El rostro descubierto de una enfermedad inconfesada | 5 de Septiembre.
sáb. Dic 7th, 2019

El rostro descubierto de una enfermedad inconfesada

El amanecer de aquel domingo sorprendió a Lázaro Puebla Alba en una cama de hospital. Miró en derredor y solo vio el rostro preocupado del hijo, además del suero conectado a su brazo. ¿Qué hago aquí?, se preguntó. La vaguedad de las imágenes de la tarde anterior, de borrachera y golpizas, pugnaban por cobrar forma en su memoria.

– Papá, la doctora preguntó si tú eres alcohólico.

– ¡¿Alcohólico yo?! La respuesta fue el estupor en forma de interrogante. Minutos más tarde la verdad, con su peso insoportable y su filo hiriente, le penetraría hasta las mismas entrañas.

– A ver, Lázaro, ¿qué hace usted la tarde del viernes?, inquirió la médica.

– Esperar con ansiedad que llegue el sábado.

– ¿Para qué?

Ya no pudo eludirlo más. La realidad de su condición era un fantasma inevadible. Pero había una forma de conjurarlo.

 

                                                     II

Casi todos los parientes de Carlos Alberto Martínez González eran bebedores, pero uno de sus más íntimos pesares fue no haber podido compartir una botella con el padre abstemio. Aunque asistió al encuentro con el alcohol desde muy joven, no fue hasta mucho después que tuvo la certeza de su esclavitud hacia esa sustancia. Se tornó embustero y contumaz. Luego sobrevinieron las desavenencias en el hogar, los conflictos con la esposa y los hijos. Las facultades para el trabajo fueron diluyéndose de a poco, al tiempo que emergían los problemas de salud.

Un día se preguntó: ¿Por qué? La fuerza de la respuesta lo condujo hasta el médico. “Quiero quitarme el alcohol de arriba”, dijo y con esa frase abría la primera puerta hacia la libertad.

 

                                                      III

Sin empleo u otra actividad donde hacer uso de su talento, Aramís Ramos Machado se procuró la más funesta de las compañías. No le pedía cariño, pero él la amaba como a nadie; no le exigía dinero, más él invertía en ella sin reparos; no le demandaba adulterio, sin embargo él, con ella, traicionaba a sus afectos. La esposa de entonces no pasaba de ser un harapo. Poco importaba despojarse de bienes o desatender a la familia con tal de que permaneciera a su lado. Ella, su eterna aliada: la botella de ron. Un día, por fortuna, tuvo oídos para oír y escuchó la voz de alarma. Se encaminó al puente de curación que le tendieron.

 

                                                       IV

Bien conoce Ernesto Martínez Santana de las cosas que no se heredan, pero se aprenden. Tan temprano como a los trece años celebró su boda con el alcohol. Fue fácil, en un ambiente familiar donde casi todos ingerían el compuesto químico. No demoraron en aparecer las consecuencias. Problemas de toda índole con los seres queridos, el estudio, el trabajo. Se convirtió en presa del alcohol que ingería mañana, tarde y noche sin reparar en calidad u otros remilgos, pues las más de las veces, torturaba a su organismo con brebajes caseros. Una mañana tuvo conciencia de su enfermedad y desde entonces la niebla abrió una brecha a la claridad de sus días.

 

EL CAMINO A LA LIBERTAD

Lázaro, Carlos Alberto, Aramís y Ernesto tienen algo en común. Sin ponerse de acuerdo y en momentos diferentes, cada uno de ellos decidió llamar a una misma puerta: la de la  rehabilitación. Tras pasar el difícil umbral del reconocimiento de la enfermedad, solo restaba buscar asistencia. Y la hallaron al convertirse en miembros del Grupo de Ayuda Mutua (GAM) bautizado por ellos como ¡Viva la vida!, el cual sesiona en la policlínica del Consejo Popular de Pueblo Griffo, en la ciudad de Cienfuegos.

Cada jueves, sin distinción de jornadas feriadas o festivas, los más de 30 integrantes de este GAM se reúnen en una sesión de terapia grupal. Algunos marcan el día que llegaron aquí, como su segunda fecha de nacimiento.

