El color de las palabras: mosaicos que se enlazan como rondas antiguas

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Tiempo de lectura aprox: 3 minutos, 50 segundos

El color de las palabras de Magaly Becerra Roche es un cancionero híbrido que no se conforma con ser infantil. Es un mosaico de voces, imágenes y ritmos que se enlazan como rondas antiguas, como juegos de patio que esconden preguntas filosóficas. Cada poema es autónomo, pero todos se sostienen en pilares comunes: la métrica octosilábica, el cromatismo como lenguaje afectivo, la luna como símbolo múltiple, los objetos cotidianos convertidos en metáforas universales y las ilustraciones que traducen la palabra en imagen.

La métrica como sostén de la memoria

La cadencia octosilábica nos devuelve a la tradición de la décima cubana, a la música popular que se escucha en las ferias y en los patios. Mirta Aguirre lo dijo con claridad: “El octosílabo es el verso de la canción, de la memoria oral, de la ronda campesina”. Esa música ligera convierte la lectura en rito compartido. En Mirada de niño, la pregunta ingenua se vuelve canción, y el lector participa de la complicidad de la infancia. Eliseo Diego, que veía la infancia como “la patria del misterio”, ilumina la dimensión filosófica que late bajo esa musicalidad.

El cromatismo como sistema simbólico

En Troque de colores, la risa es azul, el monte celeste, la brisa roja. Amelia Peláez sostenía que “el color no es ornamento, es estructura”, y aquí el cromatismo se convierte en lenguaje afectivo. La poesía se vuelve visual, táctil, pictórica. El lector experimenta alegría y nostalgia a través de esta paleta, como si cada verso fuera pincelada. La insistencia cromática recuerda también a Mariano Rodríguez, donde el color organiza la emoción pictórica.

La luna como mediadora entre lo visible y lo invisible

La luna aparece como madre, amiga, viajera y cómplice. En Vacaciones de Doña Luna, el astro se humaniza y provoca humor y ternura; en Sendero de cristales, se convierte en testigo de la ausencia materna, y el papalote que asciende hacia el cielo es carta elegíaca. Gabriela Mistral, en Ternura, ya había introducido la elegía en la poesía infantil con versos como “Duérmete, mi niño, / duérmete, mi sol”, donde la canción de cuna se convierte en metáfora universal de cuidado y ausencia. Wifredo Lam decía: “Quise unir lo humano y lo mítico”, y aquí la luna cumple esa función, mediando entre lo visible y lo invisible.

Objetos cotidianos como metáforas universales

La llave en Dudas, la muñeca en La muñeca y el papalote en Sendero de cristales se transforman en símbolos universales. Martí, en Ismaelillo, escribió: “Hijo: espiga de mi alma”, convirtiendo lo doméstico en símbolo universal. Dulce María Loynaz recordaba: “Las cosas pequeñas son las que sostienen la vida”. En Dudas, la llave abre preguntas ontológicas; en La muñeca, la personificación provoca ternura y memoria; en Sendero de cristales, el papalote es metáfora de ausencia y esperanza.

Las ilustraciones como traducción plástica

Las ilustraciones de Miguel Pérez Valdés cumplen función crítica: traducen la metáfora en imagen, amplifican la emoción y provocan complicidad. Roberto Fabelo afirmaba: “La ironía es mi manera de mirar el mundo”, y esa ironía visual se refleja en Abracadabra y Cambio de look. La tradición plástica cubana —Peláez, Lam, Fabelo— se prolonga aquí en clave infantil, intensificando humor, ternura y elegía.

Oralidad y memoria colectiva

La poesía infantil cubana no se entiende sin la oralidad. El color de las palabras se inscribe en esa tradición de versos que se dicen en voz alta, que se repiten en el aula o en el patio, que se convierten en memoria compartida. La cadencia octosilábica no es solo recurso técnico: es puente entre generaciones. Como en las décimas campesinas, el ritmo asegura que el poema se recuerde, que se cante, que se transmita. Esa oralidad convierte el libro en objeto vivo, en rito comunitario.

La memoria colectiva se activa en cada poema: la llave que abre preguntas filosóficas, la muñeca que revive ternura, el papalote que asciende como carta al cielo. Son símbolos que no pertenecen solo al niño que los lee, sino a toda una cultura que los reconoce. Martí, Loynaz, Mistral, Diego: todos ellos supieron que lo cotidiano podía convertirse en universal. Becerra Roche prolonga esa línea, y lo hace desde la ingenuidad infantil, pero con resonancias que alcanzan la filosofía y la elegía.

Análisis de poemas
  • Mirada de niño: frescura y complicidad, aunque con riesgo de fórmula.
  • Danza de sirenas: musicalidad rítmica, metáfora reducida a juego visual.
  • Abracadabra: ternura y humor, aunque la rima juguetona se repite.
  • Troque de colores: cromatismo sensorial, con riesgo de reiteración.
  • Sendero de cristales: metáfora poderosa del papalote, elegía intensa.
  • Vacaciones de Doña Luna: humor gráfico, pérdida de ambigüedad poética.
  • Cambio de look: renovación fabulística, trivialización del mito.
  • Do Re Mi Fa Sol La Si: juego didáctico, metáfora reducida.
  • Dudas: ingenuidad filosófica, desconcierto ontológico.
  • La muñeca: ternura y memoria, metáfora literal.

A modo de conclusión podemos decir que: La riqueza del libro está en sus contradicciones: la tensión entre lo infantil y lo filosófico, entre lo popular y lo universal, entre la ingenuidad y la elegía. El color de las palabras celebra la infancia, pero también la memoria y la pérdida. Su mayor logro es abrir la poesía infantil a resonancias universales, y su fuerza reside en provocar estados anímicos diversos, de la risa al desconcierto, de la ternura a la nostalgia.

Epílogo poético-crítico

La poesía de Magaly Becerra Roche nos recuerda que las palabras tienen color, que la infancia es un territorio de misterio y que los objetos más simples —una llave, una muñeca, un papalote— pueden abrir puertas hacia lo invisible.

El lector, al cerrar el libro, no solo ha recorrido un cancionero infantil: ha participado de un rito de memoria, ha escuchado la música de la tradición, ha visto cómo la luna se convierte en viajera y cómo el color organiza la emoción.

La crítica literaria debe reconocer en El color de las palabras esa doble condición: libro para niños y obra de resonancia universal. Porque en sus versos se celebra la risa, pero también la ausencia; se canta la ingenuidad, pero también la nostalgia.

Y así, como un papalote que asciende en silencio, la poesía de Magaly Becerra Roche nos deja mirando hacia arriba, hacia ese cielo donde la infancia y la memoria se encuentran, y donde las palabras, al fin, brillan con todos sus colores.

 Referencias literarias:
  • Eliseo Diego: Por los extraños pueblos.
  • Mirta Aguirre: Estudios sobre la décima y la poesía popular cubana.
  • José Martí: Ismaelillo.
  • Dulce María Loynaz: Poemas sin nombre.
  • Gabriela Mistral: Ternura.
  • Amelia Peláez, Wifredo Lam, Roberto Fabelo: crítica plástica y catálogos.

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