Las verdades de Lanier

Fenómeno social de nuestra era, las redes sociales se expanden a escala planetaria, pese a momentos de retracción como el experimentado en 2016. La más popular, Facebook, posee más de dos mil millones de perfiles; Instagram rebasa los 500 millones; Twitter alcanza los 300 millones de usuarios…
Son herramientas de comunicación del paisaje mediático que, por su capacidad movilizadora e integradora, pueden propiciar la consecución de diversos objetivos, mediante una celeridad e inclusión de diversos conglomerados de actores sociales de veras impensable antes de que irrumpieran.

Twitter, instrumento favorito de los políticos, se ha convertido, para algunos dirigentes mundiales, en una suerte de mini-plataforma de gobierno desde la cual anuncian medidas, pautas, concepciones y puntos de vista sobre un acontecimiento de último minuto: hecho que obliga a seguir su evolución.

Sin por ello olvidar sus servicios esenciales de interacción personal, para la alteridad mundial -o sea, las voces como las nuestras, preteridas y obliteradas por los grandes medios corporativos mundiales-, las redes deben representar epicentro de resistencia y combate, de exposición de argumentos y réplica a postulados ideológicos que nos impugnan e intentan desacreditarnos.

Ese, al menos, sería el ideal; pero, aunque muchos ejecuten una sostenida y plausible labor cotidiana, no todos las utilizan en tal sentido y, en gran medida, algunas redes se convierten (también en Cuba) en el patético muestrario de nuestro narcicismo, egolatría, miedo, inseguridades, envidias, desdén por el otro, recelos e ignorancia. Figuran, tales elementos, entre las características inherentes a esta peculiar ágora del siglo XXI, ente otros de sus signos negativos, de los que mucho se ha hablado. Por tanto, la columna se centrará solamente en las percepciones de Jaron Lanier, genio de Sillicon Valley, entre las personalidades de más prestigio y crédito del universo tecnológico.

Voz ineludible de un cada vez más creciente registro de filósofos, narradores, poetas, ensayistas y hasta celebridades y comunicadores que reniegan de las redes sociales, este señor reflexiona en su reciente libro Diez razones para borrar tus cuentas en las redes sociales que los dos primeros motivos para abandonarlas resultan “la pérdida de libertad” y “su papel generador de infelicidad”. Y argumenta: “Ahora todos somos animales de laboratorio que integramos un experimento en tiempo real, 24 x24, para que los anunciantes nos envíen sus mensajes cuando estamos más susceptibles a ello. El sistema mejora cuando la gente está enfadada, obsesionada y dividida”.

Según el pionero digital estadounidense, autor de volúmenes previos sobre el tema, “no obstante sus bondades conectivas, en verdad sufrimos una sensación cada vez mayor de aislamiento, derivada de razones tan diversas como los estándares irracionales de belleza o estatus, por ejemplo, o la vulnerabilidad a los trols. Tienen consecuencias muy perjudiciales las presiones insostenibles hacia personas jóvenes, especialmente mujeres, y el hecho de que los algoritmos pueden discriminarte por racismo o por otras razones horribles. Los algoritmos te colocan en categorías y nos ordenan según nuestros amigos, seguidores, el número de likes o retuits, lo mucho o poco que publiquemos… De repente tú y otros forman parte de disímiles competiciones en las que no han pedido participar. Son criterios que nos parecen poco significativos, pero con efectos en la vida real: en las noticias que vemos, en quién nos aparece como posible cita, en qué producto nos ofrecen…”.

Lanier también habla del “papel debilitador de la verdad”, la “destrucción de la capacidad de empatizar”, y el “rechazo de las redes a que las personas tengan dignidad económica”, entre otras causas para retirarse de estas.

El ingeniero informático de 58 años aboga por “un nuevo humanismo digital donde se sobrepase un estadio técnico en el cual proliferan plataformas que, más allá de su falsa impresión de democracia, en realidad disminuyen la importancia y la singularidad de la voz individual, puesto que la mentalidad apócrifa de colmena puede desembocar fácilmente en la ley de la calle”.

Crítico cerval de Facebook y de emblemas de la red en general, como Wikipedia, también abjura de pretensiones megalómanas y monopólicas de Google, y enarbola reflexiones como estas, que dan mucho para analizar: “Los comentarios de los internautas sobre programas de televisión, películas, estrenos musicales y videojuegos originan casi el mismo tráfico de bits que el porno en la red. Eso no es malo, per se; pero si la red matase definitivamente a los viejos medios de comunicación, nos enfrentaríamos a una situación en la que la Cultura se habría comido de hecho a su provisión de semillas”.

Julio Martínez Molina

Julio Martínez Molina

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Periodista del diario 5 de Septiembre y crítico audiovisual. Miembro de la UPEC, la UNEAC, la FIPRESCI y la Asociación Cubana de la Crítica Cinematográfica

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