La Ceiba, monumento cienfueguero al comercio

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Si los dioses tuvieran una casa en cada ciudad, la de Mercurio, deidad romana del Comercio, en Cienfuegos, sería La Ceiba, la pulpería fundada por José Coll en la esquina de Carmen (después Argüelles) y Santa Isabel el mismo año en que nació Fernandina de Jagua.

Alguien debía proveer de bastimentos a los primeros habitantes de la villa y ahí mismo se le encendió la chispa mercantil al catalán, “un oficial de muchas artes y maestro de ninguna”, tal como lo retrata la crónica histórica, que abrió su negocio en un bohío levantado en el solar número 202 del primer plano de la población, obra de don Félix Bouyón.

El pavimento de la pulpería era de tierra apisonada y las paredes y la techumbre de guano y yagua, sin mostradores ni anaqueles; pero tan endeble a primera vista, fue de las que resistió el ciclón del primero de octubre de 1825, primer desastre natural en la historia de Cienfuegos.

En el castellano de la época fundacional los historiadores no encontraron mejor palabra que trafagón para referirse al señor Coll, de quien resaltaron, además, su condición de protegido de don Agustín de Santa Cruz, el primer benefactor de la ciudad.

Pero a emprendedor parece que no había entre los fundadores quien le pusiera un pie delante al catalán, que pronto convirtió la pulpería en el primer negocio importador de la Fernandina.

Don Pedro Oliver y Bravo, el primer historiador, y los tocayos Pablo (Díaz de Villegas y Rousseau), continuadores de su obra y de la Enrique Edo, difieren en la fecha de arribo a este puerto de la goleta americana Three Islands y la francesa Adeline. El primero registra el atraque el 18 de diciembre del propio año de la fundación (1819), mientras los segundos apuntaron el 18 de noviembre para la embarcación norteña y el 25 del mismo mes para la gala.

Pero semanas de más o días de menos, lo cierto es que José Coll aprovechó ambos atraques en la rada de Jagua para adquirir las más diversas pacotillas: aguardiente de Holanda, almendras, avellanas, aceitunas, higos, uvas, ciruelas pasas, jabones, grasa de pescado, carne vacuna en barril, medias, zapatos … y hasta un par de piezas de tabinete negro.

Aquella operación de compraventa fraguada por el bodeguero de nombres y apellidos breves, inició la independencia comercial de la población fundada por Luis De Clouet de su primera proveedora, la tricentenaria villa de Trinidad de Cuba.

Conocida resulta la rivalidad que animó los años de convivencia del Fundador con el Benefactor. De rencillas y dimes y diretes entre los dos principales barones de la colonia están llenas las crónicas epocales.

Uno de esos anales cuenta que en los días finales del año 1819, De Clouet amonestó severamente a Pepe Coll. La causa de la regañina fue la falta del permiso de la primera autoridad de la colonia para que el mercader plantara su venduta desde varios meses antes en un solar propiedad de Petit Busquet.

El tenducho se conocía ya como Casa de la Ceiba en honor al árbol que crecía en aquel terreno, situado unas trescientas varas al norte de lo que luego sería el muelle Real o del Estado.

Para dedicarse a la venta de víveres, así como al establecimiento de pequeños bodegones, mesones y alojamientos, se necesitaba su autorización, dejó bien claro el colonizador.

Desde el mismo ángulo, La Ceiba a inicios del siglo XX. /Foto: Archivo

La pulpería de Coll resultó el embrión de una floreciente empresa comercial, que tras sucesivos cambios en la propiedad, era en las dos primeras décadas del siglo anterior uno de los más encumbrados negocios de importación-exportación de la conocida como la Perla del Sur.

En el año del Centenario de la villa —1919— en manos de otro José catalán, Ferrer y Sires, exportó un millón de sacos de azúcar por un valor de 17 millones de pesos. El propietario, miembro de la New York Coffee and Sugar Exchange, regenteaba por entonces dos oficinas: una en Argüelles número 150 y la otra en Wall Street 80.

Justo donde los muros de la edificación patrimonial marcan la escuadra que conforman las actuales Calle 29 y Avenida 52, un guardacantón de hierro, fundido en 1907, a falta de una lápida conmemorativa oficiaba como el monumento cienfueguero a Mercurio, o a Hermes para quienes prefieren la mitología griega.

Hasta hace unos pocos años La Ceiba avejentada había sido convertida en un puesto de venta de viandas y carne porcina.

Luego el local recibió los parabienes del rejuvenecimiento a fin de transformar su actividad comercial. Una verdadera lástima que no conservara su nombre original.

Como Dios manda en cuestiones de patrimonio.

Y otro agravio, que desapareciera su sello de identidad, el guardacantón.

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Francisco G. Navarro

Periodista de Cienfuegos. Corresponsal de la agencia Prensa Latina.

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