Enamorarse es una de las cosas más maravillosas de la vida

Dos historias de amor sobre Julio Antonio Mella

1.- La historia ingenua.

Entre las numerosas e importantes tareas que el Partido Socialista Popular entregó a los comunistas cienfuegueros, la referida a la salida clandestina de Julio Antonio Mella hacia su exilio mexicano por el puerto de Cienfuegos resultó muy arriesgada, pero al mismo tiempo estuvo rodeada, sin él saberlo, de esa aura de leyenda que ennoblece y humaniza al hecho.

A ese “joven extraordinariamente capaz y precoz, una de las principales figuras que descollaron después de Martí…” (como lo describió Fidel Castro en su diálogo con Ramonet, (Cien horas con Fidel), había que cuidarlo bien, pues los esbirros machadistas lo buscaban por todas partes: estaba sentenciado a muerte, pero ¿quién iba a sospechar en medio de tales tensiones, las emociones que adicionalmente despertaría?.

Una fría mañana de mediados de enero de 1926, llegaron dos hombres a Cienfuegos. Uno de ellos era Gustavo Aldereguía Lima, un médico joven, comunista, cuyo nombre hoy lleva nuestro Hospital cienfueguero. El otro era un hombre aún más joven, atlético, aunque pálido porque estaba recién salido de la prolongada huelga de hambre decidida como protesta por la injusta encarcelación a que lo sometió Machado. Este era precisamente, Julio Antonio Mella.

Apenas llegados en tren, caminaron con premura hasta un domicilio de una humilde familia comunista, en la calle Santa Cruz en el reparto La Juanita, asegurándose de no ser seguidos. Allí se alojó Mella durante cinco días, y su acompañante regresó inmediatamente. La coprotagonista de esta historia real, Ángela Idalia Espinosa Valdés cuenta…

“… Yo sabía que mi familia iba a recibir una visita que emocionaba a todos. Me daba cuenta de eso, no porque nadie me lo dijera específicamente, pues no me dejaban participar de ninguna conversación de los mayores. Yo acababa de cumplir mis 13 años y estaba espigada, pero cada vez que iba a intervenir en algún diálogo que no me incumbía, me llamaban al orden, a veces con esa frase que odiaba tanto: “los niños hablan cuando las gallinas meen”. Y no es que desconfiaran de mi discreción y compostura, porque la prueba de confianza que me dieron lo demuestra, pero era la manera de enseñar de entonces.

El recién llegado no salió en ningún momento ni a la ventana. De lejos miraba hacia el exterior. En algunos breves momentos en que conversamos me relató hechos emocionantes de los generales Federico y Adolfo Fernández-Cavada, de la primera guerra independentista, que fueron mis primeras nociones reales de nuestros mambises cienfuegueros. El pasaba el día leyendo y conversaba a veces con algunos camaradas que lo visitaban especialmente. Iban para el último cuarto y pasaban horas con él, y yo notaba el respeto con que lo trataban, aunque casi todos los que iban eran mucho más viejos. Nosotros, aunque hablamos algunas veces, yo no sabía ni su nombre; reía mucho, conversaba en voz baja, parecía un maestro, aunque era más desenvuelto y jovial. Al amanecer del quinto día de su estancia, era el 18 de enero, me llamó mi papá y me dijo muy serio:

Te vamos a dar una encomienda muy importante y tienes que ser muy responsable. Vas a acompañar a nuestro invitado hasta el edificio de la Aduana, frente al Muelle Real. Van a ir los dos solos, caminando por las calles que te voy a decir, porque nosotros no podemos acompañarlos, es más discreto que vayan los dos. Pero no te preocupes, que aunque no nos veas, nosotros estaremos cerca de ustedes. Allí en la Aduana buscas a Felipe Fernández Seijo. Él los va a estar esperando. Dejas al compañero con él y te marchas. Regresas por las mismas calles, que nosotros te cuidamos hasta la casa. Confiamos en ti…

Salí de la casa con él. Eran varias cuadras, más las adicionales de un rodeo que dimos, como papá me indicó. Íbamos muy animados conversando y riéndonos de cosas triviales. Iba muy orgullosa con aquel joven tan apuesto que me trataba como a una muchacha de más edad, aunque me llevaba nueve años. Su trato era con un respeto, y al mismo tiempo con una cordialidad y confianza que resultaba muy emocionante para mí… Creo que me enamoré de él. Al menos, fue el primer hombre en quien pensé durante mucho tiempo, y hasta me encelé, mucho después, cuando supe que tenía una novia en México que le decían Tina. Lo supe por papá que me mortificaba con eso. Para mí que él se dio cuenta de la atracción que ese muchacho despertó en mí, porque siempre yo estaba hablando de él, y papá se reía y me mortificaba. Bueno, cuando encontramos al hombre de la Aduana, nos despedimos.

