Cuba en la ONU: verdad frente al bloqueo y la mentira imperial
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Quienes defendemos la Revolución Cubana sabemos que el cerco estadounidense no es una política más: es una guerra silenciosa, prolongada y cruel contra un pueblo entero. Por eso, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas se reúne estos días —27 y 28 de octubre— para votar la resolución que exige poner fin al bloqueo económico, comercial, financiero y energético contra Cuba, no asistimos a un trámite diplomático rutinario. Asistimos a una nueva batalla entre la verdad y la propaganda imperial.
El gobierno de los Estados Unidos ha vuelto a llegar a Nueva York con el mismo libreto gastado: negar lo evidente, minimizar el daño, presentar el bloqueo como un “asunto bilateral” y repartir culpas hacia Cuba por las carencias que su propio cerco provoca. Es una maniobra vieja, pero no por repetida menos indignante. Como ya han documentado la Cancillería cubana y numerosos medios solidarios, Washington no solo miente: presiona, amenaza y trata de torcer voluntades para que países históricamente favorables a Cuba cambien su voto, se abstengan o ni siquiera estén presentes en la sala. Esa es la “cohesión” que busca: no convencer con argumentos, sino doblegar con chantajes.
La desfachatez tiene nombres y métodos. Se intenta desacreditar la denuncia cubana con supuestos “expertos” y relatos fabricados, mientras se oculta que el bloqueo impide comprar alimentos, medicinas, combustible y equipos; que encarece cada operación comercial; que castiga a bancos y navieras por miedo a las represalias estadounidenses; y que afecta directamente a hospitales, escuelas, transporte y servicios básicos. No hace falta exagerar: basta con mirar la vida cotidiana de la Isla para entender que el bloqueo no es un “mito”, sino una política de asfixia que golpea sobre todo a los más humildes.

Por eso resulta obsceno que el mismo gobierno que impone ese cerco se presente ante la ONU como defensor de los derechos humanos. ¿Con qué autoridad moral habla de derechos quien niega medicamentos a niños enfermos, bloquea repuestos para equipos médicos o impide la llegada de combustible? La respuesta es clara: con ninguna. La delegación estadounidense no defiende principios; defiende la arrogancia de un imperio que no acepta que el mundo ya no le aplaude sus guerras económicas.
Frente a esa campaña, la comunidad internacional ha sido reiteradamente clara. Año tras año, una abrumadora mayoría de países vota contra el bloqueo. Esa mayoría no es un regalo a Cuba: es un pronunciamiento contra el unilateralismo, contra la extraterritorialidad y contra el derecho del más fuerte. El aislamiento, por tanto, no está en nuestra Isla: está en Washington, que año tras año, cuando la Asamblea se pronuncia, queda retratado con un puñado de votos frente a una condena global.
Este 28 de octubre no se agota en la aprobación formal de una resolución no vinculante. Aunque lo que se vota es un texto, lo que de verdad se mide es algo más amplio: si la comunidad internacional hace valer el derecho internacional frente al chantaje y las presiones de Washington, o si esas presiones logran torcer la voluntad de los países. Quienes defendemos la Revolución Cubana no pedimos favores ni limosnas: exigimos respeto, soberanía y el fin de una política genocida que lleva más de seis décadas. Cuba no se rinde, y la verdad —aunque algunos intenten ahogarla con mentiras— seguirá abriéndose paso en la Asamblea y en la conciencia de los pueblos.

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