A partir del año 1996, el servicio de Psiquiatría en la provincia experimentó grandes cambios. Se crearon los Centros Comunitarios de Salud Mental y comenzó la rehabilitación de enfermos crónicos, como los esquizofrénicos. Luego extendimos el tratamiento a las personas con diferentes adicciones: el alcohol, el hábito de fumar, y de esa manera surgieron los GAM, que congregan a quienes comparten intereses y objetivos, con la finalidad de ayudarse a encontrar alivio frente a dichos males”, rememora así el inicio de esta consulta, la doctora en Psiquiatría, María del Carmen Rodríguez González.

Desde hace ocho años muchos alcohólicos han llegado a este ambulatorio con la determinación de recuperarse. Asistido por un equipo compuesto por psiquiatras, psicólogos, psicometristas, trabajadores sociales y defectólogos, el ¡Viva la vida! es un grupo de terapia abierta, que tiene además función educativa.

“La asistencia es imprescindible durante las primeras seis semanas. Después de este período, es opcional. Algunos siguen viniendo para continuar su apoyo al resto, así como a los familiares de los enfermos, a quienes también les ofrecemos terapia una vez al mes. En ocasiones trasladamos la consulta hacia la casa de pacientes asiduos, para facilitar la concurrencia de vecinos y otras personas de la comunidad y de esa forma enriquecer el intercambio”, comenta la especialista.

Es jueves. Un equipo de reporteros del CINCO llega hasta el centro médico de Pueblo Griffo para escuchar confesiones y venturas en la voz de especialistas y de quienes han decidido apostar por la vida y la libertad. Ellos dejan claro que el primer paso hacia la deshabituación es admitir la enfermedad.

“El alcoholismo es la única dolencia que se niega. Muchos creen que es de blandengues reconocer que uno precisa ayuda, cuando en realidad se necesita ser muy hombre y tener una voluntad férrea para venir hasta aquí en busca de apoyo, para emprender el camino de la rehabilitación”, arguye Ernesto y no le falta razón. Ver los rostros serenos de quienes ya disfrutan de años de sobriedad hace pensar en cuánta tenacidad y fuerzas les han asistido para esquivar el pernicioso hábito.

“La persona alcoholizada convierte al alcohol en su dios, se esclaviza y no puede vivir sin él”, aclara Carlos Alberto. A sus palabras la doctora Rodríguez González añade la aseveración de que la pérdida de libertad está en la imposibilidad de parar de beber una vez que se ha comenzado.

“El alcohólico nunca se cura, ni siquiera después de muchos años de sobriedad, porque siempre queda una huella en su cerebro que lo hace, incluso, más vulnerable al tóxico. La vida nos ha demostrado que la recaída, deja al paciente en un estado peor”, argumenta la doctora.

De los problemas que acarrea el hábito tienen mucho que decir estos pacientes.

“Yo tomé alcohol siempre, pero uno no se da cuenta de cuándo realmente hace la dependencia. Quería beber todos los días, pues uno siempre encuentra motivos para hacerlo. El alcohólico hasta se vuelve mentiroso, suele decir: ‘yo me tomé sólo un trago’, cuando ha ingerido dos botellas, aunque le parezca que haya sido solamente un doble”, expresa Carlos Alberto.

“Para lo único que no me separaba de la botella era para comer. No trabajaba, pero para tomar siempre se inventa: un patio chapeado, quedarte sin cama, sin ropa. Eso llevó a que mi esposa y mi hija me abandonaran”, relata Aramís.

En la opinión de Carlos Alberto, el mito de la luna de miel es uno de los problemas que aquejan al alcohólico. “Como en un matrimonio de años, el enfermo busca en los tragos el placer que le suscitaba la relación en un inicio, pero pasado el tiempo, lo único que encuentra es dolor”, precisa.

 

CADENAS DESATADAS

Cuando Carlos Alberto visitó al médico, éste le habló del GAM. Decidió probar y en el presente, casi siete años después, puede contar de las venturas que le acarreó aquella determinación.

“Todo este tiempo he estado sobrio. Al tercer o cuarto mes del tratamiento me abandonó el sufrimiento por el alcohol. Hoy estoy convencido de que la bebida ¡no hace falta! He ido recuperando con el tiempo lo que había perdido: los hijos, la capacidad para el trabajo, excepto a mi esposa, a quien me hizo perder la adicción, por las barbaridades que cometía bajo su efecto.

