La Protesta de Baraguá salvó moralmente la Revolución

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El espíritu de hidalguía y arraigado patriotismo de los cubanos que juraron jamás ponerse de rodillas, luego del paso de las tropas mambisas y de Antonio Maceo por los históricos Mangos de Baraguá, en 1878; se multiplican en esta tierra y en su cielo libre en un contexto muy complejo, cuando Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, acrecienta su hostilidad y amenazas contra la nación.

La Protesta de Baraguá, escenificada en esos predios, resultó la respuesta política que colocó en primer plano los objetivos básicos por los cuales los cubanos se habían lanzado a la lucha contra el gobierno español, contenidos en el Manifiesto del 10 de Octubre, dado a conocer por Carlos Manuel de Céspedes el día que diera su grito por la independencia de Cuba.

Protagonizada por el Titán de Bronce, el 15 de marzo de 1878, mantiene plena vigencia ese acto de firmeza y dignidad, como única respuesta posible ante el bochornoso Pacto del Zanjón rubricado el 10 de febrero de ese año, y que sería la misma respuesta ante cualquier injerencia que intente menoscabar la soberanía nacional, en estos y en todos los tiempos.

El ejemplo de ese buen hijo que alzó su verbo ardiente y comprometido por todos los compatriotas dignos, se ha engrandecido siglo tras siglo para salvaguardar la intransigencia revolucionaria levantada como bandera aquel día memorable, cuando supo erguirse y adoptar una posición que salvó moralmente la Revolución.

Debido a la altruista postura del hombre que tenía tanta fuerza en la mente como en el brazo y a ese suceso valiente y oportuno, se consolidó el pensamiento revolucionario cubano y reafirmó la decisión de volver al campo de batalla para conquistar la libertad con el filo del machete.

Con su actitud, Maceo y sus seguidores ratificaron los objetivos básicos de la rebeldía nacional, salvaron su honor de combatientes y enaltecieron el de Cuba.

En esa página notable de nuestra historia sobresalió el Titán de Bronce no solo como militar, antiesclavista y luchador incansable por la libertad, sino también como el político brillante en que se convirtió para ofrecer una lección para todas las épocas.

Ese episodio de decoro de los patriotas cubanos obedecía a que la desunión y el caudillismo llevaron la Guerra de los Diez Años (1868-1878) hasta el claudicante Pacto del Zanjón, en el cual el colonialismo español intentó un acuerdo de paz sin independencia, precisamente, en los instantes en que los mambises reanudaban la iniciativa en Oriente y Las Villas.

La falta de unidad había llegado en algunos casos al resquebrajamiento de la disciplina, elemento que atentaba contra el alcance de la ansiada libertad. Algunos jefes mambises asumieron el Zanjón como salida, aunque muchos otros continuaron la lucha en la parte oriental y central de la nación.

Antonio Maceo desconocía del proceso iniciado por el Capitán General español Arsenio Martínez Campos, máxima autoridad colonial en el país, para conseguir la rendición de algunos jefes mambises de la forma más abyecta posible; repuesto ya de las graves heridas recibidas el 6 de agosto de ese propio año en el combate de Mangos de Mejías, se integra nuevamente a la guerra en enero de 1877.

Sus impresionantes victorias en los combates de Florida, Llanada de Juan Mulato y San Ulpiano, en enero y febrero de 1878, le reaniman por el tiempo perdido en la convalecencia, aunque estaba muy disgustado por los rumores que corrían de conferencias y tratos con los hispanos, en los cuales no creía.

Así el 18 de febrero de 1878, en Pinar Redondo, el Generalísimo Máximo Gómez le informó todo lo ocurrido en Camagüey, y compartieron la decisión de no aceptar lo proclamado en el Pacto del Zanjón e insistieron en su disposición de continuar la lucha.

También estuvieron de acuerdo en que el Titán de Bronce se entrevistase con el Capitán General español, para solicitarle una suspensión de hostilidades que le admitiera organizarse.

