Contra la prepotencia yanki: paz y autodeterminación
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Desde Cuba observo con claridad lo que muchos prefieren matizar: el gobierno de Estados Unidos, hoy bajo la administración de Donald Trump, no actúa movido por principios democráticos ni por la defensa de los derechos humanos. Su política exterior es una maquinaria de prepotencia que se expresa tanto en los bombardeos contra Medio Oriente como en el cerco económico que pretende asfixiar a mi país. En ambos casos, la lógica es idéntica: someter a quienes se atreven a decidir su propio destino.
En Medio Oriente, el despliegue de fuerza militar es la cara visible del dominio. Las amenazas contra Irán, el respaldo incondicional a las operaciones que han devastado Gaza, la complicidad con la ocupación y los crímenes sistemáticos contra poblaciones civiles muestran a un imperio que se siente con derecho a imponer su ley por la fuerza. Pero esa misma arrogancia se traslada a nuestra región, solo que con otras armas: el bloqueo económico, las sanciones financieras, la intimidación a cualquier nación que ose cooperar con Cuba.
La actual administración estadounidense ha llevado esta doctrina a un nivel de cinismo aún mayor. Mientras agita la retórica de la “libertad” y la “seguridad nacional”, lo que realmente defiende es la potestad de castigar a cualquier país que no se pliegue a sus intereses. Irán lo sabe bien, con la reinstauración de sanciones máximas y la permanente amenaza militar. Y Cuba lo ha vivido durante más de 60 años, con un bloqueo de exterminio que no ha cesado ni un solo día.
No es casualidad que el cerco contra Cuba se haya endurecido justo cuando nuestra Isla ha resistido con dignidad. La administración Trump lo dejó claro —y la actualidad lo confirma— al activar el Título III de la Ley Helms-Burton, una norma diseñada para ahuyentar la inversión extranjera y castigar a quienes mantengan relaciones con nuestro país. La pretensión es sencilla: si no podemos doblegar a los cubanos por la fuerza militar —como fracasaron en Playa Girón—, intentaremos hacerlo por la asfixia económica. Es la misma lógica de la prepotencia, solo que aplicada con herramientas diferentes.
Desde mi punto de vista, esta conducta revela una concepción profundamente antidemocrática del mundo. Se atribuyen el derecho a decidir quién es un “Estado responsable” y quién merece ser castigado, como si los pueblos no tuviéramos soberanía para elegir nuestro camino. La autodeterminación que ellos proclaman en discursos es la primera que violan cuando un país, como Cuba, ejerce su derecho a construir un proyecto propio sin pedir permiso ni pedir limosna.
La hermandad entre los pueblos, ese concepto que tanto les molesta, es precisamente lo que nos ha permitido resistir. Sabemos que no estamos solos porque hay naciones y movimientos solidarios que entienden que el bloqueo contra Cuba, las amenazas a Irán o la complicidad con el genocidio en Gaza son parte de una misma política de dominación. Por eso, desde esta Isla, miramos con admiración la resistencia palestina, la dignidad del pueblo iraní y la valentía de todos los que enfrentan al imperio con la frente en alto.
Defender la paz y la justicia social, desde mi lugar como periodista cubana, significa no solo denunciar las guerras visibles, sino también esas otras guerras silenciosas que se libran con sanciones económicas, con amenazas diplomáticas, con la persecución financiera. La paz no puede construirse sobre la base de que un solo país tenga el derecho de estrangular económicamente a quienes no le rinden pleitesía. Eso no es orden internacional; es terrorismo económico.
Necesitamos con urgencia una diplomacia entre países que rompa con el unilateralismo imperial. Un orden multipolar donde las naciones del Sur Global podamos relacionarnos en pie de igualdad, sin chantajes, sin bloqueos, sin amenazas. Donde el derecho de un pueblo a decidir su futuro sea respetado, aunque ese camino no se ajuste a los manuales que pretenden imponernos desde Washington. Cuba ha demostrado que la dignidad se defiende con hechos, no con discursos.
Desde mi perspectiva, lo que ocurre hoy en Medio Oriente, con Irán bajo la mira amenazante de la administración Trump, y lo que ha ocurrido en Cuba durante más de 60 años, son manifestaciones distintas de una misma voluntad de dominio. La diferencia está en los métodos, no en el fondo. Por eso, alzar la voz contra la prepotencia yanqui, exigir el fin del bloqueo, defender la paz en Palestina y el respeto a la soberanía de Irán, no son causas separadas. Son una misma lucha por un mundo donde ningún imperio se atribuya el derecho de decidir por los demás.
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