Factores históricos que condicionaron la inventiva mambisa en la Guerra de los Diez Años (1868-1878)

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El malogro de las tentativas reformistas y el desarrollo de varias conspiraciones durante la primera mitad del siglo XIX cubano agudizaron las contradicciones existentes entre la metrópoli y la colonia.

Durante esta etapa, el movimiento revolucionario se desarrolló como resultado de los elementos desplazados o explotados por la administración colonial. Entre ellos sobresalieron los terratenientes del centro y oriente de la Isla, la pequeña y mediana burguesía, y los profesionales. A lo anterior se sumó la imperiosa necesidad de abolir la esclavitud y el grado de explotación que España ejercía sobre Cuba.

Paralelamente, los sucesos internacionales precipitaron un clima de inestabilidad política en la Península y un ambiente anti-español en las repúblicas latinoamericanas. Esta conjunción condicionó el estallido de un alzamiento armado, el 10 de octubre de 1868, dirigido por Carlos Manuel de Céspedes, el cual marcó el comienzo de una revolución anticolonial.

En este sentido, resulta válido señalar que en los meses previos al pronunciamiento los terratenientes del centro-oriente del territorio nacional debatieron entre sí sobre cuál era el momento idóneo para iniciar la conflagración. Los debates giraron en torno a una sola cuestión: el capital necesario para articular una lucha contra un ejército bien entrenado y avituallado.

Ni la Conversión de Tirzán ni la reunión de la Finca Muñoz, el 4 de agosto y el 3 de septiembre de 1868 respectivamente, pudieron subsanar esta problemática. Es por ello, que uno de los preceptos más importantes enunciados por Carlos M. de Céspedes en el Manifiesto del 10 de Octubre fue el conseguir el reconocimiento internacional con la esperanza de que las naciones foráneas se solidarizaran con la causa cubana y enviaran a la Isla los tan anhelados pertrechos de guerra, medicamentos y otros insumos a utilizar en la contienda.

La incorporación de Camagüey y Las Villas a la Guerra de los Diez Años tuvieron las mismas limitantes económicas que el territorio oriental. Sobre esto, el independentista Eduardo Machado, en alusión al alzamiento ocurrido en el centro del país, en febrero de 1869, expresó: “(…) más de cinco mil villareños había en la concentración del valle de Manicaragua, La Moza, y todos juntos no contaban, cuando más, con doscientas armas de fuego, casi todas escopetas, y de estas muy pocas nuevas”.[1]

Con la celebración de la Asamblea de Guáimaro, del 10 al 11 de abril de 1869, tuvo, entre sus múltiples aspectos a debatir, la creación de una infraestructura militar para la conformación del Ejército Libertador cubano y su logística. En mi consideración, el acto fundacional de la República en Armas solo aportaría dos posibles opciones a esta problemática: la institucionalización de un gobierno centralizado que representara los intereses de los insurrectos y que pudiera formalizar las peticiones de ayuda a potencias extrajeras; y, por otro lado, crear un cuerpo jurídico que normalizara el funcionamiento del ejército y su sostenibilidad mediante la creación de leyes y normas legales.

En cuanto a la primera opción expresada, tanto el presidente de la República en Armas como la Cámara de Representantes no cesaron esfuerzos en aras de lograr el tan ansiado reconocimiento internacional. Pese a designar agentes especiales en diferentes partes del mundo, estos pudieron hacer muy poco.

En el caso de las naciones latinoamericanas –los más cercanos geográficamente hablando–, su realidad no era compatible para responder a las necesidades del mambisado de la mayor de Las Antillas. Sus sistemas económicos agrarios, sin rasgos apenas de industrialización, no se hallaban en condiciones de hacer frente a la demanda armamentísticas de los cubanos.

Aunque es necesario destacar que, a pesar de que la ayuda material no fue de gran envergadura, resultó un éxito de la revolución capitalizar a su favor los sentimientos antimonárquicos en el continente y, sobre todo, la concurrencia de numerosos internacionalistas, como el dominicano Máximo Gómez, el colombiano José R. del Castillo Zúñiga, el venezolano Salomé Hernández y el peruano Leoncio Prado; por solo citar a algunos.

