El imperio apocalíptico que arrastra al mundo al desastre
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Por: Oto Higuita
El mundo que se anuncia hoy, al que nos arrastran en esta dantesca lucha de clases y por la hegemonía global —con misiles y drones asesinando y destruyendo a su paso todo lo que es vida, cultura y seguridad—, no es muy diferente del que anunció el fascismo cuando inició sus ataques y su ofensiva por conquistar Europa, previo a la Segunda Guerra Mundial.
Es el sueño que expresan en discursos apocalípticos y anacrónicos, y en ataques mortales contra quienes se declaren opuestos a la pesadilla a la que han llevado a la humanidad los fascistas del imperio apocalíptico: los banqueros multimillonarios, los mandamases de la Casa Blanca, el Pentágono y la CIA, en su único propósito de reconquistar el pasado siniestro y monstruoso del colonialismo de los últimos cinco siglos. Así entienden su paraíso.
Es el eje sionista anglosajón, encabezado por Estados Unidos en alianza con el llamado “occidente europeo” y el Estado sionista de Israel —creado para mantener su hegemonía global—, el que nos despierta de nuevo con sus atroces y criminales ataques a los gobiernos y naciones que se niegan a doblegarse y someterse a su dictadura hegemónica. Incluida la nueva modalidad de asesinar o secuestrar a sus jefes de Estado, de descabezar a sus comandantes y altos jefes militares, al estilo de la Roma imperial en su caída final.
No cabe duda de que el contexto al que nos vemos enfrentados hoy como humanidad es el de una potencia que, ante su declive económico, industrial y tecnológico, y tras su desgaste y pérdida de influencia como la única potencia dominante global, rompe completamente las reglas que regían el orden internacional y reescribe por la fuerza un nuevo capítulo de guerra y destrucción en la historia de la humanidad.
Es en este contexto que debemos leer su ofensiva y reconquista de pueblos sin la misma capacidad y poder de defensa, pero con sus suelos llenos de riquezas naturales, para someterlos al vasallaje con la idea de recuperar el estatus hegemónico de los últimos cien años, estatus que ya no está en capacidad de sostener ni defender frente a la nueva realidad que vive el mundo: la de otras potencias que han emergido.
Por eso se apresura a recomponerse y rehacerse como centro hegemónico global a costa de los pueblos que han decidido ser libres e independientes, defendiendo su derecho a ejercer la soberanía sobre sus suelos y riquezas.
Sin embargo, sin conocimiento de la historia, ante las evidencias históricas que así lo indican y, sobre todo, sin conciencia de clase, no será posible superar el sistema capitalista acumulador de ayer y el globalismo neoliberal de hoy: el sistema que, de manera esquizofrénica, conduce a la humanidad a un nuevo desastre.
Adquiere, entonces, una importancia fundamental la tesis de que no será posible construir un frente global de pueblos y gobiernos unidos para acumular fuerzas, resistir y enfrentar el peligro que representan los enemigos de la humanidad y de la vida: o nos dejamos someter como pueblos vasallos al modelo económico y político que ha destruido no solo la vida de millones de humanos, sino que amenaza con acabar de destruir la vida del planeta y sus recursos naturales limitados; o enfrentamos como humanidad a la minoría empoderada, defensora del sistema de la muerte y la destrucción.
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