Jirí Menzel, en el recuerdo a sus 80

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El director checo Jirí Menzel./Foto: Internet

Los cinéfilos de mi generación, la de los ’70, pasamos la mitad de nuestra infancia y adolescencia viendo películas esteuropeas en las salas de cine; no tanto en cada uno de los casos por placer, sino porque la programación mensual incorporaba numerosas producciones de dichas cinematografías. En esa porción habitual había de todo, en términos de calidad. Películas menores o absurdas, que tentaban la imaginación a especular porqué fueron rodadas. Pero había también bastante buen cine. E incluso gran cine.

Gracias a aquellos años, contactamos con extraordinarios cineastas europeos como el polaco Andrzej Wajda, el soviético Elem Klímov, el húngaro Istvan Szabó y el checo Jirí Menzel, por solo citar algunos pocos. A este último, blasón del llamado “nuevo cine checo” de los sesenta, con toda justicia, la Cinemateca de Cuba le dedicó un ciclo, a propósito de su aniversario 80.

Las películas de la muestra-homenaje al gran satirista praguense fueron, en este orden: Trenes rigurosamente vigilados y Las perlas del fondo del agua (ambas de 1966), Un verano caprichoso (1968), Alondras en el alambre (1969), Aislados en el bosque (1976), Tijeretazos (1980), La fiesta de las campanillas verdes (1984), Mi dulce pueblecito (1986), El fin de los buenos tiempos (1989), Vida y aventuras extraordinarias del soldado Iván Chomkin (1994) y Yo serví al rey de Inglaterra (2006), su último filme.

Trenes rigurosamente vigilados (Oscar a la Mejor Película Extranjera en 1967) es el primer largometraje del realizador nacido en febrero de 1938./Foto: Internet

Valga significar que varios de los títulos resultaron estrenos en la Cinemateca y otros estrenos absolutos en Cuba, de manera que constituyó un acercamiento formidable y muy completo a quien deseara acceder a la obra del realizador.

Testigo viviente de la ocupación nazi de Bohemia y Moravia, de la caída del fascismo, la Primavera de Praga, el socialismo y el ingreso al capitalismo en su país, la filmografía de Menzel halla en la historia sustantiva fuente temática.

Tal surtidor está personalizado en sí por el acompañamiento de un tono satírico y de visos críticos que impregna gran parte de su corpus creativo; de consuno con la ternura (no ternurismo) de sus relatos, sus características dosis de humanismo, su talante fabular, la presencia habitual de personajes humildes en los guiones y la capacidad de extraer humor de las situaciones menos inesperadas: algo que le adeudó a los grandes comediantes norteamericanos. El Roberto Benigni de La vida es bella, a su vez, lo hace con el Menzel de Trenes rigurosamente vigilados.

Inicia fructífera alianza con el escritor Bohumil Hrabal desde su misma opera prima, Trenes…, merecedora del premio Oscar a la Mejor Película Extranjera en 1967. Justo Alondras en el alambre, cinta basada en un libro de cuentos del narrador, le mereció el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 1969. Más tarde, también versionaría al coterráneo en Tijeretazos, La fiesta de las campanillas verdes y Yo serví al rey de Inglaterra, en orden cronológico.

Otros escritores también fueron bastón primario del realizador para conformar sus filmes: Vladimir Vojnovich en el caso de Vida y aventuras extraordinarias del soldado Iván Chomkin; Zdenek Sverák, para Mi dulce pueblecito y Vladislav Vancura para Un verano caprichoso y El fin de los buenos tiempos.

El director de Los hombres de la manivela (1978), nacido el 23 de febrero de 1938 en Praga, abandonó el cine hace doce años y en la actualidad se dedica al teatro.

Quien escribe, nunca pudo imaginar que tras la jubilosa Yo serví al rey de Inglaterra (homenaje suyo al cine cómico pionero de Sennett, con la cual cierra el ciclo cubano), alguien en plena facultad de condiciones dejase la pantalla, porque -aunque no su más madura- esta su obra de la veteranía contagia alegría, relaja, distiende, opera un efecto lisérgico sobre los sentidos…

No obstante, se extraña en este filme tanto la densidad, el peso alcanzado en precedentes adaptaciones de Menzel al cuerpo literario-fetiche de Bohumil Hrabal, como sus leves dosis de vitriolo a discreción; pues lo que en principio iba de acíbar acaba en amable relajo hedonista. Resuelto por regla sobre la saturación de recursos de lenguaje fílmico ya no muy contemporáneos (esos raccontos, incluso el excesivo of). Para más, con una discutible bifurcación diegética de los planos temporales, o vías abiertas -sin mucha razón-, al erotismo postalero que recorre este retrato de vida del pícaro camarero checo Jan: asumido eso sí a convicción y ganas por el actor búlgaro Iván Barnev. Un personaje dibujado sobre el esquema clásico del pícaro oportunista, sin embargo tan tonto a la larga en dinero como en amores, al caer rendido a los pies de una alemana belicista en pleno pórtico de la II Guerra Mundial.

La etapa “germanófila” del filogumpista -léase en el sentido de la necedad de conciencia- Jan da pie, no obstante, a pinceladas sin desperdicio: la fanática nazi ardiendo de fe patriótica ante el retrato de su Führer mientras hace el amor con nuestro pequeño antihéroe (rica mofa menzeliana a la estupidez de las idolatrías posibles y además marca de posicionamiento ante el cuestionable punto de vista del protagonista); las bellezas arias puestas en engorde para criar los por suerte imposibles bebés hitlerianos futuros dueños del mundo en el hotel-burdel-centro de experimentación; la chaplinesca secuencia del banquete al rey de Abisinia donde Jan acapara honores justo al ejecutar su deporte predilecto de manipular las circunstancias… Una gozada y recomendación ferviente de que asistan al ciclo de Jirí Menzel.

Yo serví al rey de Inglaterra (2006) es el último filme suyo. De la fecha a la actualidad se ha dedicado al teatro./Foto: Internet

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