Mención aparte lo merece la actitud asumida por la administración de los Estados Unidos, la cual no reconoció la lucha del pueblo cubano. Lejos de lograr sus auténticos propósitos, los agentes enviados por la República en Armas a la Unión no pudieron contrarrestar la campaña de descrédito perpetradas en los habituales mensajes del Congreso y el Senado, las crecientes amenazas de deportación de todos los emigrados antillanos radicados en suelo norteamericano y la ayuda material a la corona española.

Sin embargo, el lastre más importante de la falsa neutralidad asumida por dicho gobierno estuvo dado en la carencia logística a la revolución y en las dificultades para adquirir grandes lotes de armamentos que, posteriormente, eran enviados a la Isla en expediciones armadas.

Por su parte, la segunda opción se enfocó en la puesta en práctica de la Primera Ley de Organización Militar, el 9 de julio de 1869. Esta nueva reforma, que exigía su aplicación inmediata, consistía el lograr reunir en cuerpos de ejércitos a las fuerzas independentistas que pertenecían a un estado en guerra determinado y eliminar así la errónea concepción, o más bien costumbre, de operar de forma aislada en sus regiones de confort. Asimismo, el código legislativo estructuraba los escalones de mando y las competencias de estos; la tipología de regimientos y las graduaciones militares.

Para la complementación de la misma, se formuló la Ley de Organización Administrativa, en 1869, que, sin bien no tuvo nada que ver con la cuestión militar, pues estaba orientada hacia la administración, dejaba claro las funciones, deberes e importancia para la contienda de los Prefectos y los Sub-prefectos.

El análisis de las dos opciones manifestadas con anterioridad haría imposible hacerle frente, en condiciones de igualdad en cuanto a tecnología armamentística, a las fuerzas colonialistas. No obstante, la inventiva dentro del Ejército Libertador hizo su acto de presencia en la manigua para continuar luchando por la soberanía de la Isla.

Desde el propio comienzo de la Guerra de los Diez Años, la superioridad militar española sobre los independentistas cubanos fue evidente. La carencia del armamento adecuado y que, en su mayoría, no había sido diseñado para tales propósitos disminuyó aún más las posibilidades de los separatistas de un enfrentamiento equilibrado. De igual modo, la falta de instrucción castrense en el arte de la guerra imposibilitaría una mejor utilización de las escasas armas.

Estas insuficiencias permitieron visualizar una obsolescencia tecnológica, lo cual obligó a arrebatar las armas al enemigo desde el propio inicio de la conflagración, como norma transcendental para la supervivencia insurrecta. Si se tiene en cuenta que el fusil utilizado por las tropas colonialistas era el Remington Rolling Block, fabricado a mediados de la década del 1860, y de otros nuevos pertrechos bélicos para la época, el manejo de los mismos por parte de los cubanos se hizo complejo.

Este aprendizaje y sus usanzas denotan, en menor a medida, una transferencia tecnológica, la cual se sustenta en el “(…) proceso en virtud del cual una tecnología desarrollada en un determinado ambiente económico, social y cultura se pone en acción en un ambiente diferente”.[2] Sin embargo, la ineficiencia de esta norma vital, la escasa preparación de sus operarios y las largas horas dedicadas al logro de dicha instrucción hicieron muy inestable esta práctica tecnológica que, a su vez, dio paso a una nueva: la innovación tecnológica.

Dentro de la amplia gama de artefactos salidos de la imaginación mambisa durante este conflicto estuvieron el cañón de cuero y de madera. El historiador cubano Antonio Ramos Zúñiga afirmó que la fecha más temprana de aparición de los cañones de cuero fue el 22 de diciembre de 1868, en Camagüey, en el combate de El Desmayo.

Sin embargo, existen otros documentos que relacionan su fabricación y las primeras pruebas en días inmediatos al 10 de octubre de 1868. Uno de los primeros cañones de cuero que se fabricaron por la industria bélica de la manigua, fue obra de los hermanos Carlos y Luis Martínez, quienes desafiaron las desventajas materiales y crearon en poco tiempo varios ejemplares de estos cañones.

