Así se combatió dentro del Palacio Presidencial y se tomó Radio Reloj

Compartir en

Tiempo de lectura aprox: 6 minutos, 26 segundos

En marzo de 1977, el teniente coronel Alfonso Zúñiga ofreció a Granma el siguiente testimonio de su participación en aquella heroica acción revolucionaria

«El 11 de marzo de 1957, víspera del ataque al Palacio Presidencial, recibí la orden de acuartelarme en un apartamento que tenía el Directorio Revolucionario en la calle 21 y 24, en el Vedado».

Estas palabras pertenecen al entonces teniente coronel Alfonso Zúñiga, —ya fallecido—, quien logró entrar en la guarida del tirano Fulgencio Batista junto a un grupo de valerosos jóvenes combatientes del Directorio Revolucionario.

En marzo de 1977, Zúñiga ofreció a Granma el siguiente testimonio de su participación en aquella heroica acción revolucionaria que ahora ofrecemos a nuestros lectores:

«En el acuartelamiento se encontraban varios compañeros que participarían en el ataque a Palacio. Allí había varios avisos pegados en las paredes en donde podía leerse: Silencio, Camine descalzo, Lea, no converse».

Teniente coronel Alfonso Zúñiga, ya fallecido./Foto: Arnaldo Santos

«Era necesario caminar sobre unas colchonetas que había en el suelo, para evitar hacer ruidos, ya que no se sabía quiénes vivían en el apartamento de enfrente. Allí se tomaron todas esas precauciones».

«Conmigo estaban en el apartamento Carlos Gutiérrez Menoyo. Menelao Mora, que eran dos de las figuras más conocidas, y el resto de los compañeros hasta alcanzar la cifra de unos 25 a 30».

«A mí me dieron un M-3, y Carlos Gutiérrez, que también llevaba otro, me enseñó a manipularlo. Muchos desconocíamos el manejo de las armas. Aquellos dos M-3 eran los únicos de que disponíamos».

«Recuerdo que había un compañero muy joven que se llamaba Adolfo Delgado. Nosotros le decíamos cariñosamente Adolfito. A este compañero le enseñé a manejar el M-1 que le dieron, pues con anterioridad practiqué tiro en la Universidad y conocía bien esa arma. En cambio, Carlos Gutiérrez me tuvo que enseñar a quitarle el seguro al M-3».

«El día 12 por la noche hubo una pequeña alarma en el apartamento de los bajos, donde estaba acuartelado otro grupo, pues se pensó atacar al atardecer, ya que se había escuchado por el radio receptor que captaba la frecuencia de la policía, que Batista se encontraba en Palacio. La idea se rechazó porque tendría que realizarse de noche, con todos los inconvenientes que ello traería».

«De día la acción sería más favorable».

«El 11 de marzo de 1957, víspera del ataque al Palacio Presidencial, recibí la orden de acuartelarme en un apartamento que tenía el Directorio Revolucionario en la calle 21 y 24, en el Vedado». /Foto: Archivo de Granma

EL DIA DEL ATAQUE

Llega el día 13. Los momentos son de tensión. El compañero Zúñiga recuerda:

«Bajando de dos en dos, los compañeros transportaron las armas envueltas en colchonetas, hasta el camión Fast Delivery, y se quedaban en su interior. Afuera, fingiendo que limpiaba el camión con una gamuza, se encontraba el chofer, que era Amado Silveriño, acompañado de otro que creo se trataba de Tony Castell. Este vigilaba los movimientos de los vecinos de la cuadra, al mismo tiempo que les indicaba a los compañeros cuándo debían subir al camión».

«Me tocó llevar uno de esos paquetes con armas. La operación de montar en el camión duró aproximadamente una hora porque teníamos que bajar por una escalera, que no era la principal y tomar las debidas precauciones al descender con esos paquetes».

El camión de la Fast Delivery S.A. chapa 362-732, lo conducía Amado Silveriño. Cerca de cuarenta y dos jóvenes combatientes se apretujaban en su interior. Después del asalto permaneció un tiempo en el Buró de Investigaciones. /Foto: Archivo de Granma

RUMBO A PALACIO

«Salimos hacia Palacio precedidos por una máquina en la que viajaban Carlos Gutiérrez Menoyo, y otros compañeros. Detrás iba otro carro con Faure, y el comando de retaguardia. Lo más significativo de ese viaje que nosotros recordamos es la actitud de los hombres que allí viajaban».

