Renée Méndez Capote, la cubanita que nació con el siglo XX
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Hay libros que nunca se olvidan; sobre todo los que leímos cuando éramos niños. Como obras de cabecera, sus páginas se impregnan en la memoria y afloran a ratos y son parte de lo una vez vivido. Entre ellos se cuentan los de Renée Méndez Capote.
Al leerla se percibe la caricia de una abuela que cuenta historias a sus nietos. Entre líneas oímos su voz sabia con la cual teje recuerdos del pasado. El 14 de mayo se cumple otro aniversario de su partida física en 1989 y merece ser recordada.
Renée vino al mundo en 1901. Con carácter de acero y pluma afilada, pronto comenzó a escribir su destino. Hija del brigadier mambí Domingo Méndez Capote, creció en un hogar donde la historia era savia viva. Sus institutrices le abrieron las puertas de Europa desde la infancia; el piano, la pintura y el ballet español afinaron su sensibilidad, mientras el remo, la equitación y el tenis templaron aquel espíritu rebelde. Leopoldo Romañach le impartió clases de pintura y conoció grandes figuras, entre ellos Pablo de la Torriente Brau, Enrique José Varona, Ernesto Lecuona y Fernando Ortiz.
Y fue la palabra, siempre la palabra, la que eligió como compañera de viaje.
A los 16 años, con el seudónimo de Io-San, escribió su primer artículo que apareció en una revista escolar, el cual tituló “El primer baile”. Nadie imaginaría entonces que aquella joven de mirada curiosa se convertiría en una de las voces más lúcidas de su generación.
Colaboró en periódicos y revistas, como “Diario de la Marina” y “El Mundo”; las revistas “Social”, y “Bohemia”. También dejó su impronta en la radio, como guionista en la CMZ. En 1963 dirigió la Revista de la Biblioteca Nacional José Martí.
Manifestó siempre una afición especial por escribir para niños y jóvenes, pues sabía que la literatura es puente entre épocas y edades. Por eso, cuando al triunfo de la Revolución se le encomendó trabajar en la Editora Juvenil, asumió con pasión la tarea de acercar a los niños y jóvenes a las grandes historias universales. Tradujo y adaptó novelas de aventuras de la literatura universal, con un don único que hace vibrar en español caribeño los episodios de otros tiempos.
No se trataba de simples traslados lingüísticos: era un acto de amor pedagógico, y de fe en que la juventud cubana merecía beber de las mismas fuentes que habían alimentado a otras generaciones en el mundo.
Su compromiso con la lectura joven fue parte de ella. Desde 1974, formó parte del grupo permanente de asesores de literatura infantil y juvenil del Ministerio de Educación. Jurado de concursos, orientadora de nuevos talentos, defensora de la calidad literaria, Renée entendió que formar lectores era tan importante como escribir para ellos. En títulos como “Dos niños en la Cuba colonial”, “Un héroe de once años”, “Fortalezas de La Habana colonial” y “Cuentos de ayer”, combinó el rigor histórico con la frescura narrativa para ofrecer a los más jóvenes una Cuba que pudieran reconocer.
Entre sus libros aparecen los títulos “Amables figuras del pasado” y otro titulado “Relatos heroicos”; una serie de cuentos inspirados en anécdotas acaecidas en las guerras del 68 y el 95. Figura entre las obras que más amó. En su prólogo ella escribió:
(…) “Todos estos personajes son mis padres, mis hermanos, mis novios, mis hijos, mis compañeros. Y con esperanza, los describo al cabo de tantos años; con el ansia de que sirvan para hacer aún más cubanos a los cubanos que lean”. (…)
Su obra maestra es “Memorias de una cubanita que nació con el siglo”, publicada por primera vez en 1963. Más que un testimonio personal, es un mapa afectivo de la nación. En esas páginas, la infancia se vuelve prisma para observar la patria; el humor, herramienta para sobrellevar las tormentas; la memoria, actitud contra el olvido.
Esas mismas memorias compartidas por Renée Méndez Capote ayudan a los más jóvenes a comprender que la identidad cubana se teje con hilos de alegría, dolor, ironía y esperanza.
Como diálogo intergeneracional, palpita en cada página abierta, en cada mirada que se ilumina al leer. Así renace, con lozanía y actualidad, en cada nuevo siglo.
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