Dayramir González y Cienfuegos como destino posible en su próxima gira nacional
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Hace poco puede escuchar al pianista cubano Dayramir González durante un concierto en vivo, en el Centro Cultural El Mejunje, de Santa Clara, durante la edición 41 del Festival Internacional Jazz Plaza 2026. Desde el primer momento que salió a escena se ganó la atención de todos los que estábamos allí. Con un gesto, una mirada y su proyección escénica, se adueñó, antes de sentarse al piano, de todo el público presente.
Me impactó además su entrega, la forma de sentir la música, de romper barreras entre su potencial humano y espiritual. Así logró una conexión fabulosa, meta invaluable para un artista ante una presentación en vivo. Por supuesto, acompañado desde una pianística magistral, perfecta y de esa entrega del músico con el arte, que va mucho más allá de los límites del cuerpo físico. Al comentarle mis impresiones contestó:
Dayramir González: “Todo eso lo hago consciente, lo llevo practicando por años, desde que soy niño y sigue creciendo conmigo. Es conectar con mi cuerpo en su totalidad y conocer la abundancia de dar y recibir. Cuando me refiero a la abundancia es cuando uno no tiene miedo asumir quien es y mostrarse como es. Llegar al escenario y de alguna forma enseguida sentir que vine a dar mucho amor y retroalimentarme con el amor que reciba de ustedes, como público para que sea una conexión, un ciclo maravilloso, las próximas hora y media, 90 minutos o dos horas de concierto. Y así ha sido este camino que he estado transitando.
“Ahora me siento muy conectado con mi espiritualidad, con mi mundo, mis canciones, entendiendo también, asumiendo qué tipo de artista y músico soy, qué me hace diferente, cómo conecto yo con mis ancestros y con el público. Voy leyendo a las personas todo el tiempo, para mí es una forma de hacer valer el respeto que les tengo, por haber tomado su tiempo de venir a escucharme. Esa alegría maravillosa que comparto por estar en el escenario, un lugar que me encanta.
“Cada día es como si fuera mi último concierto. Entonces entro en un trance emocional y espiritual maravilloso. Cuando toco, encuentro un punto en el más allá y estoy como mirando al frente, pero dentro de una zona en mi mente que me enajena de todas las cosas. Sucede porque muchas veces no escuchas bien el piano, otras, puede ser que de momento haya mucha luz. Por ejemplo, ese día en el Mejunje me sentía un poco expuesto en el escenario, fue algo raro porque también emocionalmente estaba pasando por cosas personales. Hacía rato no tocaba para un público tan cercano a mí físicamente. Entonces me sentí un poco expuesto, pero esa exposición, que el público no se enteró jamás, para mí fue una forma de aceptarlo y de sentirme, aunque más desnudo, mucho más abierto a compartir ciertas cosas. Y es que ese lugar, el Mejunje, tiene mucha energía linda y mucha magia realmente. Sí, eso me llegó”.

S: Y es que Dayramir a cada pieza le dio el sentimiento, la intención, la espiritualidad que llevaba. Todo lo fue interpretando de manera distinta, con una gama de emociones diferente y de esta forma mantuvo su conexión todo el tiempo con el público.
D: “Cuánto placer que hayas encontrado en esas dos horas un momento donde todos tus problemas y preocupaciones se hayan olvidado y hayas avivado también la parte espiritual de tu vida. De alguna forma conectar así, a través de la música, es maravilloso. Se detiene el tiempo”.
S: Como público presente confirmo que entré también en esa especie de trance, a través de la música y de la interpretación. Pero llega a mí una pregunta Dayramir, ¿por qué la elección del piano como instrumento de expresión?, ¿cómo llegas al piano?
D: “El piano llegó porque se creó el ambiente necesario y lindo para que eso se lograra. Por ejemplo, tenía un piano en casa de mis padres, que son músicos. Siempre estuvo abierto, disponible, cercano, para poder expresarme cada vez que yo quisiera. Dentro de ese ecosistema maravilloso que crearon mis padres, cada vez que me sentaba a tocar, nunca había distracciones. Mis padres cantaban, hacían tertulias musicales en la casa. Mi padre, mis hermanos y mis tíos, son trompetistas todos. Yo era el elemento que unía en el piano a la voz de mi madre al cantar y a ellos tocando trompeta. Entre aquellos recuerdos está Veinte años, un tema de María Teresa Vera que tocábamos juntos.
“El piano, ese instrumento que siempre estuvo abierto y disponible para mí, se convirtió en uno de los elementos de unión familiar. Manejaba mis emociones a través del piano. Mi madre me decía: ‘al tocar, dile cómo te sientes’. Tenía ocho años y con esa edad me sentaba delante del instrumento y todas las emociones de niño que no podía expresar de otra manera las tocaba al piano. Esa conexión comenzó a crecer conmigo. Cuando tocaba sentía ciertos colores, ciertas armonías y veía como a mis padres y a los amigos de ellos les cambiaba sus facciones y sus estados de ánimo, dependiendo a la melodía que yo estaba tocando, la armonía y los colores.

