El sagrado poder de la salvadera
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“¡Ah! ¿Este árbol? Es más viejo que Matusalén. Figúrese, yo llevo viviendo más de setenta años aquí y es el mismo de siempre, asegura Rosendo Alomá Brunet mientras nos muestra la centenaria y majestuosa salvadera que franquea la entrada de su casa, en el reparto Buena Vista, de la ciudad de Cienfuegos, en Cuba.
Por un momento, el septuagenario cienfueguero se queda en silencio como escudriñando algunos recuerdos en su mente, al tiempo de esbozar una sonrisa en sus labios con cierto orgullo. “Por aquí pasan muy a menudo personas en busca de las espinas, corteza y hojas de la mata con fines religiosos, porque aseguran que tienen poderes sagrados; por algo el nombre, ¿no? Otros llegan en busca de las semillas para trabajos de artesanía y no faltan los turistas curiosos”.
Planta esotérica
Existe la creencia popular de que la Salvadera es un árbol de mucho poder místico. Para quienes practican diferentes sectas religiosas, sobre todo aquellas de origen afrocubano, la planta tiene la virtud de repeler la energía de la muerte, los malos espíritus, los fallecidos recién desencarnados y los espíritus endurecidos.
Otros creyentes afirman que las ramas son especiales para sarayeyes (ritual Yorubá de purificación y limpieza para eliminar las energías negativas y atraer la buena suerte), en tanto espantan todo tipo de espíritus y la energía estancada. “Desde siglos, argumentan los estudiosos del tema, es usado para ‘limpiar’ a los dolientes luego que regresan de enterrar a sus difuntos”.
Así las cosas, de acuerdo con determinados criterios esotéricos, junto a otras hierbas y las ramas del Jabillo, como también se le conoce, se colocan debajo del colchón de una persona mientras se realizan los ebboses (vocablo Yorubá que significa “ofrenda, sacrificio o trabajo espiritual”) que se realiza para quitarle un espíritu maligno. En fin, se trata de un árbol de mucha jerarquía por su poderío energético y fuerza natural, claro está, desde el punto de vista espiritual.

Mística aparte, en definitiva se trata de la Hura crepitans, por su nombre científico, una magnífica planta de la familia Euphobiaceae, que puede alcanzar una altura superior a los 40 metros, de hojas grandes acorazonadas y se distingue por su corteza gris con numerosas espinas.
En el mundo de la botánica, la especie es conocida por diferentes nombres según la región geográfica. Si bien en Cuba la denominación más común es Salvadera, también es llamado en otras partes catahua, ochoó, jabilla, ceiba amarilla o solimán.
Por su gran tamaño, resulta una especie maderable de significado valor económico, aunque, a decir verdad, pocos se atreven a talarlo por supertición, sobre todo en la Mayor de las Antillas. Según la bibliografía consultada esta planta es oriunda de las regiones intertropicales americanas, tanto de América del Norte y Central como América del Sur, especialmente en las cuencas del Orinoco y del Amazonas, así como está presente en los países del Caribe.
Como dato curioso he de señalar que el fruto recuerda una mandarina pelada. Al madurar, la cápsula que contiene las semillas explota en la altura del ramaje y dispersa alrededor del tronco unos peculiares fragmentos en forma de orejas con puntas o pequeñas espuelas en uno de sus extremos. Esta parte del vegetal tiene un interés particular para confeccionar objetos de artesanía.
Eso sí, además de su utilidad económica por la madera y el uso en artes manuales, se conoce que todas las partes del árbol son venenosas de ingerirse por los humanos.

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Armandito, ¿qué hacía ud. tras la pista de esa frondosa salvadera en Buenavista? Hummm
Esperemos la respuesta del autor. Gracias, Armando por la permanencia de tu “Cultura Verde”.