Martí y Estrázulas, símbolo de amistad entrañable

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Puede que la mayor prueba de la profunda amistad que siempre unió a José Martí con Enrique Estrázulas fuese la dedicatoria al uruguayo del poemario Versos Sencillos, en 1891, reconocimiento público solo compartido con otro entrañable, el mexicano Manuel Mercado.

El gesto hacia el amigo sudamericano va más allá del mero acto formal comoquiera que representaba la muestra fehaciente de su admiración por la sensibilidad y talento artístico de aquel, especialmente en el ámbito de la plástica, perfil donde tuvo mayor desempeño creativo, sin dejar de estimar, además, los méritos en el campo de la literatura.

Entonces, no fue nada casual que Martí quisiera compartir su obra con quien había establecido desde hacía tiempo conexiones y lazos tan fuertes, tanto en el plano intelectual como emocional. Debemos recordar, a propósito, que Versos Sencillos reflejaba la visión del mundo, en la que el poeta expresa, a través de imágenes y metáforas, sentimientos, reflexiones y experiencia personal muy afines con el amigo uruguayo.

Enrique Estrázulas, el amigo uruguayo de Martí, apoyó incondicionalmente los ideales revolucionarios del Apóstol de la independencia de Cuba,

Ambos se conocieron en 1883 cuando Enrique se desempeñaba como cónsul general de la República Oriental del Uruguay en Nueva York. Martí había llegado a la gran urbe estadounidense con el propósito de establecerse allí y desarrollar su actividad periodística y literaria al facilitarse la oportunidad de colaborar con diversos periódicos y revistas.

Sin embargo, la razón más poderosa que motivaba al prócer cubano para su estancia neoyorkina estaba fundamentada en continuar la labor de organización y propaganda a favor de la independencia de la Patria y con tal objetivo no solo aprovechó la ocasión para denunciar la situación colonial de la Isla, si no que se dedicó a aunar voluntades y apoyo financiero y logístico de compatriotas exiliados en aras de contribuir a la incipiente formación del Partido Revolucionario Cubano.

Fue este un período muy intenso y crucial en la preparación y consolidación de las aspiraciones liberadoras del líder antillano. Con su pluma y su verbo fervoroso en actos políticos, encuentros y cuanto espacio le era propicio enarboló sus ideas y esgrimió la fervorosa palabra como arma de lucha en pos de la causa emancipadora. Tal conducta le granjeó la simpatía internacional de muchas personalidades, entre ellas la de Estrázulas.

Si bien el uruguayo era cinco años mayor que Martí, muy pronto se estableció entre ellos una profunda afinidad de intereses comunes.  La propia convicción del pensador cubano de que la amistad era “remedio seguro para todas las penas”, fue motivo suficiente para que esa relación fuera más profunda, en la medida de ir compartiéndose muestras de simpatía y confianza mutuas desde muchos puntos de vista, tanto en el contexto público como el privado.

Enrique Estrázulas estudió Medicina en los Estados Unidos y se casó con una joven de ese país. Ya graduado, de regreso a su patria, se destacó como pediatra e introdujo novedosas prácticas quirúrgicas, al tiempo de compartir sus labores médicas con la pintura, su gran pasión. Sin embargo, otros derroteros se impusieron en su camino y decidió alejarse por un tiempo de la profesión para dedicarse a la diplomacia.

Precisamente cuando fungía de cónsul general de Uruguay en Nueva York conoció a Martí, el que muy pronto estuvo en el círculo más íntimo y familiar del uruguayo. Y no pasó mucho tiempo en que Estrázulas lo introdujera en las actividades diplomáticas, primero en función interina, en 1884, cuando el médico fue designado ministro plenipotenciario en Washington. Un tiempo después, de vuelta al consulado, el propio Enrique lo propone ante su gobierno para sustituirlo en el cargo cuando determinó marchar, en 1887, a Europa y establecerse con su familia en París.

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Unos años más tarde gracias al prestigio, eficiencia, constancia, profesionalidad, talento y pensamiento avanzado, el prócer cubano llegó a ser cónsul de Argentina y Paraguay, además de representar magistralmente al Uruguay en la Conferencia Monetaria Interamericana, cuya postura y participación en el evento estrechó aún  más los lazos con el gobierno y pueblo uruguayos.

La amplia correspondencia que sostuvieron Martí y Estrázulas durante ese período no solo pone de manifiesto la estrecha y profunda relación de amistad y la empatía entre ambos, si no que va más allá del intercambio de opiniones, preocupaciones y consultas sobre diversos temas, toda vez que en esos cruces de palabras también se dan confidencias muy íntimas, sobre todo aquellas que el amigo le confía de sus cuitas amorosas con una joven parisina durante su estancia en la Ciudad Luz.