“Al cambiar mi estilo de vida, ya no frecuento los sitios donde está presente el alcohol. A donde huelo que hay borrachera no voy. Es difícil separarse de los amigos, porque ellos, que aún no reconocen su estado alcohólico, dejan de visitarte, pues ahora en lugar de ron les brindo café o cualquier otra cosa. Sin embargo, ha valido la pena. Cuando comparo mi vida tras la deshabituación con la que llevaba antes, siento que he vuelto a nacer”, aduce.

También Aramís testifica acerca de los cambios operados en su vida a partir de su asistencia a la terapia grupal. Ha vuelto a disfrutar del afecto y la confianza de su familia, tiene una nueva esposa y labora como agente de un Cuerpo de Vigilancia y Protección.

Las mismas transformaciones testimonian Lázaro y Ernesto. Este último hace seis años que no ha vuelto a beber. Y aunque en un principio sufrió ansiedad debido a los deseos de hacerlo y hasta recurrió a un tratamiento aversivo, ahora siente la satisfacción de la sobriedad. Ya no más violencia ni desatenciones. En el presente es un hombre sereno, trabajador y responsable, ceñido a la resolución de hacer irrevocable su divorcio de esta droga.

 

UNA VOZ AUTORIZADA

“El alcohol es la droga portera, puesto que abre el camino a todas las demás, por ejemplo, el hábito de fumar. Afirman que detrás de una persona que se droga se esconde alguien que huye, pero en el caso de esta adicción, no siempre es así. Hay quienes toman por esa razón, pero ésta no es la única vía para llegar al alcoholismo. Unos beben por placer y otros porque viven en un contexto sociocultural favorable para adquirir ese hábito, como es el caso de los adolescentes.

“También existen personas tímidas que no se atreven a expresar lo que sienten y recurren a esta práctica, bien para enamorar o para realizar actividades tan naturales y comunes como hacer mandados. Por otra parte, está la evitación: tengo un problema y lo resuelvo tomando. Ya después que el individuo tiene el alcoholismo instalado, las vías se mezclan. A veces las personas se embriagan para olvidar la borrachera del día anterior, es decir, para aliviar el sentimiento de culpa que tal estado le provocó.

“En esta dolencia no es posible marcar fechas. Cuando te das cuenta de que eres alcohólico, ya han pasado varios años de dependencia”, explica la doctora Rodríguez González.

Resulta raro no ver enferma alguna en la consulta. La psicoterapeuta alega que ellas vienen, pero se van al cabo de los seis meses aproximadamente. “Las féminas hacen una adicción en un tiempo menor que los hombres. Toman solas, se esconden, guardan la bebida en lugares insospechados. Debido a la naturaleza machista de nuestra sociedad, la mujer con este padecimiento es menos aceptada por el resto de las personas”, agrega.

Según precisa, el criterio para clasificar el alcoholismo divide a los bebedores en: abstinente (nunca ha tomado o alguna vez tomó y ya no lo hace más), bebedor ocasional (toma en una fiesta, la cantidad y la frecuencia son mínimas), bebedor de riesgo (cuando la cantidad y la frecuencia aumentan), bebedor perjudicial (presenta dependencia y daños psicológicos), y bebedor con dependencia alcohólica (sufre pérdida de la libertad, daños psicológicos, biológicos y espirituales).

Tal como sucede con el hábito de fumar, en el caso del alcoholismo igual existen los tomadores pasivos, habida cuenta que la familia del enfermo sufre también las consecuencias de la adicción. De ahí que el equipo médico del GAM incluya a los parientes en el tratamiento.

Bárbara Serpa da fe del beneficio que le ha reportado asistir a la consulta. “He visto los cambios en mi esposo y en el hogar en sentido general. Acompañarlo aquí me ha hecho bien, porque además del apoyo que le doy, aprendo mucho y eso me sirve para ayudar a otras personas”, asevera.

 

                                                       V

No importa si remitidos por un facultativo, llevados por algún conocido o por decisión propia. La única exigencia para quienes resuelven asistir al GAM es llevar consigo la decisión de curarse y la convicción de que por cada paciente restablecido, se recuperan cinco miembros de la familia.

Ernesto, Carlos Alberto, Aramís, Lázaro y otros del grupo, tocaron fondo en el cauce de la adicción. Hoy gozan del placer de la rehabilitación voluntaria y recorren, con pasos sobrios, el camino de la vida.

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