Crónica para que la Guille la corrija | 5 de Septiembre.
jue. Dic 12th, 2019

Crónica para que la Guille la corrija

Un día perdido en el calendario lejano de 1984 ella subió los 33 peldaños marmóreos que conducían a la vieja redacción del “5” en la calle Gacel y firmó un contrato de trabajo.

Pensó que aquello de correctora sería una estación de tránsito en su expediente laboral, donde ya habitaban cítricos sembrados en Isla de Pinos, cañas de los Diez Millones pesadas en el antiguo central Cunagua, y magisterios diseminados en las rojas tierras de Yaguaramas.

Pero pasarían tantos años como escalones trepados aquella primera vez, cuando el olor de la tinta fresca debió enamorarla, y allá quien se atreva a calcular aunque sea por arribita las miles de cuartillas, mecanografiadas a porrazos de Robotron o a puro Word, que sus pupilas llenas de tanta campiña, escrutaron mañana, tarde, noche y madrugada.

La guajirita de Melones, allá por donde Ciego Montero intercambiaba viandas y canturías con el central Hormiguero, supo hacerse a sí misma, /woman by herself/ dirían los pragmáticos americanos del Norte, en medio de los golpes y las palmadas al hombro, de las trampas y las rampas que la universidad de la vida reparte a troche y moche antes de colocar su birrete sobre la testa de los elegidos.

Al salir a explorar los misterios de la existencia mundana ya cargaba en el jolongo aquellos valores antiguos que con rigor tributaba la crianza en un bohío cubano. En esos rudos cimientos cognoscitivos debió florecer su manera de interesarse perennemente por el prójimo, de alentar, aconsejar, y si fuera necesario criticar con la blandura de un flan de caramelo.

Muchos comentábamos que se iba a morir en la Redacción, como soldado al pie de su pieza artillera. Y la profecía estuvo próxima a los linderos del cumplimiento.

Cuando el manto de la joven noche del martes amparaba tanto espíritu congregado en la majestuosidad del “Tomás Acea”, y entre una amalgama de lámparas recargables, perfume de pétalos y humedades oculares, depositamos lo que tras un cuatrienio de cruenta lucha el cáncer había dejado de su cuerpo en el sepulcro. El mismo hasta donde siete diciembres antes ella acompañó a Enrique.

Unas palabras improvisadas le dieron el adiós solicitado en un acto de última voluntad, para el cual no necesitó de notario ni legajos calzados con sellos del timbre.

Quien las dijo quizá temió que la Guille le cazara su último gazapo.

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5 comentarios en “Crónica para que la Guille la corrija

  1. Franciscogé: Espero que, al llamarte así, sepas quién te comenta. Cuánto tiempo hacía que no disfrutaba de una crónica tuya y esta me emocionó mucho querido amigo. Solo me queda por decirte: ERES UN POETA.
    ¡Feliz Navidad!, desde luego, a sabiendas de cuál es el verdadero significado de esta fecha. Fuerte abrazo.

  2. Qué hermosa crónica, la leí, sufrí y deleité al mismo tiempo, gracias Francisco por el excelente texto y por el homenaje a la Guille, ese “palo en cañá” que aprendimos a amar y querer, y que de seguro extrañaremos mucho, cuando el tiempo de “los buenos” se nos hace más lejano

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