Por otro lado, pudiera afirmarse que el flujo epistolar entre ellos constituye una importante fuente de información para desvelar el pensamiento político, ideológico y filosófico del intelectual cubano. En esas cartas se ponen de manifiesto los más caros sentimientos de lealtad y confianza al amigo, como también revela su profunda visión ética y profética sobre el futuro de Cuba.

En más de una ocasión, Martí le expresa al amigo el valor de la unidad de los cubanos, sin distinción de raza, posición económica ni credo en defensa de la causa libertaria, le argumenta criterios y opiniones sobre la necesidad del sacrificio, al tiempo de manifestarle su concepción acerca de la lealtad, honestidad y el sentido de la democracia para los pueblos de América sin la intervención extranjera, además del carácter antimperialista y antianexionista de sus ideales revolucionarios.

En definitiva, ese fragmento del epistolario martiano sirve para interpretar mejor la visión política del Apóstol de la independencia de Cuba, y a su vez hace interesantes aportes acerca de la apreciación de Martí sobre el arte, la literatura y el entorno cultural neoyorkino en particular y estadounidense en general, además de poner al tanto a Estrázulas de sus funciones consulares, incluso cuando le anuncia la decisión de renunciar a ellas y alejarse de ese desempeño en su momento.

Cierto es que prevalece en la correspondencia un tratamiento respetuoso, cariñoso y en ocasiones aflora un tono jocoso y de buen humor por parte del cubano al abordar diferentes cuestiones de la cotidianidad. Martí acostumbraba a encabezar las misivas con Mi querido amigo o Mi señor, aunque otras veces lo llama Momzonk, mientras Enrique siempre se refiere a él como “Mi querido Martí”.

Si bien la carta rimada dirigida al uruguayo, entre las doce que le remitió, no es la única en versos escrita por él, sí constituye la más famosa por su profundo contenido, en tanto resume en ella la manifestación más diáfana de su ideario, su visión del mundo en su espectro más amplio y lo hace con el empleo de una expresión poética elevada, en la que predomina el uso del del lenguaje tropológico.  Martí aprovecha para reiterar una vez más la confianza depositada en el amigo, sus inquietudes y preocupaciones.

La misiva es portadora esta vez, entre otros muchos asuntos, del desánimo que le ocasionó el fracaso y la separación a uno de los intentos independentistas concebido en el llamado plan de San Pedro Sula. A propósito de esa decepción el patriota cubano le escribe a su amigo:

Pero yo le diré al menos/ Como fue; que creí / Que como Vd. Es/ Bueno, así/ Todos los hombres son/ buenos. / Sabe Vd. que para mí/ No hay agua, ni pan, ni Sol/ Mientras mande el español/ En la tierra en que nací”.

Y más adelante le confiesa su desaliento:

El plan que urdí con/ Cuidado/ Se me vino a tierra y/ Miento/ En eso del llamamiento:/ ¡A un amigo ¡/ sí he/ llamado/ Púseme a tajo y destajo/ A buscar trabajo, – y/ digo/ Qué amén de Vd., no/ Hay amigo/ más constante/ que el Trabajo”.

Y como lo acostumbra, insta a su confianza y comprensión, y en medio de esa nebulosa de oscuros pensamientos, vuelve a brillar el optimismo por el futuro cuando expresa: “¿Se alza en el pecho un/ Impulso/ Que echa el cuerpo de/ La silla, /Y enciende en sol la/ Mejilla/Y pone a galope el/ pulso?”

Y concluye con esta apología a la vida, la amistad y la fe en el mejoramiento humano a pesar del triste momento: ¿Qué, si no el grato/ Recuerdo/ De su alma noble/ Pudiera/ Calmar un poco esta/ Hoguera/ Que me come el lado/ Izquierdo?”.

Como es sabido por todos, los últimos años de Martí en Estados Unidos los emplea para dedicarse a fondo a la organización de la Guerra Necesaria como él llamó a esa etapa de la lucha por la libertad de la Patria. Con ese sagrado propósito elude a otros compromisos y cesa su actividad diplomática.

A los campos de Cuba llegó el Maestro lleno de ilusión, al fin “estaba todos los días en peligro de dar su vida por su país y su deber”, entre tantos recuerdos pasados también guardaba, de seguro,  el aliento que significó cultivar amigos como el uruguayo Enrique, a quien ya había retratado en su dedicatoria en Versos Sencillos, cuando le dedicó esta pincelada poética: “Ver al arrogante Ministro Estrázulas, cuya palabra ferviente y alma generosa ganaba almas, es como ver  aquellas majestuosas selvas, invasores ríos, dilatadas campiñas del Uruguay, su altiva patria”.

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Armando Sáez Chávez

Periodista de la Editora 5 de Septiembre, Cienfuegos, Licenciado en Español y Literatura y Máster en Ciencias de la Educación

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