El Ángel de la bohemia

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En al menos dos de sus exposiciones personales Peñita ha documentado la plasticidad de los bailarines./Foto: Ángel Peña

Con él uno nunca sabe cuál es el adjetivo que define, si el desenfado o el talento; lo cierto es que posee una rara combinación de ambos, ante la que nadie queda indiferente. Quizás porque en Ángel de Jesús Peña Montalbán (marzo, 1961) todavía habita el espíritu de aquella bohemia de ajenjo y utopías, más preocupada por vivir que por teorizar.

De esa misma manera crea, lo hace espontánea y naturalmente porque para él, obturar la cámara, es casi como guiñar un ojo. Es algo que sucede desde los años ochenta del pasado siglo, cuando un amigo de la familia le inoculó la afición por la fotografía al poner en sus manos, por primera vez, un equipo para captar imágenes.

Luego, otros tres aliados pusieron límites a su autodidactismo y le enseñaron los rudimentos del oficio, que en Peña −dado su talento− devino arte. “El viejo Yoyo le enseñó la técnica de laboratorio; Rojitas, todo sobre la cámara y el pintor Frank Iraola, le ofreció algunas nociones estéticas en relación con el encuadre y la composición”.¹

Ángel de Jesús Peña Montalbán, para todos, sencillamente Peñita. /Foto: Efraín Cedeño
Ángel de Jesús Peña Montalbán, para todos, sencillamente Peñita. /Foto: Efraín Cedeño

A partir de entonces, su trabajo comenzó a exhibirse en los eventos visuales organizados en la ciudad; también a premiarse. Y si bien toda la producción artística de Peña suscribe el estatuto de credibilidad que posee la fotografía en el imaginario social, dado su valor documental, él se aparta de los referentes clásicos de la fotografía cubana.

Admira a Korda, a Corrales y a Liborio Noval, la trilogía de la épica grandilocuente de la Revolución; pero inmediatamente se percató de que sus circunstancias eran otras, por cierto, no menos heroicas porque asistió a la crisis que derivó en la dura e inestable realidad para la vida cotidiana de los cubanos. Consciente de ello centró sus impulsos en el tiempo breve de los eventos, en la mundanidad de las experiencias particulares, minúsculas y dispersas.

Así dio rostro a los sujetos históricos contemporáneos y abrió el espacio para alentar un nuevo episteme, anclado en la multiplicidad que exhibía el tejido social. Fue la riqueza de su relación con este mundo subalterno la que le permitió confesar “he realizado más testimonio que crónicas, porque me dedico a la captación de ese instante irrepetible: la foto”.²

Por eso en sus capturas está el latido del drama histórico de los años noventa. Y en cada una de sus impresiones: la confianza popular −todavía sin demasiadas fisuras− a pesar de que La Preferida³ exhibía sus anaqueles vacíos como cualquier bodega cubana; los vítores enardecidos de creyentes y curiosos en las primeras procesiones autorizadas de la Santa Bárbara en Palmira, auténtico ejercicio de participación y respaldo a ese contrafuerte espiritual invulnerable si de truenos se trata o su personal poesía sobre la vejez, en ensayos visuales que se regodearon en la arruga, la deformidad física, incluso en la incapacidad psíquica para asegurar la dignidad de la existencia cuando impera la laxitud.

En sus capturas está el latido del drama histórico de los años noventa. /Foto: Ángel Peña
En sus capturas está el latido del drama histórico de los años noventa. /Foto: Ángel Peña

Junto a los textos críticos y reflexivos, Peña ha conseguido exultantes desnudos, muchos de los cuales se han visto en exposiciones. Disfruta el valor expresivo del cuerpo humano; pero el hedonismo latente en sus registros, es una operatoria sensorial e intelectual para generar complejidades y efectos dramáticos en su discurso buscando condensar la relación imagen–representación.

Todavía permanece indeleble en mi memoria, el cuerpo tenso del actor Justo Salas Alfonso, en aquellas instantáneas tomadas en Asudiansam, puesta en escena del grupo Teatro A Cuestas, que dio lugar a la exposición personal Monólogo Fotográfico, en febrero de 1992, o más reciente, su trabajo en la muestra Folclor para celebrar el aniversario décimo quinto del Conjunto Folclórico de Cienfuegos, donde Peña documentó la plasticidad de los bailarines sin renunciar al propósito central del homenaje.

Igualmente, en el afán por captar el diario existir de los seres humanos vinculado a la dinámica social de la que forman parte, Ángel Peña, se ha interesado por los paisajes urbanos. Así la arquitectura y los ambientes citadinos desfilan por su galería, siempre sometidos a la transgresión de lo epidérmico, lo circunstancial. Pues el detalle de una reja, de una columna, de un interior cualquiera −sea en el Cementerio Tomás Acea, en la Iglesia Catedral o ante la vetusta fortaleza Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua justo en el momento de la entrada del primer crucero de bandera estadounidense posterior al triunfo de la Revolución− él redescubre el palpitar de la gente, sin poses ni artificios.

Todas son historias fugaces, inasibles, minúsculas, dispuestas a malograrse en el sinsentido de la finitud; solo se salvan, se inscriben en la memoria social y trascienden, gracias a la retina del Ángel bohemio de Peña Montalbán.

* La autora, Máster en Ciencias, es crítica de arte e investigadora del Centro de Estudios Socioculturales en la Universidad de Cienfuegos.

NOTAS

¹² Entrevista realizada por María C. Valladares Castro, Yanetsy Díaz Álvarez y Mayelín Hernández Muñoz a Ángel de J. Peña Montalbán en junio de 2013. Inédita. Archivo personal de la autora.

³ Nombre de la bodega ubicada en la esquina de Avenida 52 (Argüelles) y calle 57 (Lealtad) que da título a una de las fotos más conocidas de Ángel Peña en los años noventa.

La arquitectura y los ambientes citadinos desfilan por su galería, siempre sometidos a la transgresión de lo epidérmico, lo circunstancial. /Foto: Ángel Peña
La arquitectura y los ambientes citadinos desfilan por su galería, siempre sometidos a la transgresión de lo epidérmico, lo circunstancial. /Foto: Ángel Peña

Material tomado del No. 10, Año 3 (marzo 2017) de la Revista Cultural Bitácora de Jagua, publicación de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Cienfuegos.

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