Paulina Álvarez, la voz del danzonete

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Si comienzo estas líneas hablando de ella como Raimunda Paula Peña Álvarez, pocos podrán reconocerla. Tristemente, para otros el nombre de Paulina Álvarez es solamente una cafetería situada en una de las esquinas colindantes al Parque José Martí, pero fue mucho más que eso. Esta dama nació, según el dato encontrado por su sobrina Paula Pedroso en el Registro Civil de Cienfuegos, un 28 de febrero en la sureña ciudad, en la Calle San Luis, cerca del Teatro Tomás Terry. El pasado 22 de julio se cumplieron 58 años de su desaparición física. Sin embargo, la muerte nunca llega para quien ha traspasado el tiempo con las huellas de su legado.

Aunque se le conoció en vida como la Emperatriz del Danzonete, por haber triunfado como intérprete del género, pienso que su mayor mérito fue el de ser una de las primeras voces femeninas en ganar un lugar en nuestra cultura.

Le llega la música por su padre José Caridad Peña, quien tocaba la percusión menor (güiro) en la orquesta de Agustín Sánchez Planas, aunque fue su madre María Álvarez quien la apoyó en su sueño de ser cantante. Desarrolló su carrera en La Habana, a donde va a vivir siendo muy joven. A pesar de muchas pruebas que tuvo que afrontar en su carrera artística, alcanzó el reconocimiento y respeto del público cubano.

En la época que le tocó vivir, las orquestas charangas contrataban solo a vocalistas y solistas hombres. Ella tiene el mérito de haber sido la primera mujer en incursionar como cantante en una agrupación de este formato. Paulina conformó la nómina de la Orquesta Elegante, posteriormente trabajó con las agrupaciones dirigidas por Ernesto Muñoz, Cheo Belén Puig, Hermanos Martínez y Neno González, hasta crear la suya propia, lo cual tiene aún más mérito por su condición de directora.

Fue denominada Emperatriz del danzonete por su espléndido desempeño en Rompiendo la rutina, de Aniceto Díaz, tema con el que obtiene su máxima popularidad. Aunque el danzonete no tuvo una larga vida, se puede afirmar que afianzó las bases e influyó en el posterior desarrollo del danzón cantado. Se destacó, además, en la interpretación de boleros y otros géneros de la música popular bailable cubana.

Como sello de su identidad, la distinguió su elegancia y su cubanidad. Una mujer que fue un ejemplo como artista, desde sus cualidades vocales como intérprete, hasta su profesionalidad. Su impronta se ve reflejada en las que continuaron su legado. Es, sin lugar a dudas, la intérprete femenina más conocida a nivel nacional dentro del pentagrama musical cienfueguero.

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Sandra M. Busto Marín

Licenciada en Música con perfil de flauta. Diplomada en Pedagogía y Psicología del Arte, Pedagogía Musical y Educación por el Arte. Máster en Arte. Todo en el Instituto Superior de Arte de La Habana.

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