Sin pretender hacer una reseña histórica de esta rudimentaria pieza de artillería, es imposible dejar de destacar que la eficiencia de la misma era mala y el tiempo destinado a su construcción era bastante considerable. El explosivo manejado para su detonación era pólvora negra y se cargaban con metralla y cuantos objetos sirvieran como proyectiles (piedras, objetos de hierro, plomo, etcétera).

Además, durante la guerra hicieron acto de presencia las lanzas, tridentes, horquetillas, chuzas y otros objetos para el enfrentamiento directo con las fuerzas coloniales. También, se emplearon primitivas tácticas de combate para compensar su inferioridad y entre esta sobresalieron el lanzamiento de panales de abeja y piedras a las columnas españolas con el propósito de obstaculizar su marcha. Otro método de extraordinaria eficacia por su efecto dispersivo lo constituyó el bloqueo de caminos con toros que embestían a cuanto español se hallaban en su camino, según describen algunas crónicas de la época. En otras ocasiones, los insurrectos utilizaron los troncos de los árboles para lograr tales propósitos.

Entre las estratagemas más utilizadas figuran dos formas de simulacro: una, que consistía en dar la apariencia de tener la gente armada, haciendo moverse a los soldados con palos al hombro en lugar de fusiles y otros armamentos ante la lejana presencia de los españoles; y la otra, el truco de representar un gran número de combatientes, emitiendo voces de mando y órdenes estentóreas de cargas imagi­narias al machete, desde posiciones camufladas en la espesura de la manigua.

Estas combinaciones fueron utilizadas por el general dominicano Modesto Díaz, al frente de un batallón de revolucionarios casi desarmado y numéricamente muy inferior a sus enemigos, haciendo retroceder hacia Manzanillo a la columna del coronel ibérico Campillo, la cual pretendía rescatar la recién tomada ciudad de Bayamo por Carlos M. de Céspedes, el 20 de octubre de 1868.

En tal sentido, las innovaciones desarrolladas por los independentistas cubanos no sólo representaron un alivio ante la carencia armamentística durante un suceso determinado, sino durante todo el período belicista. De igual manera, su uso se generalizó por todo el territorio nacional y estuvieron materializados, además de la esfera armamentística, en la médica y la alimenticia. Además, sirvió de ejemplo para la construcción de otros variados artefactos en beligerancias futuras, como lo fue el famoso torpedo mambí, que hizo su aparición en la historia nacional durante la Guerra Necesaria (1895-1898).

Estas y otras innovaciones fueron inmortalizadas, a parte de los libros de historia, en las peripecias del dibujo animado Elpidio Valdés, en el cual su creador, Juan Padrón, hizo visible estas curiosas armas que, en ocasiones, parecen sacadas de “un cuento de camino”. Fue precisamente en uno de sus gustados cortos donde nació una de las expresiones más populares: “bestias, no tiren con ventanas” y que tuvo su origen en un relato del teniente coronel Ramón Roa al hacer alusión al funcionamiento de las prefecturas mambisas:

“(…) De esta manera se explica como nunca faltaron a las fuerzas militares muchos elementos indispensables (…); mientras en el interior se fabricaban sudaderos, lomillos, serones, cabestros, sogas, fustas y jáquimas; se instalaban armerías, con su pirotecnia inclusive, en donde se fabricaba una excelente pólvora, con un corta frío se hacían balas de balaustradas de hierro, en forzosa sustitución de las de plomo que a paso de carga se iba encima de un parapeto bajo una nutrida descargas de los nuestros, esta inolvidable exclamación: !Mambises no seáis tan brutos! ¡No tiréis con ventana!”[3]


[1]Machado Gómez, Eduardo. Autobiografía. Universidad de La Habana. La Habana, Cuba 1969. p. 11.

[2] Sviedrys, Romualdas. La transferencia de tecnología a países en vías de desarrollo (p. 311). En: Universidad y Sociedad. Vol. XI, julio-septiembre de 1986. República Dominicana. p. 309-316.

[3]Roa, Ramón. Pluma y machete. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, Cuba 1969. pp. 332-333.

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Dariel Alba Bermúdez

Profesor e investigador de la Universidad de Cienfuegos ¨Carlos Rafael Rodríguez¨. Miembro de la Unión de Historiadores de Cuba (UNHIC)

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