Pizza birra, faso: el registro de un drama cotidiano en la Argentina | 5 de Septiembre.
jue. Jul 18th, 2019

Pizza birra, faso: el registro de un drama cotidiano en la Argentina

Figura meritoria del llamado “nuevo cine independiente argentino”, Israel Adrián Caetano horadó en la tradición clásica y la reasunción moderna  de los géneros para realizar magníficas deconstrucciones tipo Un oso rojo (2002). También en movimientos de cine social ineludibles de la historia de este arte -neorrealismo, free cinema, cinema novo-, que le ayudaron a colorear el mosaico donde se afinca, con personalidad e iniciativa no obstante, la franja de su obra irrigada por tales influjos: Pizza birra, faso (1997); Bolivia (2001). Pizza..., primer acercamiento a la ficción (correalizado con Bruno Stagnaro), trajo nuevamente a escena una díada nada preterida por las pantallas de compromiso que en el cine han sido: juventud marginal y exclusión social.

Caetano sabe que tras suyo en la región existen abordajes señeros del fenómeno, tal como Los olvidados (Luis Buñuel, México, 1950), los filmes de la “Generación del 60” en Argentina, y más cercana o paralelamente a su trabajo, toda la obra que al respecto fue y está siendo configurada en cinematografías como las de México, Colombia, Brasil y el mismo país de adopción del joven realizador uruguayo. Por tanto, ni las copia, ni quiere decir la última palabra sobre el tema, ni hacer una megapelícula a lo Ciudad de Dios. Simplemente  pretende fraguar su película, modesta, discreta, de cuatro pesos, pero muy digna y de extraordinaria efectividad en tanto documento gráfico de una lacerante problemática social.

De modo semejante a su posterior Bolivia, Caetano se tira a las calles a identificar con su cámara la por donde la miren espinosa cotidianidad de los apestados del sistema, el detritus del capitalismo salvaje, el remanente hediondo del neoliberalismo en su fase más radical. Lo hace aferrado a un realismo insobornable, sin apelar a la ahora endógenamente en boga estetización de la violencia o la sordidez, a manipulaciones emotivas o al resto de los ardides del discurso narrativo hegemónico; mediante actores no profesionales que más que actuar, se reproducen a si mismos. El seguimiento a estos jóvenes marginales dará cuenta de la humillación diaria de su subsistencia, dentro de una trama donde pesa menos lo fictivo que el registro cuasi documental de un drama que -se encarga de consignar Caetano al cierre- deja 500 muertos al año en las calles de la Argentina, de las decenas de miles que asumen tal mecanismo de supervivencia sobre el día a día de su asfalto. El realizador no les reserva esperanza, porque la vida no lo hace; de modo que su filme, cual constatación de la misma, no tiene la potestad de cambiarles del  destino. De ahí la amargura que lo recorre.

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