La enseñanza de la historia de Cuba: un reto en nuestras aulas

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En la actualidad la situación de la enseñanza de la Historia en sus distintos niveles, adolece de lagunas e insuficiencias que vienen arrastrándose desde los años setenta, muchas de las cuales ya había señalado el destacado historiador marxista cubano Julio Le Riverend en un documento enviado en 1992 al Ministerio de Educación (Mined).[1]  Los problemas advertidos entonces y que se mantienen, junto a otros surgidos con posterioridad, necesitan ser eliminados, acorde a las nuevas realidades, para lograr una mejor formación de las nuevas generaciones.

Opiniones aportadas por estudiantes sobre las clases de Historia en sus diferentes enseñanzas muestran insatisfacción. Explican que con frecuencia resultan esquemáticas y tienen enfoques dogmáticos, que tienden al discurso político reiterativo en detrimento, en la mayoría de los casos, del análisis propiamente histórico. Se sobredimensionan las perspectivas ajenas a los procesos propiamente históricos, de lo que se deriva la pérdida en la narrativa de la riqueza de los mismos con la repetición de contenidos y consignas que corresponden a otros espacios o asignaturas. Ello propicia los defectos indicados y el rechazo a la Historia y a sus contenidos por parte de los estudiantes. Como ya señalara el doctor Julio Le Riverend, en el informe mencionado, “[…] hemos invertido la relación entre divulgación y ciencia. Esta última, en verdad, debe retroalimentar a aquella, pues la divulgación no difunde ciencia. Hay errores de la historia que se basan o se generan en esa inversión de las relaciones entre las dos.”[2]  Agregando “[…] a la deformación del sentido histórico analizado se le añadió un superficial uso del materialismo histórico […] con el cual se pretendía “superar” la historiografía científica o simplemente ésta se cancelaba. Como si la historia fuera solamente conclusiones generales y no llevara dentro de sí una fructífera carga de especificidades que le dan colorido y riqueza a lo generalizador”.[3]

Otro aspecto es la experiencia y calidad de los claustros. Un buen profesor de historia facilitaría la subsanación de algunos de estos problemas, pero para ello es imprescindible poseer vocación y una sólida formación histórica, ética y pedagógica. Por añadidura, como también señaló el doctor Le Riverend, después de la alfabetización “[…]  hubo que formar profesores de historia para el nivel medio de forma acelerada […]. Lo hicieron con mucho entusiasmo y sacrificio, pero las improvisaciones continuaron más allá de lo debido, […] quizás, porque se reclutaron […] de acuerdo con normas no científicas sino solo cuantitativas, no encontraban acceso a otras carreras más prestigiadas que preferían. De ahí los graduados sin real vocación y habilidad para la historia.”[4]

A pesar de los esfuerzos realizados en la educación general para modificar esta situación, se considera que es necesario romper con concepciones que no han aportado los resultados esperados. Se requiere una transformación más completa e integral con un enfoque de sistema que tenga en consideración la interdependencia entre todos sus componentes, desde la formación del profesor, una más adecuada interrelación entre los distintos niveles de enseñanza, los planes de estudio y programas, los libros de texto, así como otras vías por las que se contribuye al conocimiento histórico.

Un análisis de la enseñanza de la historia en la educación primaria, secundaria, preuniversitaria y superior, llevaría a la formación integral de profesores e investigadores de esta especialidad. La propuesta de diferentes acciones se considerarían necesarias no solo para superar la situación actual sino, ante todo, para colocar la enseñanza de la historia en una perspectiva orgánica, científica y en constante superación.


[1] Dr. Julio Le Riverend: Observaciones acerca de la historia y sus problemas de conocimiento y difusión, 20 de agosto de 1992.

[2] Ibid., p. 2

[3] Ibid., p. 3

[4] Ibid., p. 3

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Alegna Jacomino Ruiz

Doctora en Ciencias Históricas

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