La milla verde: obsesiones de Darabont

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A no ser por su inserción del elemento fantástico dentro del género carcelario (el gigante negro de seis pies y medio y cerebro de niño que posee la facultad de hacer milagros), La milla verde no puede definirse como una película aportadora o innovadora.
A no ser por su inserción del elemento fantástico dentro del género carcelario (el gigante negro de seis pies y medio y cerebro de niño que posee la facultad de hacer milagros), La milla verde no puede definirse como una película aportadora o innovadora.

Frank Darabont estrenó hace años por la cadena de cable AMC una extraordinaria serie que renovó el género de zombies, denominada The Walking Dead y hoy lastimosamente hundida en sí misma, pero antes de esto y un terrorcillo intermedio tuvo una época en que solo soñaba con prisiones.

Este señor, quien en 1994 nos entregara ese poderoso drama carcelario titulado Cadena perpetua, siguió luego en el mismo campo espacial, solo que cambiando de sección. Su La milla verde, según relato de Stephen King, tiene el campo de gravitación justo en eso conocido como “la milla verde” o corredor de la muerte de una prisión de alta seguridad durante tiempos vecinos a la Gran Depresión.

Allí, Paul Edgecomb (Tom Hanks) y su grupo de agentes celadores cuidan a varios condenados a la silla eléctrica; entre ellos un gigante negro de seis pies y medio y cerebro de niño (un certerísimo Michael Clarke Duncan), que posee la facultad de hacer milagros.

La película tiene una morfología deudora de la empleada en dos conseguidas obras de la década en sus respectivos géneros como fueron Titanic y Salvar al soldado Ryan: el filme es un enorme flash-back narrado por el viejo señor que recuerda, cargando las tintas el guión en el aspecto lacrimógeno durante los minutos de inicio y cierre en que aparece ese personaje, los hechos acaecidos durante su juventud.

Y la descripción de esos hechos deviene modélica en la narración cinematográfica. La milla verde se desgrana con la facilidad del gajo maduro de un cafeto. Darabont narra con el gozo con que lo hacían los maestros de los años ’40, Sturges, Hawks, Curtiz. Es dueño de una fabulosa capacidad para hermanar idea e imagen y para abonar y luego llevar con el mayor de los tinos adelante precisas, vigorosas recreaciones de atmósferas.

Su película, hondamente conmovedora, nos recuerda, ante todo, que el Cine en mayúsculas, el verdadero, bebe en la sangre de la historia narrada, por arriba de cualquier ornamento.

La milla verde no puede definirse como una película aportadora o innovadora (a no ser su inserción del elemento fantástico dentro del género carcelario). Se trata sencillamente de una gran película pensada y construida en términos de creación ortodoxos en la mejor tradición de la escuela norteamericana. No pasará a la posteridad como Citizen Kane; su mérito descansa en la estatura con la cual asume la convención, en extraer luz del canon sin salirse de éste.

Pudo haber sido una académica obra maestra, que las hay, de no atrofiar, como lo hizo, la concepción de los personajes negativos y positivos, al punto de no establecer ningún tipo de matices en su caracterología. En la jerga fílmica estadounidense la expresión “acariciar el perro” denota que le pusieron demasiado caramelo a un personaje. “Matar el perro”, todo lo contrario. Aquí hay mucho odio y amor canino entre los representantes del Bien y el Mal.

Por otro lado, Darabont se repite en relación con Cadena perpetua, en el sentido de que allí también había un personaje que, entre las tantas cárceles de los Estados Unidos, iba a carenar a la misma del condenado injustamente, para demostrar su inocencia.

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