Cuchillo que mueve café

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La arrogancia de la cola no nos hizo titubear. Le echamos más leña a la conversación y tiramos por el barranco la maldita desesperación que provoca la continua espera. Las mesas, en definitiva, estaban llenas.

“Prohibido conectar WiFi dentro de la unidad” decía el cartel pegado al cristal de la cafetería del complejo Imago. ¿Y por qué no? ¿Por qué limitan el servicio, si esa prestación pudiera darle un valor agregado al establecimiento? ¿Acaso no funciona así en la mayoría de los centros comerciales del mundo? ¿Por qué siempre nos restringimos, en vez de ampliar las visiones, las mesas, el espacio, por ejemplo?

Una señora con pullover y gorra beige interrumpió el análisis para exigir el pedido. “Cuatro expresos, por favor”. Se viró y nos corrimos en señal de haber sobrepasado el peor de los momentos.

Cuatro vasos, como pichones con la boca abierta, esperaban la caída del café, la caída de uno de los vicios más arraigados en los cubanos. Expresos al mostrador. Cuchillos a los vasos.

Dos para cuatro. Sí, dos cuchillos plásticos para remover el café en los cuatro vasos. ¿Especialidad de la casa? “El profesionalismo se perdió en esta unidad” debía decir el cartel, pensé mientras el “vecino” terminaba de beber su expreso. ¿Habrá que ver si las pizzas tienen cuchillos, o a lo mejor les ponen cucharas? ¿Y las servilletas?, tiró al ruedo uno de los amigos que hacían compañía en la mesa.

¿Será difícil picar absorbentes o conseguir otra “herramienta” para el necesario acto de remover la infusión? ¿Habrá más producción de cuchillos que de otros implementos desechables? Otro tema para la agenda.

Lo real, la verdad, es que algunas veces los servicios están en función de salir del paso, en vez de concentrar sus fuerzas en lograr un mejor trabajo. No importa si vuelves, lo urgente es desmenuzar la cola, la acumulación del personal que aguarda en un espacio estrecho y sin las condiciones para afrontar tal demanda. Independientemente de la falta del recurso material, tan arraigado en Cuba como el café, la desatención al cliente crece, crece y forma montañas que no te dejan ver la diferencia.

Por cierto, la cafetería de Imago necesita pintura y reparación. La constante afluencia de público hace del espacio un blanco fácil para el deterioro, y quizás por eso su piso siempre lleva tatuadas las manchas de café, las huellas del queso aplastado por las suelas de los zapatos, boronillas de pan albergadas en los rincones.

Los vasos quedan vacíos, y solo se lee el letrero que lo acompaña: Bucanero. No hay tazas, no hay vasitos plásticos de los pequeños. ¿Por qué? Diez años casi en la Redacción me hace pensar en la multitud de excusas que aguardan a tal pregunta.

Una nimiedad en medio del entramado nacional, en medio del servicio cubano, pero que ilustra lo lejos, lo lejos que queda el mar de la satisfacción y el trato personalizado al cliente.

“Aquí me dicen que en la última mesa se están conectando. Tengo a otros clientes de pie. ¡Acaben, esto no es para eso!”, grita desde el mostrador la señora con pulóver y gorra beige. La vista, en plena rutina, busca la voz y vuelve a ver cómo el cuchillo se sumerge en el café, sin mediar resistencia.

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