Caso Duménigo: Una octavilla y un delator (III y final)

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A estas alturas recomponer la trama del crimen político que el 22 de agosto de 1926 cobró la vida de Baldomero Duménigo, dirigente de los obreros ferroviarios cienfuegueros, resulta tarea detectivesca con demasiadas complicaciones. Sobre todo, si el investigador dispone como únicas pistas de las dejadas en letra de molde por los diarios locales en las jornadas posteriores a la caída de Machado (12 de agosto de 1933).

Porque a Duménigo lo mataron la noche de un domingo, el lunes los periódicos publicaron la noticia, el martes el sepelio, y ya. El caso se cerró también en los medios. La ley mordaza, la censura o la autocensura, porque en tales circunstancias lo mejor era portarse bien, se confabularon con el silencio. Que duró siete años y un mes.

La circulación en la Perla del Sur de una hoja suelta intitulada “A pie, no, de pie” desencadenó los sucesos que concluyeron con los cuatro balazos dominicales, mortales por necesidad, en la espalda del sindicalista.

A poco más de un año y tres meses de su llegada a Palacio el quinto presidente de la República, además de esbozar los mecanismos políticos que le permitieran extender a pantalones el mandato ganado en las urnas, también maquinaba la fórmula capaz de multiplicar su fortuna personal.

El plan de restricción azucarera formaba parte de la política económica personal del primer magistrado. Para ponerlo en práctica necesitaba el concurso de de un determinado sector ferroviario. Al no encontrar el apoyo que esperaba, el aspirante a dictador se violentó. De hecho, el gremio de las paralelas y los polines reaccionó ante los primeros indicios de represión, que en la provincia de Santa Clara tuvo por escenario el poblado de Guayos.

En medio de tales circunstancias en Cienfuegos comenzó a circular el mencionado volante contra el gobierno. Nunca se supo como, pero la cierto fue que un paquete con medio centenar de octavillas fue a parar a los salones de Palacio.

Una de las hipótesis manejadas por la prensa local en agosto del 33 apuntaba a la delación de que fue objeto el joven Emilio Santana, ex secretario de la Hermandad Ferroviaria en Cienfuegos, como la vía conductora hacia la tragedia de Arango y Reina.

Los argumentos periodísticos que sostenían la historia, cuando finalmente pudo ser escrita, destacaron el hecho de la detención de Santana como consecuencia de la denuncia. Su hermano Antonio fue entonces hasta Santa Clara, donde logró entrevistarse con una alta autoridad militar de la provincia central.

A su regreso obtuvo aquí la libertad de Emilio, pero a un precio moral demasiado caro. En lo adelante sería uno más en la lista de confidentes del gobierno y durante el resto del machadato asumió la condición de apapipio.

En agosto del 33 y en su afán de librar al hermano de la afrenta, Emilio declaró ante la comisión investigadora de la muerte de Duménigo que el original del panfleto “A pie, no, de pie” llegó a Cienfuegos procedente de Santa Clara, donde la redacción estuvo a cargo de Arévalo y Fabregat, par de líderes sindicales amarillos, presos en la cárcel de la capital provincial como parte del rejuego político que desde el Palacio Presidencial apuntaba a minar desde su interior las filas del gremialismo opositor.

Víctor Manuel Vilches, hermano de Luis Felipe, uno de los perseguidos junto a Duménigo por la circulación de la hoja agitadora, acusó a Antonio Santana de participación directa en el crimen del 22 de agosto de 1926. Manifestó que él trabajaba por cuenta propia en el patio de la estación ferroviaria del Paseo de Arango y fue testigo presencial de los disparos homicidas.

En ese momento estaba entre dos carros-tanques de mieles y presenció en butaca de primera fila el cumplimiento de la orden de Machado, cuyas manos ejecutoras estuvieron aquí a las órdenes de Alfonso L. Fors, jefe de la Policía Judicial del régimen. Cuando quiso declarar sobre el asesinato de Baldomero en la jefatura de Policía, a Vilches lo conminaron a marcharse enseguida de aquel sitio encargado de velar por el orden.

El 28 de agosto de 1933 el diario La Correspondencia reportó la detención, esa propia mañana en Guajimico, del confidente Antonio Santana, por un grupo de marineros al mando del teniente Arias.y el contramaestre Duarte.

Según el vespertino el apresado era un experto que antes se dedicó a explotar casas de opio para chinos y casas non sanctas, entre otras actividades ilícitas como el juego, fue llevado primero a la Estación Naval y luego a la cárcel de Cienfuegos, donde su llegada concitó el abucheo general de los reclusos.

El alcaide, señor Prieto, logró aplacar los ánimos luego de ingresar a “Santanita” en la bartolina de la penitenciaría de la calle Santa Elena.

Lugar donde fue asesinado.

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Francisco G. Navarro

Periodista de Cienfuegos. Corresponsal de la agencia Prensa Latina.

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