Los enigmas de la palabra y las llaves de la poesía
vie. Nov 15th, 2019

Los enigmas de la palabra y las llaves de la poesía

El escritor estadounidense Wallace Stevens, un esteta de la palabra. /Foto: Tomada de Internet

El escritor estadounidense Wallace Stevens, un esteta de la palabra. /Foto: Tomada de Internet

El poeta es el indignado hijo del día sonando en su concepción:

la satisfacción por debajo del sentido, la concepción brillando en

el aún obstinado pensar”.

Wallace Stevens.

A la obra del norteamericano Wallace Stevens (1879-1955) la atraviesa la intención cardinal de sondear, sopesar y definir el hecho poético desde el entendido de explicar (auto explicarse) el sentido de un misterio mayor, para luego tomar las riendas de ese enigma y escribir, ya dómine de sus revelaciones, al aire personal de un autor que a la vez que escribe poesía la desmiembra para los lectores. Ello, mediante inusual riqueza de vocabulario y construcciones signadas por rigurosa precisión literaria.

Stevens es un esteta de la palabra, quien se arrebuja en su sustancia mientras pace sus antecedentes y acompaña al establo a los ecos. Un demiurgo, además, de sus más profundas combinaciones semánticas; esas que suelen descarriarse de las posibles interpretaciones si no se posee el ojo atento ante los sentidos abiertos, pletóricos de remisiones o asociaciones, de su verso.

Y ejemplo mayor a efectos de comprobarlo es el volumen Trece maneras de contemplar a un mirlo, de Editorial Reina del Mar, oportunidad que brinda la casa librera de la Asociación Hermanos Saíz para propiciar la conexión con la palabra exquisita (labrada, precisa, nunca la misma) del vate estadounidense, Premio Pulitzer en 1955.

Que Reina del Mar Editores publique al también dramaturgo y ensayista supone un acto de continuidad/consecuencia con instancias fundacionales de nuestra cultura durante el siglo pasado, como la Revista de Avance y el grupo Orígenes, cuyos mentores incorporaron en sus páginas a quien tuvo con Cuba y sus intelectuales una relación marcada tanto por la admiración como por el respeto.

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La labor, merecedora de todo loor, de situarlo nuevamente al alcance de los lectores (sobre todo los de las nuevas generaciones, quienes no tienen por qué conocer lo anterior) la llevó a cabo el poeta, traductor y editor villaclareño Edelmis Anoceto. Él, amén de realizar la selección de obras aquí reunidas, efectuó el trasvase de la lengua original inglesa al castellano, con suma habilidad.

En tal sentido, es menester subrayar la capacidad y la cultura interpretativa por parte de un traductor que, en la orilla opuesta de cuanto pudiera ser un trasunto anclado a la literalidad, no deja esfumar ni siquiera una de las imágenes de Stevens. Su traducción del poema Trece maneras de contemplar a un mirlo (obra que le da título a la compilación) no desmerece de ninguna de las mejores que he consultado. Tampoco el resto de las piezas.

Anoceto, amante y conocedor del autor anglosajón, alude a un elemento esencial a la hora de comprender a Stevens: “Su poesía se realiza cuando el lector capta, según lo permiten su sensibilidad y experiencia, lo que no está dicho en los versos. Este proceso, por supuesto, no es privativo de Wallace, pero en él se hace valer de manera ejemplar”.

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El firmante de La roca y El hombre de la guitarra azul considerado por el crítico Harold Bloom en 1975 como “el mejor y más representativo poeta de nuestro tiempo”, reflexionó en uno de sus muchos aforismos, gran parte dedicados al acto de componer poesía, que esta representa un esfuerzo del hombre insatisfecho por encontrar satisfacción mediante las palabras y, de vez en cuando, del pensador insatisfecho por encontrar satisfacción mediante sus emociones.

Dicha percepción, de algún modo, se distanciaba de las actitudes vitales de un ser humano que, aunque huraño a integrarse a los círculos literarios y participar de la bohemia intelectual, era desenfadado, bromista, sonriente, ortodoxo en sus caseras costumbres y desprovisto del sino nostálgico o pesimista de varios de sus colegas (rara avis en su contexto, aseveraba: “La poesía es salud”. “La poesía no puede convertirse en un hospital”).

Tampoco le aficionó al buen Wallace el alcohol, cualquier otro estupefaciente o los lechos ajenos, del suyo o del sexo contrario. De tal, su biografía resulta incólume, además sin indicios de hechos trágicos, tanto que uno tendería a pensar que carecería de la experiencia de vida necesaria para elaborar algunos de sus poemas cargados de esa agudeza abrumadora, varios de los cuales están contenidos en Trece maneras de contemplar a un mirlo: las mismas, o en realidad muchas más, de mirar al singular e inolvidable poeta.

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