La seducción del saxo

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En 1840 en París, un belga de nombre Adolphe Sax se proponía crear un instrumento musical con la proyección y el poder del metal y la agilidad de la madera. Aquel inventor, flautista y clarinetista, estaba persuadido de las limitaciones de los instrumentos de su época.

Su genio consistió en tomar la boquilla de caña simple de un clarinete y aplicarla a un cuerpo cónico de latón, con lo que logró una paleta sonora que ningún otro instrumento podía ofrecer hasta entonces. Según explica el musicólogo británico Robert Donington, “ha sido empleados por los sinfonistas como una especie de puente o de instrumento de transición entre los llamados instrumentos de madera y los de metal”. (*)

En  junio de 1846, Sax obtuvo una patente con la que registró 14 variantes. Los más usados en nuestros días son el sopranino, soprano, barítono y bajo. Como sucede con todo lo nuevo, tuvo sus detractores. Muchos lo miraban con no poco recelo, y durante años fue más una curiosidad de bandas militares que una voz respetada en salas de concierto.

El compositor francés Hector Berlioz, sí comprendió la magnitud del hallazgo. La incorporación del saxofón a las bandas militares francesas fue el primer paso de una conquista que más tarde cruzaría el Atlántico para cambiar para siempre la música popular.

Si hay un género que adoptó al saxofón como emblema, fue el jazz. La historia de ambos se entrelazó de tal manera que es imposible imaginar uno sin el otro. Lo evidencia el hecho de que muchos de quienes entronizaron el jazz, fueron saxofonistas.

Sidney Bechet fue de los primeros en demostrar el potencial del saxofón soprano, con el vibrato amplio y una autoridad sonora que desafiaba a cualquier trompetista de su tiempo. Pero fue en la era del swing y, sobre todo, en el bebop, cuando el saxofón se convirtió en el recurso favorito para improvisar.

Coleman Hawkins estableció el saxofón tenor como un instrumento de peso armónico y fraseo robusto. Lester Young, con un enfoque más ligero, demostró que el mismo instrumento podía contar historias distintas. Con Charlie Parker, el saxo alto alcanzó una velocidad y complejidad melódica que redefinieron los límites del género. Su capacidad para la improvisación y la pureza tonal se convirtieron en la piedra angular del lenguaje del bebop.

John Coltrane llevó el instrumento a territorios casi espirituales. Tras pasar por el quinteto de Miles Davis, desarrolló un estilo que combinaba el virtuosismo técnico con lo armónico y espiritual. En una vertiente más melódica y accesible, Stan Getz, apodado “the Sound”, demostró que el saxo tenor ostenta una belleza tonal casi etérea, y con él condujo al jazz a audiencias masivas a través de la bossa nova. Todo aquello hizo de él un medio de trascendencia.

El saxo es versátil. En la música clásica, los franceses Claude Debussy, Darius Milhaud y el brasileño Heitor Villa-Lobos escribieron obras que le adjudicaron personalidad propia. En bandas sonoras de cine, así como en el rock progresivo, la música caribeña y la salsa el saxo ha encontrado siempre un espacio exclusivo para su voz.

El jazz cubano posee exponentes magistrales. Ahí están César López, Germán Velazco, Alfred Thompson, Evaristo Denis y Yamil Schery, quienes se reunieron y grabaron con la EGREM el álbum titulado “Latin Sax”. Ellos cinco, con sus saxos en ristre son capaces de ponernos a levitar.

Tal vez la excelencia de este instrumento resida en su dualidad: por ser potente e íntimo; y capaz de desplazarse desde la estridencia al susurro.

Adolphe Sax lo concibió para llenar un vacío sonoro, aunque no alcanzó a contemplar cómo ha llegado a ser un amplificador de emociones.

Desde la melancolía del blues hasta la euforia del free jazz, siempre que un saxofonista lleva el instrumento a los labios, lo seductor de su historia se renueva nota a nota, mientras surca el aire.

(*) Robert Donington: Los instrumentos de música. Alianza Editorial, S.A., Madrid, 1967

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