Hard Candy: Caperucita Roja para el Marqués de Sade

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Hard candy representa una película que a uno, en el papel de crítico, lo ubica en auténtica línea de fuego a dos campos.

Inspirada de modo tangencial en la historia verídica de un grupo de jovencitas japonesas que atrajeron, vía internet, a varios pedófilos para golpearlos, Hard Candy propone el relato de una astuta adolescente de 14 años que, fingiéndose la más modosa Caperucita, se mete en la propia madriguera del lobo para castigarlo. El lobo es un fotógrafo 18 años mayor que ella, con sólida fachada de hombre respetable, pero dedicado a “cazar” chicas menores en la red, para fijar citas consigo y luego abusarlas sexualmente; incluida en cierta ocasión la muerte de una de ellas.

Hayley (Ellen Page) no es un alma inocente ni otra muchachita a pescar por el sórdido anzuelo de Jeff (Patrick Wilson); antes bien éste se convertirá en el bocado que la nena, literalmente, deglutirá en pantalla a lo largo de hora y media. Hard candy (título que proviene de la denominación que en la jerga digital los pedófilos utilizan para señalar a las niñas de aspecto dulce que sin embargo mantienen un diálogo propio de adultos en el correo electrónico) es un thriller psicológico impactante habitado sólo por estos dos personajes, puestos a entablar en escena el más cruel duelo verbal y físico que pudiera concebir un espectador harto imaginativo.

Suceso internacional desde su presentación en el Festival Sundance 2005, premiada en certámenes especializados como el de Sitges, objeto de culto en ciertas comunidades del planeta, Hard Candy (traducida indistintamente en castellano como Caperucita, o Niña mala), opera prima David Slade, fue una de las películas independientes norteamericanas más polémicas de su momento.

Resulta realmente formidable su manejo de las gradalidades del suspense, en tanto durante buen espacio del metraje se recurre a una dosificada ambigüedad que pone en entredicho si el fotógrafo Jeff en realidad es un pedófilo asesino, o si Hayley es una justiciera psicótica que la cogió con el tipo equivocado: incertidumbre que le sirve al guionista Brian Nelson para acentuar la tensión del conflicto dramático y la justificidad argumental del desenlace. De manera casi increíble, Slade apela a lo mejor de su experiencia como realizador de video clips (ritmo, frescura, agilidad) para sortear de un modo elegante, estilizado -e incluso, en ciertas zonas, cautivador-, la naturaleza virtualmente teatral de la puesta.

Ellen Page y Patrick Wilson contribuyen sobremanera con Slade a conferirle verosimitud histriónica a una obra fílmica la cual, sin embargo, adolece de algún modo de verosimilitud argumental. El primer cuestionamiento radica en la extraordinaria agudeza de la taimada adolescente: discurso y actitudes tan contrapuestos a su edad que llegan a romper el tejido de legimitidad de la película. Decididamente esta Hayley es demasiado Hayley para sus catorce años, al diseñarse un personaje que parece una mezcla de Nietzsche con el Freud más morboso, del Hannibal Lecter de El silencio de los corderos con las criaturas más urticantes del Marqués de Sade.

Hard candy juega con un discurso bisémico a la postre devenido ideología tramposa que, partiendo del clásico sustrato estructural de la historia del gato y el ratón, subvierte de una forma abrupta la ecuación para no más dejar establecida una opción que santifica la inversión de roles de víctima y victimario: la presunta abusada pasará a convertirse en la más sádica de las castigadoras, y esto con la venia del público y todo, merced a la manipulación emocional del narratario, cuya potestad volitiva queda en manos de los deseos de esa protagonista con la cual ha sido, ex profeso, identificado.

Rara avis en el panorama estadounidense, este oscuro filme de tan peliagudo subjet puede hasta apreciarse -fue leído así por ciertos exegetas- como una obra de terror, debido a su explotación de la instancia dramática de la tortura. Constituye, por otro lado, una pieza llena de inteligentes referencias a la cultura universal, empezando por esa mismísima analogía que establece con la obra del tan célebre escritor infantil como pedófilo Charles Perrault. Ora hace cómplices guiños a maestros del cine japonés famosos por su tratamiento del sadismo, ora parece otra película más de vengadoras heroínas abusadas que en algún momento me recordó ese bodrio con Jennifer López llamado Nunca más, donde la morenita del Bronx solo dio a encontrar como antídoto contra las trompadas del marido un cursito de kárate.

Hard candy representa una película que a uno, en el papel de crítico, lo ubica en auténtica línea de fuego a dos campos que supone el hecho de saber que hay muy buenos momentos de cine dentro de su cuerpo, que ni lo sombrío ni lo espinoso de sus enfoques la hacen menos fascinante en su traslación a escena, que Slade se ha convertido en un mago para mantener a la alza casi todo el tiempo un largometraje de solo dos intérpretes…, pero decididamente sus subyacencias discursivas propenden a parar mientes en que estamos frente a una efectista como huera variación de los clásicos órdenes de poder y subordinación de los sexos, no vista ella para nada desde un ángulo favorecedor de la mujer, sino reductivo e incluso degradante, pues la sitúa a la misma altura de compromiso moral del más agresivo e inescrupuloso pedófilo.

2 Comentarios

  1. Delvis, te recomiendo, también con Ellen Page, En el bosque, un interesante drama apocalíptico de 2016. Ella está allí junto a Rachel Mc Evans, de Westworld

  2. No he visto esta cinta. No obstante, ya tengo los indicadores correctos para lanzarme a ella.
    Si trabaja Ellen Page allí, pues hay que verla decididamente; aun la recuerdo junto a Julianne Moore en la magistral actuación de “Freehelds”, a la cual se le debió dar el Óscar por dicho desempeño histriónico.

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