De Sica, observador del sufrimiento humano (VI Parte)

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El techo (1955)

No sé como los italianos no pudieron amar a Umberto D en su tiempo -igual pasó con Limpiabotas y varias cintas, otro tanto les sucedió a los brasileros con el cinema novo: más miseria nunca será bien recibido por quien está hastiado de ella. Hay tanto desconsuelo en el orgulloso y digno anciano, que su drama, contado de una manera detallada, pulcra, queda, atrae solidaridades y afectos. Película está dotada de inusual magnitud de penetración en el espectador, de extraordinario acercamiento a la raíz de la humildad en el hombre, de singular maridaje entre la realidad y la ficción. No en balde, al comentarla, André Bazin, sostuvo que para De Sica y Zavattini hacer cine supone trazar la asíntota de la realidad. Pero para que la vida se trueque en espectáculo, para que nos sea entregada en ese puro espejo, como una poesía contemplada. Tal como el cine la trueca en sí misma.

La almendra de la producción conjunta De Sica-Zavattini ha de descascarse durante este período neorrealista. Sus intentos neorrealistas crepusculares contendrán aciertos parciales, mas no llegarán en ningún caso a alcanzar la estatura artística de las piezas del período. Tampoco conseguirán la misma dimensión los posteriores filmes del realizador, correspondientes a la parcela epilogar de su trayectoria.

Luego de Umberto D el director cambiaría de cuerda mediante Estación terminal, 1952, bella aunque vacilante historia de amor contada en tiempo real, con diálogos concebidos por Truman Capote y protagonizada por la también estadounidense Jennifer Jones, esposa del productor David O´Selznick. Casi a seguidas, advendría El oro de Nápoles, 1954, versión zavattiniana de la novela de Giuseppe Marotta: cinta de episodios, de muchos contratiempos extrartísticos, interesada en escudriñar las características del pueblo napolitano.

A través de dicha película, Guillermo Cabrera Infante atisba la decadencia de sus creadores. Por su parte, Mario Rodríguez Alemán estimará en el libro La sala oscura que “el fracaso evidente de este filme estuvo fundamentalmente en que se rellenaron los vacíos del argumento con palabras de las historias de Marotta y con efectos del teatro. En aquellas escenas en que aflora el realismo, el filme se refugia en el decorado pintoresquista de Nápoles. También asoma el folclorismo y la propensión a lo turístico con evidentes acentos de sentimentalismo”.

El techo (1955) no esconde su ambivalencia entre las pocas compatibles vocaciones de compromiso social y compromiso comercial, aspecto este último más evidente en El boom (1963), comedia al servicio de Alberto Sordi. Dos mujeres, trasvase de la novela de Alberto Moravia filmado dos años atrás, remarca las dotes de De Sica para la dirección actoral. Conduce a Sophía Loren (que durante la década va a formar parte, junto a Marcello Mastroianni, el productor Carlo Ponti y algunos elementos técnicos, del equipo de trabajo habitual suyo) a ganarse un Oscar y rubricar con su Cesira una de las más torneadas composiciones de su carrera. La película no agradó a algunos segmentos de la crítica, e incluso le endilgan el calificativo de “anacrónica”. Pese a que no estamos ahora frente a los macizos guiones de la etapa neorrealista, particularmente no consideramos del todo fallida a la cinta. Creo que constituye un interesante pronunciamiento en contra de la violencia dueño de secuencias naturalistas muy valientes para la época, solo coartado por la plúmbea dosificación espacial del argumento, muy mal resuelta a nivel de guión, toda vez que el hilo dramático poco movimiento confiere al motor narrativo ; y por la ausencia de personajes de garra dramática -salvo el central y acaso el del joven soñador al que da vida un Jean-Paul Belmondo, a la sazón todavía con tarjeta de ciudadanía del país de los actores, y no del de los bufones.

(Continuará…)

 (Texto publicado originalmente en la versión impresa de la revista Cine Cubano)

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