Invasión: mejor bajo los aliens | 5 de Septiembre.
vie. Ago 23rd, 2019

“Tras haber cumplido 90 órbitas alrededor del Sol no me quedan muchos reproches”, dijo Arthur C. Clarke, el autor de Cita con Rhama y 2001, una odisea espacial, en un mensaje en video grabado desde su residencia en Sri Lanka y para su pléyade de admiradores, el 9 de diciembre de 2007, pocos meses antes de morir.

No puedo asegurar que haya visto Invasión (The Invasion, 2007), pues de haberlo hecho, este hombre, considerado uno de los grandes de la ciencia-ficción moderna, hubiera puesto de seguro unos cuantos reproches. Y más: un grito agudo de pavor en el cielo de la noche de Colombo.

Invasión viene a ser el tercer remake de una película que todas las antologías e historias cinematográficas coinciden en señalar como uno de los clásicos del cine de ciencia-ficción y terror de los años ´50: Invasión of the body snatchers (Don Siegel, 1956), cosa que en lo personal siempre vi algo exagerado; la cual tuvo sus continuaciones por intermedio del siempre rarillo Philip Kaufman en 1978 y el no menos ortodoxo Abel Ferrara, en 1993.

Vehículos de reflexión y simbolismo social, unas y otras se sumergían, a su forma y atemperando el relato a los contextos socio-políticos de sus épocas, a la novela-madre de Jack Finney en la cual una raza alienígena se mete dentro de la humana y la convierte en algo muy parecida a sí misma en el exterior, pero del todo diferente en su interior.

Si más de medio siglo atrás, Siegel vinculaba el relato a los tiempos de la Guerra Fría, el macarthysmo y la lucha de contrarios entre el imperialismo norteamericano y el comunismo soviético, ya Kaufman y Ferrara hablaban en su día de la contracultura, los albores de la “revolución” reaganeana, y el belicismo extensivo del viejo George padre, el tronco sembrador de la pandemia Bush.

Ahora, para la versión de 2007, Hollywood contrata al director alemán Oliver Hirschbiegel (famoso por su drama El hundimiento, en torno a la caída de Hitler), quien recurre a la suma de todos los motivos de los filmes anteriores en pequeñas dosis, e -hibrificados como dispersos- resultados punto menos que mediocres.

Y ello, a pesar del cuantioso presupuesto a su disposición, un team técnico de lujo bajo su arbitrio; y el indiscutible talento del reparto, el cual tiene en primera fila a Nicole Kidman, una de las grandes actrices de la contemporaneidad sajona aunque bastante tirada para lo comercial en su última recta, al lado del por lo general eficaz -y aquí pese a todos los pesares lo es- Jeremy Northam, y el último James Bond: Daniel Craig, tan patitieso en el filme que pasa inadvertido casi todo el metraje.

Lo que pasa con Hirschbiegel y su insulso e impersonal filme es que es tan huérfano de rumbos dramáticos como de ideas que sustenten una hilatura dramatúrgica clara. Aunque la culpa no puede caer del todo en la espalda del alemán, pues intentó variar el filme en más de una ocasión, hasta que el todopoderoso productor Joel Silver lo montó en un avión de vuelta a Berlín y le encomendó la producción, primero, a los hermanos Wachowsky (que de la Matrix primigenia a la última parte de la saga pasaron del cielo al suelo) y, luego, a James McTeigue (el realizador de V de Vendetta).

A diferencia de la fórmula de la Coca-Cola, la empleada en la cinta es conocida por todo el mundo: nave que estalla y trae el virus alienígena, uno de los personajes de relieve dramático infestado, doctora en plan de corre-corre, hijo perdido en poder de los extraños…, lo hemos visto mucho ya. Sin embargo, pocas veces planteado desde perspectivas narrativas de tamaña ambivalencia e incongruencia.

Invasión maneja, de modo bastante explícito, tesis harto peligrosa: los extraterrestres que usurpan los cuerpos de los terrícolas eliminan los resquemores, rencillas, debilidades humanas, al tiempo que acaban con las guerras: dejan a Bagdad tan tranquila como un círculo infantil, le poner a darse las manos a Chávez y Bush, la paz impera en el planeta…

Sin la elocuencia y el grado de énfasis necesario, el filme deja caer que esa calma se lograría al precio de la anulación de la diferencia (pues el hijo de la doctora interpretada por la Kidman es inmune al virus alienígena y los de allende el planeta lo pretenden eliminar), aunque una autoridad dice al cierre, cuando ya los extraños están controlados y todo volvió a la normalidad: “Volvimos a ser humanos, para bien o para mal”.

El mensaje atroz que se desprende de esta película derrumba por su pesimismo. Sin cortapisas, se está afirmando que la Tierra andaría mejor bajo la égida de los alienígenas; y que los humanos, per se, no disponen de la capacidad potencial de solucionar sus conflictos. Así de ramplón.

Pero el problema principal, a la larga, no es incluso tal falta de sutilezas, ni siquiera la inexpresividad de algunos actores o la unidimensionalidad de esta heroína en crisis, pues Invasión cruje ya desde la premisa básica de cualquier buen exponente del género porque resigna ritmo, su búsqueda de tensión luce demasiado artificial y sus ostentosas escenas de acción de persecuciones automovilísticas parecen importadas de escenas de películas de atracadores de bancos.

Por si fuera poco, prescinde de un guión más o menos elaborado; y lo que está presente de manera intermitente -o asoma sin que genere los efectos deseados-, es el suspenso, aun cuando justamente se presupone sea tal el elemento nutricio de la trama.

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