Tregua de Trump con Irán: un respiro que no cura
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El mundo respiró aliviado este martes. Faltaba apenas una hora y media para que expirara el ultimátum de Donald Trump, que amenazaba con borrar “toda una civilización” iraní de 90 millones de personas, cuando Washington y Teherán anunciaron un alto el fuego de dos semanas. Pakistán, el país mediador, logró lo que parecía imposible: detener, aunque sea temporalmente, una guerra que ya ha dejado más de cinco mil muertos en una docena de países de la región. Pero este respiro, celebrado por Naciones Unidas y el Papa León XIV como una “señal de esperanza viva”, no debe hacernos olvidar quién encendió la mecha ni por qué. Y quienes hemos vivido bajo bloqueo y amenazas sabemos bien que las treguas impuestas por el agresor nunca son gratis.
Porque esta tregua no es fruto de un cambio de corazón en la Casa Blanca. Es el resultado de una guerra que Trump inició arrastrado por Israel, como admitió en su momento su propio secretario de Estado, Marco Rubio. Seis semanas de bombardeos contra puentes, centrales eléctricas e incluso una sinagoga en Teherán, que la propia aviación israelí reconoció haber dañado “por error”. Crimen de guerra tras crimen de guerra, el gigante estadounidense ha visto cómo su prestigio internacional quedaba dinamitado, sus arsenales vaciados y sus aliados europeos, como Francia y Alemania, miraban con horror el abismo al que se les arrastraba. Desde Cuba sabemos leer estas señales: cuando el imperio retrocede, no es por bondad, sino porque le duele.
Y lo más paradójico es que el gran logro que Trump vende como una victoria —la reapertura del estrecho de Ormuz— era una vía que no estaba cerrada antes de comenzar la ofensiva. Irán ha salido de esta primera fase con su gobierno en pie y una posición negociadora reforzada. Las conversaciones de paz partirán de su propio plan de diez puntos, no del de Estados Unidos. Mientras tanto, el precio que ha pagado el pueblo iraní es incalculable en vidas rotas e infraestructura destruida. La paz, cuando llegue, no puede ser la de los vencedores, sino la de la justicia. Y la justicia, como bien sabemos en nuestra América, no llega si no se exige con la verdad.
El mundo ha reaccionado con alivio, pero también con claras diferencias. Rusia y China saludaron la tregua, mientras que la Unión Europea la calificó como un “retroceso desde el borde del abismo”. Pero hay una sombra alargada que oscurece cualquier esperanza. Israel ha aceptado el alto el fuego con Irán, pero ha dejado claro que no incluye a Líbano. Este miércoles, sus aviones seguían bombardeando Beirut y el sur del país, como si la muerte de civiles libaneses fuera una moneda de cambio aceptable. La solidaridad entre los pueblos no puede admitir esa partición del dolor.
Las dos semanas que tenemos por delante son un plazo ridículamente corto para resolver décadas de conflicto. Pero son un plazo real para que la comunidad internacional, los movimientos pacifistas y los pueblos de ambos países digan basta. Porque la guerra no es un videojuego de estrategia entre gobiernos. Tiene nombres, tiene rostros, tiene barrios destruidos y niños que no volverán a la escuela. Cada misil que no se lanza es una vida que se salva. Cada puente que no se bombardea es una familia que puede seguir cruzando el río en busca de sus alimentos. Y cada voz que se alza contra la guerra desde La Habana o Managua es una piedra más en el zapato del agresor.
Pero no nos engañemos. Una tregua no es la paz. Es solo un paréntesis en la locura. La paz verdadera exige abordar las causas profundas: el fin del bloqueo económico —ese mismo que también sufre Cuba desde hace más de 60 años—, el respeto a la soberanía de Irán, la desactivación de la maquinaria bélica israelí y, sobre todo, la rendición de cuentas por los crímenes cometidos. Sin justicia, cualquier alto el fuego será solo el prólogo de la siguiente masacre. La solidaridad entre los pueblos no consiste en elegir bando, sino en alzarse contra todos los que fabrican bombas mientras los niños pasan hambre.
Trump ya ha advertido que, si en dos semanas no se alcanza un acuerdo definitivo, volverá a apretar el gatillo. Pero también ha mostrado una fisura. Por primera vez, ha tenido que ceder ante la presión internacional y la mediación de Pakistán. Eso significa que la movilización ciudadana, la condena diplomática y la presión económica funcionan. La paz no es un regalo que nos caiga del cielo. Es una conquista que se construye desde abajo. Por eso, estas dos semanas no son un respiro para cruzarnos de brazos, sino una oportunidad para exigir el fin definitivo de la guerra.
Desde esta trinchera que valora la paz, la justicia social y la solidaridad entre los pueblos, decimos: la tregua es un primer paso, pero insuficiente. El único camino posible es el del diálogo, el desarme y la reparación. Y ese camino no lo recorrerán los generales ni los presidentes que amenazan con borrar civilizaciones enteras. Lo recorreremos los pueblos unidos —iraníes, palestinos, libaneses, cubanos, latinoamericanos y todos los que sueñan con un mundo sin imperios— cuando entendamos que ninguna bomba puede borrar la memoria de un pueblo y que la única victoria posible es la dignidad compartida.
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