Los niños en el cine iraní (V Parte)

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El espejo (Ayneh)

Valíase Kiarostami de la más nueva generación en la parcela inicial de su trabajo: “Me gusta trabajar con niños. Me acerqué a ellos por casualidad, y luego aprecié su presencia. Están a sus anchas frente a la cámara. No piensan ni en la gloria ni en el dinero. Están disponibles”, dijo. Antes de ¿Dónde está la casa de mi amigo?, atendió al universo infantil en varios documentales.

Él, como otros directores, estuvo adscrito al Departamento Cinematográfico del Instituto para el Desarrollo Intelectual de Niños y Jóvenes Adultos (Kanun), creado en1965, por iniciativa de la esposa del shah Reza Pahlevi. Uno de los investigadores de creador/contexto epocal observa que “(…) tras la Revolución de 1979, y a pesar del correspondiente cambio de régimen, continuó funcionando esta institución, síntoma inequívoco del  interés propagandístico; por otro, el Kanun logró mantenerse al margen de la censura, lo que dio cierta libertad a los directores, aunque sin olvidar las evidentes limitaciones temáticas: la intención era crear un cine de claro carácter pedagógico, pero sin  la necesidad de imponer las directrices del régimen. Pero sin duda,  la importancia del Kanun se encuentra en su indiscutible contribución al cine iraní: en primer lugar, fue clave en los primeros pasos del Nuevo Cine iraní el embrión de la actual relevancia e importancia de esta cinematografía en el cine contemporáneo; en segundo lugar, Abbas Kiarostami, el mejor director iraní, y por extensión, uno de los mejores de la historia del cine, empezó su carrera dentro de esta institución; por último, y en tercer lugar, el Kanun perfiló el tema fetiche de esta  cinematografía: el cine con niños”.

“De ser un cine de ensueño inspirado en parte en las series B egipcias o indias, el cine iraní se ha lanzado por un camino que se halla entre el neorrealismo italiano y la nueva ola francesa -señalaba el con anterioridad citado Haghighat, a inicios del actual siglo. Hace tabla rasa de los tabúes y dice lo que no anda bien en Irán. 1990 marcó una nueva etapa. Occidente descubrió con sorpresa, en los festivales, otra imagen de Irán. Su cine habla de cosas sencillas: la amistad, la tolerancia, la solidaridad. Y así se inició el periodo de las distinciones y los honores. Antes Irán explotaba petróleo, alfombras y pistachos. Ahora hay que añadir películas. Irán exporta su cultura, y eso es bueno, declaró Kiarostami. En Irán existe hoy una auténtica cantera. Unos veinte cineastas de talento, como Kiarostami, Makjmalbaj, Jalili, Mehrjui, Beyzai, Forozesh, Naderi, Panahi…, realizan 15 por ciento de las sesenta películas que produce anualmente el país y aprovechan las divergencias entre los distintos organismos estatales para ganarse un espacio de libertad. Con dificultades, las realizadoras han conquistado también su lugar detrás de la cámara para tratar de la condición femenina: así, Rajshan Banni-Etemad, Tahminé Milani y otras diez más se afirman en esta sociedad macho-islamista. Irán ha adoptado esta imagen contemporánea que es la imagen cinematográfica. Documental o de ficción, la imagen se ha liberado y forma parte de la vida cotidiana de la población. Todo iraní siente el hechizo de la imagen”, complementa.

En la zona introductoria de El espejo, la pequeña Mina se angustia porque su madre no ha ido a recogerla al colegio, e intenta hallar el camino de vuelta a casa. Durante el segundo tiempo del filme la niña-personaje se desdobla en niña-real y les espeta a los realizadores de la película que está rodándose y de la cual ella forma parte que la dejen en paz, y abandona el plató, cansada de filmar. De aquí en más, la cámara rastreará cada paso de la enojadita actriz, abandonando el artilugio dramático para trasfundirse en el magma de la narración documental, muy en el carril de interconexiones realidad-ficción de largometrajes al corte de A través de los olivos. Reparemos en la lectura, nada prescindible, de su director, Jafar Panahi: “El Espejo es una película que quiere decir a las nuevas generaciones que seguían actuando con una máscara puesta que se quitaran la máscara y cambiaran la sociedad.  Ella ha escuchado una y otra vez no es bueno para las niñas observar a los encantadores de serpientes, a lo cual ella responde que sólo quería ver qué es aquello que es bueno que vea. Mina lo hace porque tiene la valentía de hacerlo”.

(Continuará…)

(Texto publicado originalmente en la revista El Caimán Barbudo)

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