Boleto al paraíso: SIDA, autocontagio y Período Especial

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El resultado integral del filme termina siendo regular pero gratificante.

1993: como el monstruo de Cloverfield o los fantasmas de Actividad paranormal, sobre los inefables entresijos de tal año en el largometraje de ficción cubano han aparecido más siluetas que corporeizaciones. Falta por ver a la criatura frente a nos, de cuerpo presente, tan terrífica como fue, asomar al lienzo blanco de la sala oscura. Cierto es, existen películas, sobresalientes o discretas, enmarcadas de una u otra manera dentro del llamado período especial, pero de forma específica con el ’93, y su sucesor, continuamos en deuda.

Episodio aquel sin parangón en la historia revolucionaria, maltrecho a grado extremo nuestro aparato económico navegábamos solitos por el mar de las Antillas luego del suicidio soviético, y ya la garra hedionda del águila del Potomac se creía presta a agarrar a un caimán que, contra la creencia de muchos, sobrevivió para demostrar que el gigante Atlas quedó en kindergarten ante la capacidad de resistencia local. El saurio rebelde, con su gente inmensa, corroboró que contra un pueblo unido y con confianza en sí mismo, nadie puede; ni aun en las peores circunstancias. Más que teque es verdad bíblica, invariable. Fórmula inequívoca contra apetencias foráneas.

Pero tales días de aguante heroico, durante esa dupla referida del 93-94 y su radio inmediato de antes/después, merecen mucho cine todavía. Hay abono temático suficiente para filmar –en la franja aludida del largo fictivo– obras de arte con la dimensión sociológica capaz de contextualizar e integrar los vectores incidentes en ecuación semejante: económicos, políticos, sociales, éticos, espirituales, ontológicos.

Boleto al paraíso (Gerardo Chijona, Cuba-España-Venezuela, 2010) constituye intento de veras loable, mas aun incompleto, en tal sentido. Este relato-tipo de jóvenes hastiados de negritudes hogareñas -bajísimo su techo local de horizontes-, que huyen a la gran ciudad, el celuloide lo viene narrando hace la friolera de varias décadas, con sus lógicos cambios de variables según el caso. La novedad argumental de la cinta cubana vendría dada -e igual cabe subrayarlo: no resulta nada nimia-, por la decisión de algunos de los personajes adolescentes del filme de contagiarse, voluntariamente, el SIDA,  e ingresar así al sanatorio de Los Cocos (comida, medicinas y techo garantizados), cual mecanismo de supervivencia. Como es de conocimiento general merced a entrevistas de prensa concedidas por el director u otras informaciones, aunque ficcionalizados personajes e historia parten de elementos reales acaecidos en la capital durante 1993. Y los testimonios de dichos muchachos –consignados en el libro Confesiones a un médico, del doctor Jorge Pérez Ávila, director del citado sanatorio por largo tiempo–, ayudaron al triunvirato escritural Chijona/Francisco García /Maykel Rodríguez a componer el guión.

Boleto al paraíso quizá no llegue a establecer todas las interrelaciones sociales posibles (o ni siquiera lo haya pretendido, algo que tampoco es cuestionable, ni deviene obligatorio al hecho artístico); en verdad tira a ráfagas de resortes melodramáticos con marcas de estereotipos poco convenientes en piezas igual proclives al realismo social como las de su molde; y contiene dos o tres escenas sin duda alguna descartables, amén de uno que otro dialoguillo pueril y soluciones basadas en la simpleza. Pero no resulta roma ni ramplona. Ni “aséptica”. Aporta una visión plausible al reflejar no solo el fenómeno puntual de tales jóvenes, sino además un contexto histórico determinado. Esa guagua atestada de pasajeros –todo herrumbre el vehículo, tal muestra un picado del maestro Raúl Pérez Ureta–, cuyo timón Mario Limonta conduce hacia La Habana, el carro de alquiler del “pervertido” compuesto por Alberto Pujol, el hecho calamitoso del viaje eterno, las muchachas haciendo la calle en la avenida capitalina con la anuencia paterna, las broncas –entre otros detalles tenidos en cuenta por Chijona al fundir la armazón de su filme–, no son simples viñetazos o apuntes de color sino precisas puntuaciones dramáticas.

Pese a que la obra se hace entendible por cualquier espectador cubano, sin importar su ubicación etárea o geográfica –amén de proyectar igualmente decodificables señales universales–, si se fue guajiro en La Habana en 1993 (como este comentarista) uno justiprecia mejor cuanto narra Chijona. Me creo su película, todas las angustias contadas. Aun espantándome la filosofía vital por ellos propugnada, comprendo a sus personajes, si bien a lo mejor el guión pudo zambullirse más en sus oscuridades, en su mundo interior. No saben a falso Alejandro, Fito…., los “frikis” rockeros. No hay una veta de impostura. Esos jóvenes vivieron aquel maremagno social de esa forma, sobre todo quienes emigraron al centro neurálgico del país desde provincias.

Elemento esencial del cine de Chijona el de la composición de personajes, siempre bien atendido por el director de Adorables mentiras y Perfecto amor equivocado (no así en la errada Un paraíso bajo las estrellas), no lo descuida aquí tampoco, mediante la configuración de estos convincentes seres humanos urgidos a quemar etapas que pueblan la pantalla. Su búsqueda de afirmación, su ingenuidad, ignorancia y su miedo abisal a un océano de incertidumbres quedan definidos con un timbre cercano, de forma tal que llegan a identificarse las causas de las imprudentes acciones conducentes a la muerte de Alejandro o el embarazo de Eunice a cargo del susodicho autocontagiado del SIDA.

La cámara de Pérez Ureta traduce bien una época, mediante esa umbría pintura de ambiente que recurre a  formas expresivas filodocumentales. La música de Edesio Alejandro respalda, otra vez más, con bríos al audiovisual criollo. Un cuerpo estelar de secundarios (Luis Alberto García, Jorge Perugorría, Blanca Rosa Blanco, Paula Alí, Osvaldo Doimediós, Rafael Lahera, Enrique Molina, Laura de la Uz, Herón Vega, Samuel Claxton, Beatriz Viña…) apoyan el trabajo de los jóvenes protagonistas: Miriel Cejas, Héctor Medina, Fabián Mora, Dunia Matos y Saray Vargas. La Cejas –encargada de encarnar a la omnipresente Eunice– va creciendo exponencialmente en su arte y es probable que depare notables sorpresas futuras a la pantalla nacional.

Chijona manifiesta tacto para el trabajo con estos bisoños intérpretes y su conducción actoral es encomiable, de forma general. Además, logra imprimir fuerza y calado a una historia dotada de capas de espesor, crear tensión dramática, encontrar un centro de gravedad, sustentar un carácter de registro realista no lastimado en demasía por las pautas melodramáticas por donde en regla rige su decisión genérica.

El resultado integral del filme termina siendo regular pero gratificante. Mas, sobre todo, Boleto… refrenda, junto a Casa vieja, Chamaco, Afinidades, Larga distancia, Molina’s Ferozz, Verde verde, Fátima o Vestido de novia la tendencia del cine cubano reciente a traspasar nuevas fronteras temáticas. Sin ignorar sus distintas imperfecciones o manquedades, ya por ello concitan aplauso, respeto e interés de parte del espectador.

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