«Tenían un extraordinario optimismo, gran fe en la victoria. Sabían perfectamente la importancia de la acción en la que tomarían parte y donde pondrían en juego sus vidas. Sin embargo, en todo momento se mantuvo aquel entusiasmo, aquella alegría, dentro del camión…».

«Hubo dos momentos de tensión en el viaje. El primero fue cuando se interpuso entre el camión y el carro de la retaguardia —el de Faure— una perseguidora, que nos acompañó varias cuadras».

«Montamos nuestras armas y quedamos en tensión. Afortunadamente la perseguidora dobló por una calle lateral a nuestra ruta».

«En otra ocasión, el chofer del camión equivocó el rumbo tomando por otra calle. En el rodeo que tuvo que dar para retornar al itinerario, observamos por unas rendijas que tenía el camión, que cruzábamos por frente al periódico Tiempo en Cuba, cuyo director era el asesino y alabardero batistiano Rolando Masferrer. En la puerta podían verse policías y chivatos. Continuamos sin tropiezos».

«Recuerdo que antes de llegar a Palacio, el camión iba dando tumbos, teníamos la impresión de que estaba ponchado, en una de las gomas traseras. Realmente estaba ponchado».

LA LLEGADA

«Cuando llegamos a Palacio antes de frenar el camión, ya el tiroteo era intenso. El carro de la vanguardia, con Carlos Gutiérrez Menoyo y los demás compañeros, encargados de eliminar la posta que custodiaba la puerta por la calle Colón, habían cumplido su misión».

«Yo iba sentado en el interior del camión sobre una de las gomas jimaguas, casi en el centro; frente a mí —hacia la parte trasera—, se apretujaban muchos compañeros. En total viajábamos alrededor de 42 hombres. Lógicamente, ellos tenían que salir primero que yo. Esto se dificultó porque llevábamos las armas y el parque».

Despacho de Batista. En primer plano su escritorio. Al fondo puede verse la puerta por la que huyó hacia la tercera planta. Por la puerta que aparece abierta en la foto, penetró el grupo revolucionario en busca del tirano unos minutos después. /Foto: Archivo de Granma

«Recuerdo que llevaba, además del M-3, un chaleco de lona con 8 depósitos de 25 cápsulas; colgando del cinto, 3 granadas de mano y una pistola con tres o cuatro peines».

«Recuerdo que al bajar del camión un compañero herido estaba sentado en el piso. Manaba abundante sangre del pecho. Tuve que saltar por encima de él para poder salir».

«Lo primero que vi al bajarme fue un ómnibus que se interponía paralelamente entre el camión y la entrada de Palacio. Allí había varios compañeros parapetados que disparaban contra la posta de la guarnición militar. Avancé hacia el extremo del ómnibus y al asomarme pude observar que la entrada a Palacio no tenía problemas. Los soldados que la protegían estaban muertos o heridos. Y las puertas estaban abiertas».

«En medio de aquella balacera les grité a los compañeros que teníamos que avanzar y entrar en la guarida del tirano, Así lo hicimos, y llegamos rápidamente a un pequeño despacho. Allí los hombres se dividieron para cumplir las misiones asignadas».

«Una vez en este lugar, me di cuenta de que mi primera misión no era entrar, sino tirotear desde la calle contra la ventana que estaba cerca de la entrada. Se decía que allí radicaban las oficinas del departamento de prensa presidencial. Había que impedir una posible desinformación al pueblo de los hechos. Entonces salí y disparé casi un depósito hacia el interior del mencionado lugar».

«Cuando regresé a la arcada de la entrada —por donde había irrumpido momentos antes—, me encontré con que los soldados habían instalado en el patio una ametralladora calibre 30 que impedía con sus ráfagas la entrada a Palacio. Disparaba ráfagas largas y rasantes».

