¡Por favor, déjenme llorarlo!

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Vinieron a su mente las exigencias paternas. Esas que para entonces eran rígidas, inviolables, no ausentes de violencia de los progenitores para que sus hijos varones fueran machos, como lo habían criado a él mismo, por encima de las lágrimas, sin expresar nunca su dolor.

“Los hombres no lloran”, oyó decirle al padre una y otra vez, cuando aprendió a descifrar el significado de las palabras y aún no sobrepasaba apenas unos pocos años de haber venido al mundo.

Y así se sobrepuso a las angustias físicas y espirituales. Transcurrió así su vida, afrontando las derrotas, los avatares ineludibles de la vida. Y vivió así, hasta la senectud.

Pero este día la noticia sobrepasó sus fuerzas. La noticia quebrantó su carácter. La pérdida del ser querido, entrañable, de aquel hombre que sustrajo de la miseria a millones de cubanos, de la frustración de un destino incierto para él y su familia, bañó su rostro de lágrimas abundantes, irreprimibles, amargas.

A su lado sus hijos y esposa intentaban consolarlo. Pero no pudieron, ni quisieron. Porque cada uno era presa también del dolor provocado por la pérdida del líder. De ese hombre insustituible, de quien, reconocían, los hizo personas, los elevó, por primera vez, a la condición de seres humanos.

Y lloró, sin freno, hasta el hartazgo. Hasta aceptar lo que nunca habría querido aceptar…, que Fidel había muerto.

En ese momento no tuvo en cuenta las doctrinas equívocas de su padre. “Los hombres no lloran”. Alzó la vista y contempló al hijo, que presa de la amargura ante la partida del amigo tampoco dejaba de llorar.

Se irguió entonces como pudo, y una vez en pie abrazó a su descendiente, a su mujer también anciana, y en silencio, sin tapujos, todos expresaron sus sentimientos, ante la desaparición física del líder eterno que ahora les decía adiós.

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