Señora de las cuatro M y las 10 décadas
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Casi siempre responde por Mimí, pero su madre la llamó Mirta “sin hache”, el padre eligió Moraima y el santoral le endosó De las Mercedes. Como si un nombre tan largo le presagiara una extensa existencia, Mirta Moraima de las Mercedes Cuesta Albuerne está muy próxima a inscribirse en el libro blanco de las cubanas centenarias.
La única hija del comerciante minorista asturiano Ramón Cuesta Sánchez y la cienfueguera Josefina Albuerne Acevedo comenzó su andar por la pradera de la vida el 24 de septiembre de 1926, con el auxilio de una partera, en el mismo lecho donde sus padres la habían procreado. “En Colina, una colonia de cañas del central Jaronú, cerca del pueblito de Caonao; un apeadero del tren de Morón, entre Esmeralda y Tabor”, desgrana las primeras señas de su identidad y las complementa: “Soy camagüeyana, pero estoy inscripta en Cienfuegos”. Cosas de la vida.
El padre, que vino de Asturias de 10 años y nunca regresó, tenía la bodega de la colonia, cuya clientela era exclusivamente los haitianos emigrantes, factor demográfico omnipresente en las llanuras cañeras del Camagüey. “En aquel lugar nada más vivíamos los haitianos y nosotros tres”.
Tal vez también viviera el mayoral Victorio Gómez, porque su hija, Virginia, “joven y muy bonita” fue quien enseñó a escribir leer, sumar y restar a la niña Mimí, a quien después de sufrir los efectos del virus del chikungunya los recuerdos se le entretejen un poco, como si fuera una madeja caprichosa.
-Los haitianos eran muy respetuosos. El ciclón del 32 muchos lo pasaron en nuestra casa. Hablaban en castellano, pero chapurreado, aunque mi papá los entendía. Vivían en los barracones, aunque divididos por familias. Había uno que le decían Casimí Pie. Era el que les hacía los mandados a los otros. No le gustaba mucho trabajar en el campo”.
La pequeña familia decidió venir para Cienfuegos, donde estaban los abuelos maternos de Mimí, cuando ella tenía la misma edad del padre el día que embarcó por un muelle de Gijón en un vapor de la Compañía de Pinillos, supongo. Digo que presumo el dato del acto migratorio, porque de que tenía tantos años como dedos en las dos manos sí está segura la señora de las cuatro M, navegante ahora en las aguas del Mar de la Centuria.

A la tierra de Agramonte volvió algunas veces, de paseo, porque tenía una tía en Morón y, además le gustaban las visitas al central Jaronú, “que era una maravilla. Íbamos de noche con el dueño de la colonia y su familia, a verlo moler”.
Campomanes y Prado, primero; Santa Clara y Cid, después; fueron las dos primeras estaciones de sus nueve décadas cienfuegueras. “Luego mi padre se hizo de la bodega La Manzanita, en Prado y Padre de las Casas y allí vivimos cinco años”. Por lo general, acota el contador de la historia de la larga existencia, las bodegas de víveres de la época, casi siempre esquineras, compartían espacio con la vivienda del bodeguero. Oficio, y vuelvo a acotar, muy relacionado con el emigrante español.
Un buen día Ramón Cuesta compró la ubicada en Prado y Saldo, “donde está la estatua” (de los Mártires de la Independencia). Mimí la bautizó como El Paseo y allí los Cuesta-Albuerne echaron el ancla en el alma de la ciudad. “Ahí murió él”, resume la hija el sentido del arraigo.
Además del misterio de las vocales y los dígitos que había logrado desentrañar a la sombra del empírico magisterio de la hija del mayoral, sin parentesco con aquella a quien Dorita “puso roja la cara”, algo aprendió también en una escuela de Esmeralda, al parecer antesala del traslado definitivo hacia esta parcela terrícola donde echaría raíces.
En Cienfuegos completó lo que sería la enseñanza general, según la terminología educacional contemporánea. De inicio en la Intermedia No. 2, de la calle Santa Cruz y Cuartel, y a continuación en aulas de la Academia Enrique José Varona (Santa Cruz, entre Santa Isabel y San Luis), propiedad del reconocido educador Juan Olaiz. Algunas materias del bachillerato dice que las recibía en el antiguo Instituto de Segunda Enseñanza, que por entonces radicaba en el edificio del Frontón Jai Alai.