«Me parapeté detrás de una puerta. En esos instantes vi al compañero Adolfito, quien me dijo que la ametralladora no dejaba pasar a nadie hacia los pisos superiores. Las balas que rebotaban estaban a punto de alcanzarnos. Arrancaban pedazos de pared que nos golpeaban».

«Le grité: ¡Adolfito, oye, las balas que vienen de rechazo nos van a matar! ¡Tenemos que hacer algo! Él me contestó que había que lanzarles una granada. Decirlo y hacerlo fue una misma cosa. Con gran decisión para lanzarla aprovechó que la ametralladora había dejado de disparar. Sentí cómo le quitaba el seguro, pero, sorpresivamente, no sé qué movimiento hizo que chocó conmigo y la granada cayó a mis pies».

«Reaccioné instantáneamente, la recogí y sencillamente la boté, no puedo decir que la lancé. Me quedé atónito, inmóvil durante varios segundos, mirando la trayectoria de la granada. La explosión me hizo reaccionar y me tiré al suelo. infinidad de fragmentos del piso y las paredes del patio me alcanzaron en la cara y en el resto del cuerpo. La ametralladora continuó disparando a fuego rasante».

«Cuando dejó de hacerlo —parece que para poner una cinta de balas—, le arrojé una granada. Una ensordecedora explosión sacudió todo aquello. Esta vez sí la alcancé. Cuando me incorpore, la ametralladora de trípode estaba volcada sobre las piernas de uno de los soldados que la manipulaban».

«Después, avanzamos —en la planta baja— por la derecha. Cuando llegamos a la altura de la iglesia del Angel, casi tropiezo con un soldado armado, pues nos separaban escasamente 3 o 4 metros de distancia. El individuo se quedó paralizado. Le fui a disparar y se me encasquilló el M-3. Traté de destrabarlo y no pude. Cuando levanté la cabeza, ya el soldado casi me apuntaba con el fusil».

«Apenas tuve tiempo para protegerme detrás de una columna cuando las balas dieron en ella. Pensé que de un momento a otro avanzaría para tratar de matarme. En ese momento logré destrabar el M-3, por lo que salí disparando de donde me ocultaba. Me sorprendí al no encontrarlo. Había huido».

«Continuamos corriendo en zigzag hasta llegar a la puerta principal que da hacia la Avenida de las Misiones. Allí teníamos que converger —según lo planeado— los dos grupos que avanzábamos paralelamente por el interior de Palacio».

«Nos causó una inmensa alegría encontrarnos con los demás compañeros. Esto significaba que la planta baja estaba en nuestro poder. Alguien que no recuerdo comenzó a gritar emocionado: ¡Abajo Batista!, ¡Viva la Revolución!».

«Decidimos retornar al lugar por donde habíamos entrado: la puerta que está por la calle Colón. Intentamos cruzar el patio y una lluvia de balas nos hizo retroceder. De los pisos superiores nos disparaban constantemente».

«Solo dirigiendo todo el volumen de nuestro fuego hacia los pisos superiores fue que pudimos atravesar el patio».

«Ya en la puerta que da a la calle Colón comenzamos a tirotear el segundo piso. En aquellos momentos el tiroteo no era tan intenso. Decrecía por momentos.»

«Un compañero bajó y nos dijo que habían matado a casi todos los combatientes, que nos retiráramos…»

En el instante en que el compañero Zúñiga abandonaba el Palacio Presidencial —asombrosamente ileso— reclamó su ayuda un combatiente herido. Entre las balas lo llevó cargado hasta uno de los automóviles del comando de asalto.

En ese momento, Faure Chomón, a quien las balas lo habían alcanzado en la cadera y en un brazo, con gran esfuerzo, logró acercarse al auto. Entonces, Zúñiga, atravesando una cortina de fuego, escapó con ambos, y los llevó al Hospital Calixto García.

Tarja que perpetua la memoria de los heroicos jóvenes combatientes del Directorio Revolucionario 13 de Marzo que asaltaron el Palacio Presidencial y de los que posteriormente fueron asesinados por la tiranía batistiana. Foto: Archivo de Granma

Visitas: 22

5 de Septiembre

El periódico de Cienfuegos. Fundado en 1980 y en la red desde Junio de 1998.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *