Trabajo y dignidad: la lección de Fidel en el Día de los Trabajadores

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Cada Primero de Mayo el mundo detiene por un instante el vértigo para mirar a quienes sostienen la vida cotidiana: los trabajadores. Más que una fecha en el calendario, esta jornada convoca a la memoria histórica, a la reivindicación de derechos y a la reflexión profunda sobre el sentido humano del trabajo. En Cuba, esa reflexión tiene un nombre y un apellido ineludibles: Fidel Castro Ruz.

ACTUALIDAD Y COMPROMISO

Lejos de discursos vacíos, el Comandante en Jefe dejó una huella indeleble en la manera de entender el papel de los trabajadores en la construcción de la Patria. Para Fidel, el trabajo no era una simple mercancía ni una obligación desalmada: era el crisol donde se forja la conciencia revolucionaria. “Sin conciencia no hay revolución posible”, repetía, y esa conciencia nacía precisamente del esfuerzo colectivo, de la mujer y el hombre que transforman la realidad con sus propias manos.

En sus innumerables intervenciones ante la clase obrera, especialmente en las concentraciones del Primero de Mayo en la Plaza de la Revolución, Fidel siempre vinculó el trabajo con la dignidad. Una de sus reflexiones más certeras sostiene que “la dignidad plena del ser humano comienza por el respeto a su capacidad de crear, de producir, de aportar”. Así, ningún trabajador es un engranaje anónimo: cada uno es protagonista de la historia nacional.

El líder de la Revolución Cubana también advirtió sobre los peligros de desvincular el trabajo de los valores éticos. Criticó con fuerza el afán de lucro, la explotación capitalista y la cosificación del obrero. “El capitalismo convierte al trabajador en una herramienta más; el socialismo debe convertirlo en dueño de su destino”, expresó en un discurso memorable de 1973. Ese llamado sigue vigente hoy, cuando el mundo laboral enfrenta nuevas formas de precariedad.

Fidel fue, además, un incansable promotor de la formación técnica y política de los trabajadores. Sostenía que “una revolución sin conocimientos es un barco sin timón”. Por eso impulsó programas de educación obrera, becas, escuelas de oficios y la universalización del saber. Para él, cada trabajador debía ser también un intelectual, capaz de pensar críticamente y de participar en las decisiones de su centro laboral y de su país.

En el contexto actual, marcado por crisis globales, sanciones económicas, los embates de la pandemia y la inflación, el bloqueo a nuestra Isla, cada vez más recrudecido, las reflexiones de Fidel cobran asombrosa vigencia. Su llamado a la “producción eficiente con sentido humano” resuena entre quienes enfrentan carencias pero no renuncian a construir alternativas. Porque #LaPatriaSeDefiende no solo en las trincheras, sino con el sudor diario en los campos, las fábricas y las aulas.

Nunca confundió el trabajo con la explotación. Por el contrario, luchó por reducir las jornadas extenuantes, eliminar el trabajo infantil y garantizar la seguridad social. “Un país que no cuida a sus trabajadores no tiene futuro”, sentenció. Por eso el Día de los Trabajadores, en la visión fidelista, no es una simple conmemoración: es un examen de conciencia colectiva sobre cómo tratamos realmente a quienes producen la riqueza social.

Hoy, cuando algunos intentan revivir viejas recetas neoliberales disfrazadas de modernización, recordar las palabras de Fidel Castro Ruz es un acto de claridad política. Él nos previno: “El trabajo dignifica, pero el trabajo injusto degrada”. Por eso ningún ajuste laboral puede hacerse de espaldas al ser humano. La productividad no está reñida con la equidad; al contrario, la presupone.

En sus reflexiones encontramos preguntas vigentes: ¿Cómo construir sociedades justas si se desprecia al obrero, al campesino, al maestro, al científico, al empleado? La obra del Comandante no ofrece recetas cerradas, sino horizontes éticos. Este Primero de Mayo caminamos con la frente en alto, convencidos de que #LaPatriaSeDefiende con trabajo, conciencia y unidad, y que sin Patria no hay dignidad posible.

Como expresó Fidel ante millones: “La mejor manera de honrar a los que luchan es trabajar con más entrega, con más ciencia y con más solidaridad”. Y añadió con mirada profética: “El futuro pertenece, no a los que se resignan, sino a los que luchan por ese futuro, a los que combaten, ¡a los que están dispuestos a pagar por un mañana mejor el precio que el presente les exija!”. Por eso cada trabajador que madruga, que produce, que enseña o que cura es un soldado de ese futuro.

RAÍCES HISTÓRICAS: DEFENDER LA PATRIA, DIGNIFICAR AL TRABAJADOR
Foto: Tomada de Cubadebate

En cada Primero de Mayo y en cada trinchera, el Comandante en Jefe recordó que en el socialismo los obreros son los dueños del destino de Cuba

Desde los primeros días del triunfo revolucionario, Fidel Castro tuvo una certeza que nunca abandonó: la Revolución solo sería verdaderamente irreversible si la clase trabajadora la hacía completamente suya. No se trataba de una declaración de principios, sino de una convicción práctica, que fue cultivando con el diálogo directo, la consulta permanente y una fe inquebrantable en la conciencia obrera. “El futuro pertenece, no a los que se resignan, sino a los que luchan, a los que combaten, a los que están dispuestos a pagar el precio que el futuro les exija”, reflexionó en noviembre de 1961, resumiendo la esencia de esa apuesta.