“Todo eso creció cuando tomé conciencia de ser compositor y con 12 años ya componía mi música y hacía mis arreglos. Me di cuenta entonces que podía manipular, de una forma musical, al cambiar los colores. Te puedo hacer bailar, reír o llorar, con estas armonías o colores y siento entonces que tengo magia en el piano. Comencé a hacer arreglos para varios formatos, entre ellos cameratas, orquestas de cuerda, quintetos de viento. Descubrí en cada uno una sonoridad increíble, las cuerdas, el bajo, el corno. Cada uno tiene paletas sonoras diferentes y comencé a jugar con los agudos o los agudísimos, buscando en ellos una sonoridad distinta. Y fue una cosa maravillosa. Después encontré la opción de conectar la emoción de los colores armónicos bien pensados en la parte de los instrumentos, las paletas de colores que me da cada uno y cómo yo puedo combinarlos con otros y así. Pero el piano siempre fue el instrumento conductor que marcó todo”.

S: ¿Por qué el Jazz, como camino de creación?
D: “El Jazz, bueno, porque vengo de la música europea clásica, del conservatorio, y entonces encontré siempre que la música tonal europea clásica era muy limitada, no en cuanto a expresión, pero sí de manera armónica. Es una época, más que todo porque en sus tiempos fue revolucionario. Pero en los tiempos míos, años 2000, sentía que esa música europea clásica que me daba la academia, el conservatorio, tenía el lenguaje, me brindaba los colores necesarios para mi técnica, mi pianismo; pero al mismo tiempo me limitaba mucho también. Entonces encontré el mundo modal y entré a él. Allí conocí ese otro color y pude desarrollar muchas más libertades de expresión y la improvisación misma, que me da la posibilidad de poder vestir en el momento, cada historia, de cómo me estoy sintiendo en ese presente, así es la improvisación. Entonces el jazz viene por eso, por el sentimiento de libertad de expresión, de libertad de encontrar en el mundo modal más colores y más libertad de movimiento artístico”.
S: ¿A Cienfuegos nunca has venido a tocar?
D: “A Cienfuegos, sí, pero todavía no he ido a tocar al Teatro Tomás Terry y es algo que quiero hacer. Deseo organizar un concierto allí, dentro de una gira que se está proyectando por Cuba. Ahora estoy de gira internacional, en marzo, abril y mayo; pero cuando regrese, en junio, quiero hacer conciertos por todo el país. Me gustaría ir a Santiago de Cuba, regresar a Santa Clara y que se dé la posibilidad de visitar el teatro Terry de Cienfuegos”.
S: Esperamos con ansias que el deseo de Dayramir se cumpla y pueda traer esa magia llena de colores armónicos, que envuelve al oyente desde los primeros acordes, a nuestro Coliseo Tomás Terry. Entre tantas situaciones que vivimos el arte salva y es cada día más necesario nutrirnos de estos regalos divinos que alimentan nuestra espiritualidad, tan necesaria para el desarrollo humano, como lo es para el cuerpo el alimento. La buena música llega al alma y más si es con esa cubanía y perfección estética y pianística que caracteriza a Dayramir González.
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