Y por estudiar, estudió cuatro años de piano, “con la profesora Isabel Ocejo, en Prado entre Arguelles y San Fernando, donde vivía la familia del doctor Héctor Meruelo”. Y para aprovechar el piano que papá Ramón le había comprado en su Colina natal. “Lo vendía la familia del mayoral, lindísimo, baratísimo”, se acuerda el instrumento que conservó hasta hace pocos años.
Su posterior etapa universitaria y habanera se le esconde un poco más entre los recovecos de la memoria. En la Universidad de La Habana matriculó la carrera de Derecho, “que no terminé … me enamoré”, justifica su retorno al seno familiar. Aunque no lo hizo con las manos totalmente vacías. Expedido por el Decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Derecho Público, en una pared del hogar cuelga un pergamino que la acredita como Capacitada en Administración Pública, fechado el 22 de noviembre de 1955. Y con el valor agregado de la firma de un profesor flaco, inquieto y calvo que respondía al nombre de Raúl Roa. Del futuro canciller recuerda “su manera de entrar a clase, de saludar, de andar siempre con un libro bajo el brazo. No se separaba de aquel libro. Daba muy buenas clases”.
De un estrujón de la memoria rescata algún otro pasaje de su etapa capitalina. “Vivía en una casa de huéspedes en la calle Jovellar, entre L y M. La dueña era una señora de Cienfuegos. Los varones estaban en el segundo piso y las mujeres en el primero. En la vivienda de al lado vivía Pedrín Pérez García, un estudiante de Derecho natural de Santa Clara; con quien iba a estudiar a veces un joven llamado Fidel Castro Ruz. Estábamos casi ventana con ventana, solo un pasillo por medio”.
En 1959 unió su vida hasta que la muerte los separó con Faustino Fernández Fernández, un viajante de víveres que trabaja para la compañía americana Switch. Y al año siguiente alumbró a Margarita, tan unigénita como ella, y persona muy conocida por quienes transitan estas rectas calles.
El hospital regional Héroes de Playa Girón, “en consulta externa, aquello era una brasa”, y el astillero de la calle La Mar fueron sus ámbitos laborales.
Como procreó a Margarita, y es muy seguro que haya plantado por lo menos un bonsái, Mirta completó las tres condiciones de la existencia recogidas en la máxima martiana con Las Malaspalabras, texto de poesía para niños publicado por Ediciones Mecenas en 2002.
Al prologar el poemario su colega Lourdes Díaz Canto invitó: “A recrearnos con las rosas, las campanillas; visitar caracoles; subir a la luna y bajar de nuevo a los salones del paisaje cubano hasta tropezar con la gallina vanidosa que pide traje nuevo, traje de pluma de mil colores…”
El jueves 24 de septiembre, cuando por primera necesite tres dígitos para escribir su edad, piensa celebrar de manera normal la redondez de la cifra. “Quizás iré a comer a algún lugar”.
Mimí quisiera ser recordada como una persona muy humilde, porque siempre ha sido de ayudar a los demás. Como tiene a su favor todo el tiempo libre del mundo le gusta ver los buenos programas de la televisión. Va a una fiesta y la disfruta, “y si hay que bailar, bailo”, porque en sus buenos tiempos dice que ella era un trompo.
-A los cinco años mi papá me enseñó bailar. Danzón, fíjate, siendo él español. Allá en la colonia teníamos una victrola y como 100 discos, y su mente parece danzar en medio del gran salón de los recuerdos. Entre cañaverales, líneas férreas y pitazos del Jaronú.

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