La vetusta confidente
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Anselmo recordaba cómo se detenían los circos ambulantes, famosos y tan esperados en los asentamientos rurales de antaño. “Venían en tren ꟷdecíaꟷ y se ponían cerquita de aquí de la terminal”. Lástima que solo perduraban en la memoria del octogenario esas carnavalescas imágenes de cuando Lajas disfrutó las improvisadas funciones circenses, movidas por rieles y los compases de otra época. A este periodista le contó igualmente el viejo Anselmo Suárez, que la modesta estación había sido siempre su vieja amiga. Allí se sentaba cada tarde a coger fresco y a velar los bueyes de hierro cruzando incesantes los límites de la jurisdicción, para internarse en las llanuras villaclareñas hasta llegar a Sagua la Grande, antes de que fuese creado el embalse Alacranes, interrumpiendo para siempre la explotación de un ramal que databa de la segunda mitad del siglo XIX, y que unía los poblados de la Perla del Sur con aquellos que rodeaban a la conocida Perla del Mar del Norte.

De aquellos tiempos era oriunda, según parece, la primera estación que tuvo la comarca, construida con tejas y madera, que dio paso entre los años 1910 y 1920 a la construcción actual mandada a hacer por la Empresa de los Ferrocarriles Unidos. Muy semejante a la ubicada en la cabecera de Palmira, la estación lajera brindaba así un mejor confort a los pasajeros, en tanto mejoraban las condiciones estéticas con su predecesora de materiales endebles y efímeros.

Situada en la calle Esquerra, entre Tinito Cruz y Dr. Machín, el edificio hoy presenta un profundo desgaste, pero hablan bien de su calidad los muros gruesos de 20 centímetros fabricados con ladrillos, y una cubierta a dos aguas de tejas francesas que se resiste a los torrentes y vientos plataneros. Presa de la desidia, al local de estilo neocolonial le fue extirpado además un tramo de su fachada: la cerca perimetral de una vivienda invadió la parte del recinto por la derecha, y las marcas de destrucción (producto del vandalismo escritural de nuestros días) corrompió paredes y las ventanas de cara al andén. Pero todavía se pueden ver allí las sillas metálicas donde se sentó tantas veces Anselmo durante largas tardes soleadas, mientras me narraba algunas de sus memorias. Hoy el anciano no está entre nosotros. Y tal vez sea ese el destino que le espera a su vetusta y centenaria confidente.
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