Entonces, Maceo escribe a Martínez Campos el 21 de febrero de 1878, donde le explica que conoce por Gómez y los comisionados del Departamento Central, lo pactado en Camagüey, y que Oriente y Las Tunas están en condiciones de proseguir la lucha, en desacuerdo con la resolución de la Junta del Centro, además le solicita la entrevista y pide cuatro meses de tregua para consultar la voluntad de todos los distritos que forman ese departamento.

Al ocurrir el encuentro con la máxima autoridad colonial, el 15 de marzo de 1878 en Mangos de Baraguá, el Mayor General del Ejército Libertador le mostró su inconformidad con deponer las armas sin lograr la independencia y la erradicación de la esclavitud, dos sagrados propósitos por los que tanto se había guerreado.

Martínez Campos replicó: “Pero es que ustedes no conocen las bases del Convenio del Zanjón”. “Sí -interrumpió Maceo- y porque las conocemos es que no estamos de acuerdo”. “Entonces, dijo Martínez Campos, no nos entendemos”. “No, no nos entendemos”, respondió imperturbablemente el Titán de Bronce.

Se acordó que volverían a romperse las hostilidades en un plazo de ocho días con el fin de que las tropas ocuparan los territorios designados. El capitán mambí Fulgencio Duarte, quién había presenciado el diálogo, exclamó: ¡Muchachos, el 23 se rompe el corojo!

La Protesta de Baraguá, “lo más glorioso de la historia de Cuba”, como la distinguió el Apóstol de la independencia José Martí; es esencia de la nación y un referente de cómo proceder ante determinadas circunstancias que puedan poner en riesgo la seguridad e integridad nacionales.

Líderes y héroes que actuaron en otras épocas igualmente definitorias de la Patria, como el Comandante en Jefe Fidel Castro y el Comandante Ernesto Che Guevara fueron consecuentes con la importantísima lección ofrecida el 15 de marzo de 1878 por valientes hijos de esta tierra.

Por ejemplo, el Che haciendo alusión a este hecho trascendental, expresó en diciembre de 1962, cuando concluye la Crisis de Octubre, que el pueblo entero fue un eterno Baraguá.

En el centenario de ese histórico gesto, en 1978, celebrado en el mismo escenario de aquel suceso, Fidel reafirmó ante el mundo la posición inclaudicable de la Revolución cubana y la firmeza de un pueblo que nunca se pondría de rodillas ante el criminal e ilegal bloqueo de los Estados Unidos contra la Isla.

El Comandante en Jefe manifestó en esa ocasión que con la Protesta de Baraguá llegó a su cumbre el patriotismo, y las banderas de la Patria y la Revolución con independencia y justicia social, fueron colocadas en su sitial más alto.

Ese sitio desde donde partió, el 22 de octubre de 1895 la Invasión de Oriente a Occidente, está muy vinculado con la historia más reciente, cuando Fidel y el pueblo protagonizaron Tribunas Abiertas de la Revolución para exigir al imperio, por ejemplo, la devolución del niño Elián González y la liberación de los Cinco Héroes.

En este aniversario 148 de tan viril postura, la convocatoria es renovar el compromiso y la voluntad de luchar y vencer unidos veteranos y pinos nuevos para que Cuba siga libre y soberana, dueña de su destino; frente a las nuevas obsesiones injerencistas del mandatario de la Casa Blanca, Donald Trump, y sus secuaces.

Su alcance y significado fue tal que ha trascendido épocas y generaciones, su vigencia es tal que se impone, ante los últimos acontecimientos de la política de los Estados Unidos, reiterarle al imperio que con Cuba no se juega, que a Cuba se respeta.

Esta tierra irredenta ha demostrado ser solidaria, cooperadora y amante sempiterna de la paz, que no quiere la guerra, no la busca ni la estimula; pero está dispuesta a defender su soberanía a cualquier precio y eso lo saben muy bien: ahí está para recordarlo la derrota recibida, en abril de 1961, en Playa Girón.

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ACN

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