Con el amor al límite

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A veces el amor de una madre se pone al límite. Llega hasta un borde grotesco entre el cariño y la desesperación, entre la incondicionalidad y la impotencia, entre la persistencia y el cansancio.  Así han vivido durante los últimos años dos mujeres cienfuegueras –madre y abuela- porque su muchacho, su niño, el hombrecito de sus vidas, entró al mundo de las drogas.

Antes era un adolescente normal, inquieto pero bueno, noble, excelente en el deporte, con el rostro siempre luminoso. Pero tiempo después de los 16 años, la dinámica comenzó a cambiar y el vínculo con un grupo diferente de “amistades”, lo fue transformando.

“Empezó a hacerle rechazo a todo. Estudiaba en el preuniversitario y no quería ir a la escuela. Se me escondía. Lo cambié para otro centro educativo y lo mismo. No se concentraba en nada. Era como si su cabeza estuviera en otro mundo. Comencé a preocuparme, pero sin imaginar aún lo que sucedía, hasta que me llegaron comentarios de que estaba reuniéndose con personas que consumían drogas”, asegura la mamá.

Al inicio ella misma creyó que pedir ayuda podría perjudicar a su hijo, por eso esquivó el apoyo institucional y por su cuenta siguió los pasos en los que andaba. Justo ahí la situación fue de mal en peor.

“Lo vendió todo: su ropa nueva, sus prendas de oro… Se quedó sin nada. Salía con alguna ropa nueva y regresaba con trapos viejos.

“Luego de consumir le daba por comer mucho y dormir; hablaba boberías, incoherencias, como si la droga le hubiera afectado el cerebro. Se iba de la casa, se nos perdía… Bajó mucho se peso…

“Cuando empezamos a cerrarle la puerta para impedir que saliera, se volvía como loco, gritaba… Nunca nos agredió físicamente a mi mamá y a mí, pero él mismo sí se auto agredía. También amenazaba con quitarse la vida. Yo hablaba con él y lo negaba todo.

Cuando acudí a Salud Mental, lo dije por las claras: mi hijo está consumiendo drogas”.

Asegura esta madre que en ese momento se produjo el primer ingreso en una institución de salud, al cual le siguió una recaída. Luego otro ingreso con un retroceso aún peor, pero el tercer y último internamiento ha propiciado una mejoría.

En la actualidad atraviesan un período en apariencias favorable, en medio de un tratamiento médico de desintoxicación que ha sido el de mayor resultado. Evidentemente se trata de procesos muy complicados y las heridas permanecen a flor de piel.

“Yo misma me enfermé de los nervios y me llené de herpes a causa del estrés tan grande. La impotencia con él también me puso muy agresiva… Siento que estoy agotada, sin fuerzas, al igual que mi mamá. Hemos hecho de todo y en este momento en que se encuentra mejor apelamos a él para que comprenda que tiene que poner de su parte, porque de lo contrario hará que su vida se estrelle contra una pared”.

El combate contra las personas que sucumben a la drogadicción se vence desde la familia y la sociedad.

Madre y abuela aseguran que su muchacho no comenzó el consumo de cannabinoides sintético -el llamado químico o papelito- como vía para evadir un conflicto personal o familiar, sino como pura experimentación, “para probar”. Sin embargo, el gran poder adictivo de este compuesto lo doblegó en poco tiempo.

Por su experiencia, ambas alertan a otras familias a permanecer muy atentas ante el comportamiento de sus hijos, porque los cambios drásticos no son consecuencia de la edad, sino que pueden deberse al consumo de narcóticos. Además, enfatizan en la importancia trascendental de solicitar ayuda especializada, pues sólo con ella se logra afrontar con éxito una situación tan compleja.

Así, mientras añoran al joven que tuvieron hasta hace tres años, madre y abuela saben que evitar el inicio hubiera sido el único modo de impedir lo demás. Ahora todo es mucho más difícil. Sin embargo, entre la incertidumbre y la esperanza, a veces con el amor al límite, seguirán luchando.

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Marian Cabrera Ruiz

Periodista graduada en la UCLV Marta Abreu, de Las Villas. Capitana del Ministerio del Interior.

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