Me dio un beso en la mejilla, muy cariñoso, suave, cálido, lento, al momento de marcharse. Sólo entonces me atreví a preguntarle su nombre. Me dijo: Julio.

Le pregunté el apellido y me respondió riendo: “el resto quizá te lo diga tu papá dentro de unos días, cuando sepa que he llegado a mi destino…”. Sólo lo supe, cuando el buque frutero de bandera hondureña “Comayagua” lo llevó a Puerto Cortés, desde donde aquel joven inolvidable para mí, pasó a Guatemala y de ahí a México, su destino…Y nunca lo olvidé”. (Entrevista del autor, de 1968).

2.- La historia más complicada y pasional

El exilio de Mella en México fue entre enero de 1926 y enero de 1929. En esa etapa visitó Bélgica, Francia, Estados Unidos y su gran sueño: la Unión Soviética. Al llegar a México tenía 22 años. Al morir, le faltaban dos meses y medio para cumplir 26. Cayó aquella fría noche de enero de 1929 asesinado por dos esbirros cubanos enviados por Machado con ese fin, José Agustín López Valiñas, y otro secuaz.

Eran los peones a sueldo. Los que sólo aprietan el gatillo de sus armas calibre 45, de noche y por la espalda. Quien dirigía la operación, José Magriñat, otro cubano, era mucho peor, más engañoso y perverso. Los ejecutores del crimen no conocían a la víctima y fue él quien les mostró al joven, para lo cual, primero lo llamó por teléfono y lo citó para el café La India. Una vez sentados a una de las mesas, haciéndose pasar por hombre de bien, Magriñat le contó a Mella sobre dos sujetos enviados por Machado para matarlo. Mientras hablaban, los peones en la mesa aledaña, detallaban bien al muchacho que debía morir. Era la trama urdida en La Habana días antes por Trujillo, el jefe de la Policía Secreta de Machado, con Magriñat.

Al caer Mella, junto a él estaba Tina Modotti, italiana emigrada a América y que “…desde que tenía doce años parecía una señorita de ojos grandes y tristes, que ya trabajaba en una fábrica de sedas en San Francisco, California”. Después fue a vivir a Hollywood, trabajó en estudios cinematográficos y filmó varias películas. Se hizo fotógrafa y reportera y en febrero de 1922 se fue a vivir a México. Hizo gran amistad con los grandes pintores muralistas del Renacimiento de la pintura mexicana, Diego Rivera, Alfaro Siqueiros y otros que le hicieron encontrar a la muchacha el camino del arte socialmente comprometido. Rivera y Siqueiros fundaron el periódico El Machete en que escribía Julio.

Tenía Tina la piel morena, el pelo y los ojos negros, gran sentido del humor,. quería saber y comprenderlo todo. Un amigo la describió así:

“No la llamaría bonita, sino bella. Sus rasgos eran muy italianos, había en ellos algo dramático. Uno se sentía inmediatamente atraído por ella, porque era muy comunicativa, una mujer a la que había que admirar, una mujer a la que todos querían inmediatamente”.

Otros la han descrito así: “Tenía una gracia extraordinaria, así que todos los hombres se enamoraban de ella, a pesar de que no hacía nada por provocarlo, aunque cuando decía lo que pensaba y sentía, inmediatamente te cautivaba. Tenía esa capacidad rara en las personas de encantar con la conversación. Era de buenos modales y gran suavidad, incluso cuando estaba enojada por algo, no lo decía con indignación, sino muy suavemente. Era un ser humano fuerte, bello e inolvidable”. Hay algunos que han querido culparla por la atracción que ejercía, por eso ella solía decir: “ningún ser es responsable de los sentimientos que despierta en los demás”.

