Paz, dignidad y resistencia: Cuba frente al asedio de Washington

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Cada 21 de septiembre, la comunidad internacional conmemora el Día Internacional de la Paz, una jornada instituida por la ONU para promover la tregua y la no violencia a nivel global. Sin embargo, para el pueblo cubano esta fecha adquiere un significado especialmente profundo y contradictorio. Mientras el mundo reflexiona sobre la paz como ideal supremo, Cuba vive en carne propia las aristas de un conflicto asimétrico que lleva más de seis décadas desafiando todos los principios del derecho internacional: el bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos. Lejos de ser una mera disputa bilateral, esta política unilateral se ha convertido en el principal obstáculo para la estabilidad y la tranquilidad del pueblo cubano, en una ofensiva permanente que se ha recrudecido en los últimos meses con una virulencia inédita.

La diplomacia del garrote, como la han definido analistas y académicos, nunca pasó de moda en Washington. En los últimos meses, el gobierno estadounidense ha combinado dos instrumentos clásicos de su política exterior —el castigo económico y la intimidación naval — para presionar a Cuba y forzar un “cambio de régimen”. La orden ejecutiva del primero de mayo de 2026 ha llevado el bloqueo a niveles extremos y sin precedentes, estableciendo por primera vez sanciones secundarias contra cualquier entidad vinculada con la isla, una medida que expertos califican como “extremadamente agresiva e inaudita en la aplicación extraterritorial del bloqueo”. El objetivo, según los especialistas, es “amedrentar a cualquier persona o negocio” y “cerrar cualquier tipo de relaciones en sectores importantes para Cuba actualmente”.

Pero el bloqueo no es un asunto de cifras frías ni de retórica política. Es un castigo colectivo que asfixia “la vida cotidiana de un pueblo en todos los ámbitos”, como ha denunciado el canciller Bruno Rodríguez. Los números son elocuentes: entre marzo de 2025 y febrero de 2026, los daños ocasionados por las medidas de Estados Unidos alcanzaron la cifra récord de 8 mil 83 millones de dólares, una cantidad que ni siquiera refleja todavía el impacto del cerco energético y financiero impuesto a finales de enero, que multiplicaría las pérdidas. El sector turístico, vital para la economía cubana, ha visto reducida a la mitad la llegada de visitantes durante 2026, mientras la persecución financiera impide el ingreso de miles de millones de dólares a la economía nacional. Pero más allá de los números, está el sufrimiento humano: los largos meses con solo dos o tres horas diarias de electricidad, los alimentos echándose a perder, los niños haciendo sus tareas en penumbra, hospitales operando con la luz de teléfonos móviles.

La paz que Cuba defiende no es una paz pasiva ni sumisa. Es la paz del que se niega a rendirse ante la agresión, la paz del que resiste con dignidad y creatividad. Como afirmó el presidente Miguel Díaz-Canel en una entrevista para NBC News, Cuba “es una nación de paz, que no promueve la guerra, sino que propicia la solidaridad y la cooperación entre los pueblos”. Pero también advirtió con claridad: “estamos dispuestos a defender esa paz que queremos”. Esa disposición no es una amenaza, sino una afirmación de soberanía frente a quienes pretenden imponer la “paz mediante la fuerza imperialista”, una expresión que el canciller cubano ha utilizado para denunciar las pretensiones de Washington. Cuba ha reiterado en todos los foros internacionales que “jamás aceptaremos amenazas” y que defenderá su independencia y orden constitucional.

La comunidad internacional ha alzado su voz de manera contundente. El Consejo de Derechos Humanos de la ONU ha denunciado el impacto de más de seis décadas de sanciones económicas, calificando esta política como “una grave violación del Derecho internacional”. En 2025, unos 165 países votaron en contra de la política de sanciones estadounidenses contra la isla, un rechazo abrumador que evidencia el aislamiento de Washington en su afán punitivo. La relatora especial de la ONU ha pedido al gobierno de EE. UU. que ponga fin al estado de emergencia nacional relacionado con la Isla, mientras que organizaciones internacionales como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP) han emitido comunicados de condena. Cuba no está sola en su lucha por la paz y la justicia.

Paradójicamente, mientras Washington endurece su cerco, el gobierno cubano mantiene abierta la puerta al diálogo. El canciller Rodríguez ha confirmado que ha habido conversaciones con el Departamento de Estado, aunque “no cuentan avances ni progresos a partir de la falta de voluntad del gobierno de los Estados Unidos”. Cuba reitera su disposición a continuar esas conversaciones “sobre la base del derecho internacional, sin precondiciones”. Esa disposición al diálogo, incluso en medio de la agresión más feroz, es quizás la expresión más alta de la vocación pacifista del pueblo cubano. Como ha afirmado la Asociación Cubana de Naciones Unidas, “somos una nación de paz y la praxis pacifista de Cuba se ha demostrado constantemente”.

El Día Internacional de la Paz nos invita a reflexionar sobre el significado profundo de este concepto. Para Cuba, la paz no puede existir sin justicia, sin soberanía y sin el derecho a vivir sin ser sometido a un bloqueo que constituye, en palabras del canciller cubano, “un genocidio económico”. La paz que reclama Cuba es la paz que pide ser respetada como nación soberana, la paz que exige el cese de una política que viola la Carta de las Naciones Unidas y los más elementales principios de convivencia internacional. Es la paz que se condensa en la demanda simple y contundente que el canciller cubano lanzó ante la prensa mundial: “déjennos vivir en paz”.

En este 21 de septiembre, mientras el mundo conmemora la tregua global, el pueblo cubano continúa su lucha diaria contra un asedio que pretende arrebatarle la estabilidad y la tranquilidad. Pero Cuba resiste, como ha resistido siempre, con la certeza de que la razón y el derecho están de su lado. La paz que defiende la nación no es la paz de la sumisión, sino la paz de la dignidad. Es la paz de un pueblo que, pese a todas las dificultades, sigue creyendo en la solidaridad, la cooperación y el diálogo como caminos para construir un mundo mejor. Que el eco de esta demanda llegue a quienes hoy, desde el poder, pretenden doblegar a una nación entera. Porque la paz verdadera, la que merece ser celebrada, solo es posible cuando se respeta la soberanía de los pueblos y se garantiza la justicia social.

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Barbara M. Cortellan Conesa

Ingeniera Química por la Universidad de Camagüey. Diplomada en Periodismo. Máster en Ciencias de la Comunicación. Periodista-Editora del diario 5 de Septiembre. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba.

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