El reino prohibido: Jackie Chan y Jet Li reparten mamporros

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En El reino prohibido el director Rob Minkoff convoca al plató a los dos astros vivos más respetados, queridos y taquilleros del cine de artes marciales. /Foto: Internet
En El reino prohibido el director Rob Minkoff convoca al plató a los dos astros vivos más respetados, queridos y taquilleros del cine de artes marciales. /Foto: Internet

Desde que la Universal fraguara sus grandes éxitos de películas de monstruos en los años ´30 del pasado siglo, los estudios comenzaron a unir a los motivos de atracción del público en largometrajes que reunieron, indistintamente, a Frankenstein con el Hombre Lobo, o Drácula al lado de alguna otra criatura de aquella legendaria galería de horrores.

En el filme Abbot y Costello contra los fantasmas fueron a más, e incluso ligaron a los bichos de pesadillas con dos comediantes famosos de la época. Siempre y cuando genere ganancias, Hollywood pondrá juntos hasta una anaconda y un oso polar, sin que ello le represente problema alguno.

Apelar a la antiquísima fórmula de unir en una misma película a varias estrellas de la pantalla sigue siendo norma de los estudios a estas alturas; y una prueba más cercana es El reino prohibido (The Forbidden Kingdom, 2008).

Aquí se convocan al plató a los dos astros vivos más respetados, queridos y taquilleros del cine de artes marciales: los chinos Jackie Chan y Jet Li. El primero, toda una leyenda de la pantalla de Hong-Kong, contribuyó de manera notoria a configurar la proyección internacional de dicho cine, al tiempo que sentaba, pieza tras pieza, un sello único integrador de excelencia en el kung-fú y una poderosa vis cómica.

Está claro que Jackie proviene y crece en la pantalla de kung-fú, pero por arriba de todo es un comediante nato, que abreva en el mismísimo cine mudo americano (de Keaton a Lloyd) y quien tiene en su hilarante gestualidad su baza fundamental.

Y Jet Li, suerte de héroe nacional en China, además de ser también un excepcional luchador, ha aprendido con los años y el incremento de filmes, no ya los rudimentos del arte histriónico, sino hasta a moverse con desenvoltura en la pantalla. En ello incidió, nadie lo dude, su consorcio con el maestro Zhang Yimou en parte de la magnífica trilogía de este autor chino dedicada a las artes marciales, el cual por cierto también ubicó en un nivel muy decoroso de interpretación a Chow Yun-Fat en shakesperiano rol que le sentó de maravillas en La maldición de la flor dorada.

Pese a trabajar puntualmente en Hollywood desde hace par de décadas —si bien en ambos casos retornaban regularmente a Asia donde siempre tuvieron mucha más libertad creativa—, jamás habían compartido escena Chan y Li hasta esta El reino prohibido, superproducción de capital estadounidense y rodaje en locaciones chinas encargada a otro nombre muy rentable en la industria: Rob Minkoff, el director de El rey León y Stuart Little.

Minkoff, quien en verdad no sabe una coma de este género —pero eso da igual para un artesano entrenado, aunque todavía alguien pueda creer lo contrario— no tiene en cambio un pelo de inocente y convocó a su vez a quienes (además de Chan y Li) le iban a sacar las castañas del fuego y asegurar que su filme, al menos desde el apartado técnico, no pudiera recibir el mínimo reproche: Yuen Wo Ping y Peter Pau.

El venerado maestro Ping, coréografo de las escenas de artes marciales de los principales exponentes del género de los últimos años; y Pau, el director de fotografía de la que hasta ahora sigue siendo la cumbre del género: Tigre y dragón —que me perdone Yimou con su célebre tríptico conformado por Héroe, La casa de las dagas voladoras y La maldición de la flor dorada—, hacen lo suyo aquí y en verdad de la manera más lucida y esplendorosa.

Con gente como ésta asesorando a Minkoff y componiendo o fotografiando sus escenas de lucha, ya fue menos lo que el hombre tuvo que dejar para los efectos (que son numerosos, a pesar de ello) y el wire-fu, ó kung-fu halado por cables que posibilita varios de los saltos alados de los protagonistas, tan sobresaturado a estas fechas.

¿Qué es lo que sucede con la película de Minkoff?

Sencillamente, que tambalea de cabo a rabo en sus intenciones conciliatorias de unir motivos caros a la pantalla china con otros que representan lo mismo para la norteamericana, pero del todo divergentes.

El reino prohibido, ante todo, se monta en el tren de las internacionalmente exitosas películas chinas de guerreros de antiguas dinastías, repletas de coreografías de lizas en picos nevados, policromía de trajes y paisajes, bellas mujeres de historia trágica y héroes en busca de su destino; no exentas sin embargo de atisbos de una filosofía que halla en lo perceptivo, la contemplación y la paz interior las llaves de entrada a la autocomprensión y la realización del ser humano.

Mas, temeroso el guión de John Fusco de que, pese al boom chino, demasiada ‘orientalidad’ desenrumbase al robotizado espectador norteamericano, occidentaliza la historia y nos pone a este adolescente del Boston actual apasionado del cine de patadas, el cual —todo el mundo se preguntará por qué— será el encargado de entregarle una lanza mágica al petrificado Rey Mono de una China milenaria, adonde llega intempestivamente y no por un portal en el tiempo o algo así, sino a causa del llamado de quienes quieren ser redimidos a miles de kilómetros y años por el chiquillo estadounidense.

Este muchachito, no podía ser de otra forma, es golpeado por algunos idiotas de su secundaria (¿habrá alguna escuela de los Estados Unidos en la que no hayan niños abusadores?), y su tour asiático le viene que ni pintado para, a lo Karate Kid, dominar el arte marcial, y de vuelta a casa, espantar a los pelmazos que lo molestan.

El reino prohibido nos plantea la “caída” y trayecto chino del jovencito muy a la americana, como un remedo, de algún modo adecuado al contexto, de las peripecias de Dorita en el mundo de Oz, tópico tan visitado por el audiovisual estadounidense.

Toda esta zona, la mayoritaria del filme, es un batiburrillo genérico de incesante acción, fantasía, aventuras y algo de comedia. En lo particular, algunos de los gags de Jackie y uno que otro del más serio Jet, me hicieron sonreír. También disfruté el nervio de los combates entre ambas estrellas, gusto no saboreado hasta hoy. Lo demás, me fue del todo indiferente; y el chiquillo bostoniano, francamente insoportable.

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