La diferencia radical entre el capitalismo y el socialismo la explicó con una claridad que aún hoy conmueve. “En el socialismo se produce la identificación total del hombre con los medios de producción, la identificación total del hombre con las riquezas del país, la identificación total del hombre con el destino de su país”, dijo en 1973, y concluyó con una frase que resume su pensamiento más profundo: “el trabajador pasa a ser el dueño de las riquezas y pasa a regir los destinos de su patria”. No era retórica: era la transformación del estatus del hombre común, de súbdito explotado a sujeto protagónico de la historia.

En cada Primero de Mayo, esa idea se convertía en celebración multitudinaria. En 1962, desde la Plaza de la Revolución, Fidel explicó al mundo el significado de aquella fiesta en Cuba: a diferencia de los países donde los trabajadores no pueden siquiera reunirse en su día, aquí “los trabajadores dejaron de ser la clase oprimida y la clase explotada, para ser la clase que rige los destinos de la nación cubana”.

Pero la fe de Fidel en los trabajadores no era ingenua ni paternalista. En un discurso de junio de 1963 ante los militantes del sector de la construcción, fue directo al núcleo de la responsabilidad obrera: “Ustedes no pueden divorciar de ninguna manera sus intereses como clase trabajadora de sus intereses como clase dirigente y gobernante del país, como clase propietaria de la riqueza del país”. Es decir, pasar de explotado a dirigente exige también pasar de una aritmética individual a una aritmética colectiva. Los trabajadores debían aprender a pensar económicamente, no como víctimas, sino como dueños.

Al proclamar el carácter socialista de la Revolución, el 16 de abril de 1961, en medio del duelo por las víctimas de los bombardeos a aeropuertos cubanos, Fidel dio una de sus definiciones más emocionantes y recordadas. Dijo entonces que lo que no pueden perdonar los imperialistas “es la dignidad, la entereza, el valor, la firmeza ideológica, el espíritu de sacrificio y el espíritu revolucionario del pueblo de Cuba”. Y en esa misma jornada, arengó a la multitud con una pregunta que se convirtió en juramento: “Obreros y campesinos, hombres y mujeres humildes de la Patria ¿juran defender hasta la última gota de sangre esta Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes?”. Porque para Fidel, la patria no podía ser nunca el patrimonio de unos pocos: “¿La patria de unos pocos? ¿La patria de un puñado de privilegiados?”, se preguntó en el Primero de Mayo de 1961, para responder acto seguido: “Ahora sí nosotros podemos hablar de patria… cuando decimos: defendemos la patria y estamos dispuestos a morir por la patria, ¡estamos dispuestos a morir por una patria que no es de unos cuantos, sino que es de todos los cubanos!”.

Esa dignidad obrera no era solo un escudo frente al enemigo externo, sino también una brújula moral frente a las tentaciones internas. En otra de sus reflexiones, ya en los años de la batalla de ideas, Fidel recordó que luchar por los intereses de los trabajadores en el mundo contemporáneo “significa defender su derecho a la vida, al trabajo, al pan, a una existencia con seguridad, con dignidad y con justicia”. No se trataba de un programa económico, sino de un compromiso ético.

Por eso, cuando hoy los trabajadores cubanos desfilan cada Primero de Mayo, no están conmemorando un recuerdo: están actualizando una promesa. La promesa de que el sudor no será nunca más fuente de esclavitud, sino herramienta de soberanía. La promesa de que “el trabajo no es ya en nuestra patria —ni lo volverá a ser jamás— un medio de enriquecimiento para una minoría privilegiada”. Y la promesa de que la defensa de la patria socialista no es un mandato externo, sino la defensa de un patrimonio común: el que todos los días construyen con sus manos los obreros, los campesinos, los maestros, los médicos y cada cubano que no hipoteca el futuro por ninguna moneda.

Foto: Tomada de Cubadebate

Como resumió él mismo, en un acercamiento casi poético a su propio pensamiento: “Quien conoció la dignidad, quien conoció la libertad, quien conoció el honor, quien conoció la igualdad, quien conoció la justicia social, aunque no haya vivido en aquella época, no se resigna ni se resignará jamás a vivir sin ella cualquiera que sea el precio”. La Revolución hecha por los trabajadores y para los trabajadores sigue siendo, hoy, ese territorio de dignidad conquistado y defendido.

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Barbara M. Cortellan Conesa

Ingeniera Química por la Universidad de Camagüey. Diplomada en Periodismo. Máster en Ciencias de la Comunicación. Periodista-Editora del diario 5 de Septiembre. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba.

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