Tina llegó a México en febrero de 1922. Julio Antonio Mella en febrero de 1926. ¿Cómo se conocieron? La descripción se la debemos a la cubana María Luisa Lafita, esposa de Pedro Vizcaíno Urquiaga, aquel que ajustició a Magriñat en 1933 en el Vedado de La Habana, en un duelo a tiros tras la caída de Machado. Ella fue una de las mejores amigas de Tina. Cuenta María Luisa:

En el verano de 1927 se intensificó en todo el mundo los mítines y actos de calle para salvar de la muerte a Sacco y Vanzetti, los dos anarquistas italianos que iban a ser ejecutados en Estados Unidos. En las tribunas de México se podía admirar a un orador nuevo. Era un cubano de 23 años que hechizaba a sus oyentes con sus pensamientos claros y su palabra precisa. Además, su porte varonil que cautivaba a las mujeres de la época. Una de ellas, la mexicana Adelina Zendejas diría: “Julio Antonio tenía una figura física como la de un Apolo. Era un hombre atractivo, de un metro 86 centímetros, o más. Varonil, de voz cálida, profunda. Ni grueso ni delgado, sencillamente fuerte, su físico y su conducta impresionaban, atraía al auditorio, casi podía decirse que lo fascinaba…”.

En esa época Mella estaba casado con Olivia Zaldívar, camagüeyana, estudiante de Derecho, como Julio Antonio, que compartió sus luchas estudiantiles, lo siguió al exilio de México donde en medio de innumerables privaciones le dio un hijo varón, que murió al nacer, y más tarde una hija, que ella trajo a Cuba en 1928 por su decisión de no seguir compartiendo la azarosa vida del esposo comunista. No se vieron nunca más.

Tina Modotti mantenía una relación larga y armoniosa con Xavier Guerrero, uno de los creadores del periódico El Machete, un artista que en ese momento se encontraba en la Unión Soviética estudiando por tres años.

Julio Antonio y Tina se conocieron en el verano de 1928. Según Rosendo Gómez, periodista de El Machete, un día vino Mella a la redacción del periódico para un asunto del Partido Comunista Mexicano, del que Julio Antonio ocupaba la secretaría general. Tina y Rosendo laboraban en la redacción de un artículo de un periódico italiano y Mella entró de repente, sólo saludó brevemente, pero noté –cuenta Rosendo- que la flecha voló hacia Tina que tenía siete años más que él. Fue el típico amor a primera vista, en ambos”.

Tina lo contó luego así a su amiga cubana María Luisa Lafita:

El encuentro con Julio Antonio me confundió tanto que me sentí incapaz de pronunciar una palabra. Estuve como paralizada y no pude razonar normalmente. Después de esta gran impresión fuimos inseparables.

“Muchos sospechaban que nos unía algo más que la ideología y la labor común. Durante dos meses me resistí contra lo que creí que era una traición a Guerrero que estaba en Moscú y no se merecía un engaño así. Por dos meses me negué a ceder al amor de Julio que insistía ansiosamente. Pero nuestra atracción fue muy pasional, algo más fuerte que la voluntad de ser fiel a Guerrero. El que me haya enamorado de Julio me causó un gran trauma. Yo era absolutamente honesta y aunque tuve muchos amantes, jamás tuve una dualidad, y no quería informar a Guerrero mediante una simple carta, no quería enfrentarlo al hecho consumado, así que, vísperas de la partida de un amigo común, le pedí que trasmitiera a Guerrero la realidad, y después le entregara mi carta. En ella le decía con absoluta sinceridad:

Me ha sucedido algo: me siento más un monstruo que un ser humano. A ti te parecerá igual. Me enamoré seriamente de alguien que conoces y que se llama Julio Antonio Mella. El está preparando su divorcio y me ha pedido que vivamos juntos. Le he confesado mis sentimientos aunque no le he correspondido. Yo lo amo y él me ama a mí. Y este amor ha hecho posible algo que creía que no podría pasar nunca: que dejaría de amarte. He pensado en el efecto que este paso vaya a tener sobre tu acción revolucionaria. Esa es mi otra preocupación, pero creo que mi pequeña utilidad a nuestra causa no sufrirá, porque el trabajo para la causa no es, en mí, reflejo o resultado de amar a un revolucionario, sino una convicción profundamente arraigada en mí, y en eso te debo tanto a ti que fuiste quien me abrió los ojos, quien me ayudó cuando sentí el suelo de mis viejas convicciones temblar bajo mis pies. Y pensar que por todo lo que me ayudaste, así es como te estoy pagando”.

