De pregones y pregoneros

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Según Nicolás Guillén, ese escritor que caló en la cultura, identidad y folclor cubanos, el pregón “es un arte que no todo el mundo puede dominar”. Floreció en Cuba a finales del siglo XIX y comienzos del XX, y devino tema de canciones populares. Atraían al público por su sonoridad e ingenio, e incluso dos o más vendedores de un mismo producto entraban en camaraderil controversia de una acera a otra. El doble sentido, picardía y hasta algo de dramaturgia caracterizaban a los pregoneros cubanos. Pero cuánto ha cambiado el escenario de esta cubanísima costumbre. La melodía se ha trocado en agresión sonora, y ahora mismo, “la cebolla morá y el ajo grande”, a unos 200 decibeles, se filtran bajo mi puerta mientras escribo este comentario.

El entorno ha cambiado y el escenario económico también, y no puedo calcular hasta dónde el mercado ha dañado a la cultura cuando de pregonar se trata. ¿Qué dirían Moisés Simons y Rita Montaner al escuchar a su Manisero de estos tiempos? El maní tostado o roasted peanut, como he escuchado pregonar los días de “crucero”, el cual ha dado un giro en reversa a ese clásico que recorrió el mundo.

Hablemos de la galleta de sal, un producto artesanal que, por suerte, inunda los mercados, porque la que se expende en la “Cadena” es similar al vidrio y lastima las encías. Pero, algunos vendedores del producto de marras producen el efecto contrario al anunciarla. Ya uno no sabe si se trata de una bronca callejera donde alguien anuncia una bofetada o del producto en oferta.

Y el asunto, mis queridos lectores, no va en criticar la laboriosidad del cubano. Sí, porque hacer gestión de ventas, sobre una bicicleta, un coche o a pie, recorriendo largas distancias, de barrio en barrio, con el sudor corriendo por la cara, es también un trabajo y resulta válido, en tiempos en los que llevar el plato a la mesa familiar cuesta bastante.

Se me ocurre, sin embargo, proponer capacitación a los candidatos a pregoneros. Quizá la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales, la Facultad de Ciencias Humanísticas de la Universidad de Cienfuegos y hasta el Centro de la Música podrían ofrecer un curso: “Aprenda con nosotros sobre armonía y afinación al pregonar”, y así estas instituciones, a la par de ingresar capital, ayudarían a “sanear” la contaminación sonora producida por algunos vendedores, quienes en su afán por atraer clientes, los ahuyentan, y se crea un efecto contrario, de bumerang, como le llaman los entendidos.

Están los que tienen problemas de dicción. Gritan, pero no se les entiende nada, nadita. Tras su paso se escucha en mi barrio, desde los balcones: “¿Qué dijo?”, “¿Qué vende?”, y entonces queda como una estela de voces, y ya usted no logra descifrar cuál es la oferta. A ellos también podría ofertárseles un curso de oratoria, pregonería… o algo por el estilo.

En mi barrio, el reparto de Pastorita, tenemos un personaje, que ya a estas alturas es una personalidad: Cabrera, vendedor de pan, y quien a mi juicio es un buen ejemplo de marketing. Va de puerta en puerta, sin tocar timbres, a las horas en que más necesitamos el producto, se anuncia sin agredir al oído, y escala hasta los pisos más altos, y no importa si el elevador funciona, y miren que se rompe con demasiada frecuencia. Él siempre aparece a la hora del desayuno, justo al momento de preparar las meriendas para el trabajo o la escuela. Algún día levantarán las generaciones venideras una estatua a Cabrera.

Por último no podían faltar los boteros. Un fenómeno tan viejo, y recuerdo que leí un ensayo de Lino Novás Calvo, escritor que en sus inicios practicara el oficio de transportar personal en La Habana de los años 40, de cuando se anunciaban con una gorra de plato y las llaves en la mano. No, ahora te “caen encima” y no importa que usted esté en el parqueo del Hospital, con cara de susto y acompañando a un enfermo. La sensibilidad humana jamás debe suplantar unos pesos en el bolsillo.

A estas alturas no sé si coinciden conmigo, pero no trata este comentario de coartar la ingeniosidad del cubano para navegar por mares procelosos. Es un reclamo, a modo de grito, porque en realidad lo que sí sería provechoso es no perder la sonoridad ni olvidar al pregón como ese personaje anónimo de nuestro folclore.

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