creación del ajiaco que hoy somos y vemos como normal, en todos los aspectos de la vida.

¿Dónde nacieron las grandes culturas del mundo? ¿Dónde se gestó el primer signo de progreso que permitió vivir en comunidad y estar organizados? En cruces de caminos por determinadas condiciones que permitieron la permanencia de individuos y les provocaba establecerse y crear para crecer. Desde los sumerios que se estima es de las primeras civilizaciones y Mesopotamia, epicentro de desarrollo en la Antigüedad, estuvieron estimuladas por la migración.

Su auge fue gracias al intercambio constante entre pueblos. Y así sucedió en otras áreas, en otros tiempos, paralelos y posteriores, con otras comunidades. Recordemos cómo el Imperio Romano integró poblaciones de tres continentes, Europa, Asia y África; y cómo durante siglos la Ruta de la Seda conectó China con Europa y África no solo para establecer el comercio de seda y especias, además de otros bienes, también permitió la circulación de ideas, culturas, religiones, tecnologías y conocimientos científicos.

La migración nunca fue solo un fenómeno económico sino profundamente humano para sobrevivir, para vivir mejor, así como para buscar otras experiencias, explorar y crecer espiritualmente, en busca de oportunidades de empleo, educación, incluso para seguir el amor, por cambiar de clima, por razones de salud o simplemente por la invitación de un proyecto vital para empezar de nuevo en otro lugar.

¿En qué momento se comenzó a ver mal, a levantar muros enormes, a zatanizar la salida y negar la entrada? Seguramente cuando comenzaron a delimitar países porque mientras el mundo fue solo una porción de tierra y mar sin nombre, fue normal moverse. Humanidad es sinónimo de movimiento.

Muchas pueden ser las razones para emigrar de una región a otra, dentro de una misma ciudad o país, pero también intercontinental. Y en lo habitual también podemos encontrar que a veces la decisión no es libre. Pensemos en las guerras como sucesos responsables de los principales éxodos de la humanidad.

La historia refiere esos contextos con persecuciones, crisis económicas y violencia que obligan a la salida urgente de grandes comunidades hacia otros territorios donde han tenido que asentarse y comenzar de cero, quizás sin deseo, solo impulsados por la necesidad de mantenerse a salvo. Pero no pocas veces sin miramiento, con rechazo y traspiés por barreras como el idioma, las pocas oportunidades por las distintas formas de discriminar que hay y la escasez de huir con poco para levantar después, además de todo lo subjetivo que acompaña hechos de este tipo y que unos llevan mejor que otros.

También existen contextos cada vez más frecuentes que inciden en la migración como los efectos del cambio climático. Por tal razón millones de personas abandonan sus hogares no porque quieran hacerlo, sino porque quedarse deja de ser opción, porque sus casas quedan destruidas, por ejemplo.

Durante los siglos XIX y XX, millones de europeos llegaron a nuestro continente porque en sus naciones se mal vivía. Huyeron de la pobreza, de guerras o buscaban oportunidades imposibles de encontrar en sus territorios.

Después de dos guerras mundiales, países como Argentina, Uruguay, Brasil, México, Venezuela o Estados Unidos recibieron grandes oleadas de italianos, españoles, alemanes, polacos y otras nacionalidades que reconstruyeron allí sus vidas y contribuyeron decisivamente al desarrollo científico, artístico, empresarial y cultural de las sociedades de acogida. En menor cuantía otros países también recibieron migrantes por la misma causa, y también antes y después por otras. Es un suceso que ocurre permanentemente.

Pensemos que del mismo modo contamos con la presencia de importantes comunidades chinas repartidas por todo el planeta. Incluso en Cuba tenemos un barrio chino y esto no responde a un fenómeno reciente, es consecuencia de migraciones iniciadas hace siglos, intensificadas durante el XIX por distintas razones y estimulado por la demanda internacional de mano de obra. Hoy esas comunidades forman parte del tejido económico y cultural de diversos países.

Lo mismo ocurre con la diáspora árabe que se encuentra más o menos presente. Comerciantes, navegantes y familias procedentes del actual Líbano, Siria y Palestina, entre otras regiones, se establecieron en América desde finales del siglo XIX. Como es lógico muchos llegaron con pocos recursos, pero terminaron participando activamente en la construcción económica, política y cultural de las sociedades donde lograron establecerse.

Actualmente es noticia que uno de los escenarios migratorios más visibles ocurre en el Mediterráneo donde miles de personas procedentes de países africanos cada año emprenden una travesía muy peligrosa para intentar llegar a España y a otras naciones europeas en busca de oportunidades laborales o seguridad. Sueñan un futuro mejor que no vislumbran en sus lugares de origen, por distintas causas como los conflictos armados, la pobreza estructural o las consecuencias de la desertificación.

Históricas y riesgosas son también las rutas migratorias que atraviesan Centroamérica y el Caribe hacia Estados Unidos, ya sea por tierra o mar. Es un contexto que refleja una combinación compleja de factores económicos, sociales, familiares, políticos y de seguridad. Es muy difícil catalogarlo con pocas palabras, pero detrás de cada estadística existe una asunto personal que rara vez puede reducirse a una sola explicación.

Desde una perspectiva psicosocial, la migración es un proceso permanente en menor o mayor escala. Ocurre dentro de un mismo país, del campo a la ciudad, de una ciudad pequeña a la gran capital, de una región con pocas oportunidades hacia otra con mayor desarrollo. Cambiamos de lugar porque cambian nuestras necesidades, nuestras relaciones, nuestros proyectos y nuestras circunstancias.

Si existe un aspecto profundamente humano, es el movimiento, que es la base de la evolución y el desarrollo. Forma parte del ciclo natural de las sociedades y no solo se sustenta por los costos económicos o la presión externa. Es necesario estudiar este fenómeno, así como debatirlo siempre teniendo cuenta lo que representa no solo de manera individual y grupal.

Es cierto que deben existir normas, que las leyes son escritas para ser cumplidas porque son las que ordenan la vida, pero cualquier análisis a este tema será insuficiente sin particularizar, si olvidamos la raíz del comportamiento más simple de la humanidad, y de sus resultados. Si vamos a lo básico, gracias a la migración aprendemos nuevas formas de cocinar, de celebrar, de emprender, de investigar, de crear arte, de educar y de entender el mundo.

Tengamos presente que la diversidad cultural amplía la creatividad colectiva, favorece la innovación y desafía prejuicios que muchas veces limitan el desarrollo social. También pensemos en que tampoco es una decisión sencilla porque toda migración implica un duelo que muchas veces no termina. Depende de cada coyuntura, pero es común que las personas abandonan sus lugares por un impulso mayor y dejan atrás afectos, costumbres, paisajes, idiomas y parte de su identidad, a riesgo de fracturas y aislamiento.

Por tanto, en el camino de la adaptación se precisa de un esfuerzo emocional, así como resiliencia, capacidad para reinventarse, volver a tener sentido de pertenencia y reorganizar su mundo psicológico. No se trata de una anomalía de nuestro tiempo.

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