Así le escribí –confió Tina a María Luisa Lafita, y ésta se lo contó a este cronista en un encuentro ocasional de periodistas en La Habana hace muchos años. “La respuesta de Guerrero fue un telegrama, que es lo más generoso que recuerde”, ha escrito Tina. Sólo decía:

Recibí tu carta. Enamorarse es una de las cosas más hermosas de la vida. Adiós. Xavier Guerrero…”.

En el libro Tina Modotti y Julio Antonio Mella pueden leerse estas opiniones: “Todos los amigos se dieron cuenta de que Julio y Tina estaban hechos el uno para el otro. El amor no sólo fue enriqueciendo su propia relación, sino también sus contactos con los demás compañeros. Con energía renovada se entregaron a la causa comunista; el amor les permitió algo que pocas veces se logra con tanta perfección: la absoluta armonía entre la felicidad personal y el compromiso social. En esa relación había, por encima de todo, dignidad y decencia. Nunca hubo entre ellos algo vulgar, una frase, una palabra, un gesto. Tina era tranquila y suave; julio, muy nervioso y vital. Y ambos, italiana y cubano, muy pasionales, pero en público, increíblemente discretos. La coincidencia de ideales fue fundamental para su relación amorosa. Ambos eran marxistas-leninistas incondicionales”.

El 10 de enero de 1929 caminaban juntos de regreso a su hogar en Ciudad de México. Le dispararon a Mella por la espalda los esbirros de Machado y del imperialismo norteamericano que también lo perseguía.

El solo hecho de presenciar la muerte violenta del hombre amado tiene que haberle exigido a Tina fuerzas sobrehumanas. No pudo retirarse a su apartamento a llorarlo sin testigos, para despedirse a solas. Centenares de personas acudieron a la sede del Partido a ver el rostro del hombre que para ellos era el símbolo de un revolucionario. ¿Qué sintió al constatar que ni siquiera muerto le pertenecía? Era el muerto de aquella multitud que acompañó el féretro hasta el cementerio, se reunió alrededor de su tumba, denunció a sus asesinos que quisieron apagar la vida del que después de muerto es útil aún. Mella había sido para ella no sólo el compañero, el ejemplo, el orador, el agitador, el organizador, también había sido el gran amor de su vida. Ella, el ser humano, lloraba por el amor perdido; pero Tina, la comunista, debía sobreponerse con fortaleza a su tristeza personal, frente a la envergadura política de la tragedia que todos estaban viviendo. ¡Y fue fuerte! Y enfrentó como fotógrafa comunista, la tarea más difícil de su carrera, ¡y fue la profesional la que hizo la última fotografía del combatiente internacionalista que al caer era bandera y poesía!, y su rostro, en esa foto histórica que recorrió el mundo, no era la imagen de la derrota, ni la de la muerte implacable, ¡es el rostro de un hombre feliz…dormido! (Información tomada del libro sobre Tina Modotti, y conversaciones del autor con María Luisa Lafita en La Habana).

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HUBO UNA muchacha cienfueguera que tiempo después vio esa foto, y vio las fotos de Tina Modotti, hermosa y bella modelo, y conoció la historia que hemos relatado aquí. Y esa muchacha, aquella adolescente que se enamoró de quien conoció sólo por Julio, a secas, y lo acompañó a su destino, Ángela Idalia Espinosa Valdés, no sin dejar de suspirar todavía, hizo una madura y generosa reflexión:

Cuando dos personas comparten ese sentimiento, nadie debe separarlos, nadie debe sentirse ofendida, ni despechada. Sólo debe aguardar que llegue su propia felicidad, porque ingenuo o pasional, el amor siempre existirá…”.

Y porque como escribió Xavier Guerrero: “Enamorarse es una de las cosas más maravillosas de la vida”.

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Andrés García Suárez

Andrés García Suárez

Periodista, historiador e investigador cienfueguero. Fue fundador de 5 de Septiembre, donde se desempeñó como subdirector hasta su jubilación.

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