Mariposa negra: La maestra y el monstruo

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No todos son, ni pueden serlo, Hawks, Kurosawa, Lang o Wajda, quienes llegaron a la madurez de sus carreras en excelente forma creativa. El realizador peruano de 69 años, Francisco Lombardi, atraviesa un lamentable período de declive dentro de una filmografía personal orlada, sin embargo, de películas básicas del cine regional, etapa que ojalá sea momentánea y no definitiva, cual sucede con no pocos creadores resentidos en calidad a cierta altura de sus ejecutorias. La aseveración anterior viene confirmada por conducto de su más reciente propuesta fílmica, que pese a algunas buenas críticas recibidas y éxitos festivaleros, no convenció a este comentarista, al margen de sus confesas devociones lombardianas.

El individuo acorralado por el medio, eterno sujeto temático de la obra del creador de La ciudad y los perros, No se lo digas a nadie, Tinta roja o Pantaleón y las visitadoras, haya cabida también en Mariposa negra (2006), filme que en contextualización epocal se sitúa en las mismas latitudes de su previa Ojos que no ven (2003): el fujimorato, los días de cacicazgo del  siniestro jefe del Servicio de Inteligencia y asesor presidencial Vladimiro Montesinos. Adaptación abierta de su guionista habitual, Giovanna Pollarolo, sobre la novela de Alonso Cueto, Grandes miradas, la cinta del otrora notable narrador cinematográfico latinoamericano enfoca su relato en el proceso de transformación conductual-volitiva y en la epopeya vindicatoria de una maestra cuya pareja -honesto juez convertido en grano en el trasero del poder-, es ultimada por sicarios a mando del dueño de aquellos tristemente célebres “vladivideos” encargados de enmudecer a media nación.

Como siempre, Lombardi agazapa su labor perenne de crítica social desde la atalaya de géneros empleados a conveniencia, en este caso reabsorbe de parte de las esencias del cine negro o noir sobre los pilares de un thriller (semi) político contado a partir del punto de vista de una periodista responsabilizada de evocar al espectador la etapa de muda/conversión de la referida docente en esta Diana -cazadora, vengadora-, quien no duda ante nada para lavar tanto el crimen como el honor mancillado de su novio, descrito por la prensa amarilla a sueldo de la dictadura “muerto en una orgía de maricas”. Y en ello se incluye, risible cosa, acceder a la propia mansión del inexpugnable Vladi, sanguinario al modo de otro Vlad, el Empalador. De igual modo que sabíamos que Tom Cruise no se iba a despachar a Hitler en Operación Valkyria, aquí conocíamos de antemano la futilidad del proceder, lo cual le resta suspense al relato.

Pero es lo de menos, lo de más anda por la cuerda de que toda esta historia resulta rechazable a primera vista para quien tan solo posea un mínimo de conocimiento histórico en torno a la inextricabilidad y omnipotencia de la referida mente negra de Fujimori; lo cual por consecuencia convierte al largometraje en la más inverosímil de las creaciones acreditadas a Lombardi. También el exponente de menos equilibrio: el haz de denuncia social de la primera parte queda reducido durante la efectista resolución a esa hoz segadora individualista filo charlebronsiana sin blanco que yo al menos no me creo ni por tres segundos.

Por suerte, el director deja en el silueteo sugerencial el interés lésbico de la inescrupulosa periodista que acusó al juez -devenida no solo amiga de cabecera, ángel guardián de la profe; sino además justa redentora: evolución psicológica de personaje también difícil de tragar- por la linda viuda en trote de cacería, algo que de concretarse hubiera enfangado hasta el pelo su película y él se lo olió a tiempo. Toda una lástima tanto flanco débil en Mariposa negra, porque su autor cuenta -y de hecho lo deja asomar en la que constituye su decimotercera cinta- con cuanto le falta a demasiados cineastas del área: sencillez, solvencia y astucia narrativa; limpieza en la caligrafía; sagacidad y dinamismo en el enlace secuencial, pragmáticas elipsis; actores sabiamente dirigidos; y sobre todo un ritmo en la acción que algo le debe a las filias de Lombardi por el buen cine norteamericano.

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