El PIB y los sueños que pretenden destruir

Recientemente, desde su perfil en la red social Twitter, el ministro de Economía y Planificación, Alejandro Gil Fernández, informaba que “a pesar del arreciamiento del bloqueo, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) pronostica que la economía cubana no decrecerá en 2019 y estima un crecimiento del 0,5 por ciento, similar al de la región”. Esta información ha sido tema de conversación en algunos espacios.

“La cosa” es que, cuando llegamos a esta época del año, comienzan las previsiones sobre cómo quedarán cumplidos los planes en cada colectivo de trabajo, en la provincia y en el país. La expectativa es mayor en un período en el que todos hicimos un esfuerzo por alcanzar las metas, a pesar de la persistencia del bloqueo que pretende asfixiarnos, únicamente por el pecado de ser un pueblo digno, que se ha enfrentado a las arremetidas imperiales con inteligencia, mucho coraje y corazón, además de otras “c” que no menciono por problemas de espacio.

Cuando miramos el numerito del Producto Interno Bruto comienzan las polémicas y se entablan comparaciones con la vida real en este pueblo educado para tener y formarse criterios sobre los temas más diversos; incluso, capaz de emitir valoraciones como los máximos conocedores de cualquier asunto, atreviéndose a polemizar sobre la vida sexual de las focas y los osos polares o sobre el patinaje sobre hielo. Para eso nacimos orgullosamente cubanos y nos hemos preparado en un sistema de educación universal y gratuita que ha permitido reforzar nuestras opiniones. En esos debates, el afamado PIB se convierte en asunto controversial, al interpretarse por muchos, erróneamente, como “la prosperidad absoluta”, siendo este concepto diferente al definido por su creador, el economista ruso-estadounidense Simón Kuznets.

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Hasta mediados de los años 30 del siglo pasado, no existía ningún indicador que permitiese medir la situación económica de un país. En aquella época, unos podían decir que las cosas iban bien y otros que iban mal, pero no había medidas comprensibles que ayudaran a determinarlo. El señor Kuznets, Premio Nobel de Economía en 1971 por su trabajo sobre el proceso de desarrollo económico, fue el creador del sistema estadounidense unificado de contabilidad nacional y el “inventor” del PIB; pero fue siempre muy crítico con la pretensión de medir el bienestar exclusivamente sobre la base del ingreso per cápita derivado del PIB, puesto que otras variables del desarrollo y el bienestar no se incluyen en este.

Según él, el PIB se suele interpretar por su evolución: es decir, si es ascendente durante un período, la economía estará “creciendo”; si descendiera, estaría en “recesión”. Por su parte, Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía en 2001, en un artículo titulado El fetichismo del PIB, escribía: “La gran interrogante es saber si el PIB ofrece una buena medición de los niveles de vida (…) el PIB puede empeorar los niveles de vida, pues generalmente se concentra en el ingreso de unos pocos en desventaja de la mayoría”.

Es por esto que algunos analistas afirman que dicho indicador se ha convertido en una cortina para ocultar la realidad que vive la mayoría, pues no calcula la desigual distribución de las riquezas, la extracción de las ganancias por las empresas transnacionales y las políticas socio-económicas que esgrimen los gobiernos que optan por el modelo neoliberal.

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Por otra parte, no es para nadie un secreto que el 0,5 por ciento de crecimiento económico estimado es insuficiente para alcanzar las metas de desarrollo a las que aspira la nación; el que se plantea para lograr este fin no debe ser menor al 4,0 por ciento. Sin embargo, no podrá dejarse de reconocer que es una heroicidad de nuestro pueblo alcanzar estos resultados, y que en Cuba, dichas cifras no son ni serán jamás el resultado de cataclismos que estremezcan los programas sociales que sustentan nuestro modelo económico y social, porque no se han aplicado paquetazos como los que sufren nuestras hermanas naciones latinoamericanas, a veces con PIB “de vitrinas”, y que se han exhibido durante años como “el oasis o el milagro del capitalismo”; es allí donde las desigualdades sociales acumuladas han provocado explosiones incontenibles de los pueblos.

Ya estamos en un nuevo año y comenzamos a decir “qué rápido transcurrió el tiempo”. A la sazón, revisaremos lo que nos propusimos, y todos trazaremos nuevas metas en medio del optimismo justificado de un pueblo dueño de su futuro. Por eso, al valorar con objetividad lo alcanzado reconozcamos de manera justa el uso del PIB como variable macroeconómica para medir el crecimiento económico de la nación y en consecuencia, de las riquezas del país. Reconozcamos que este crecimiento ha sido afectado, en primer lugar, por el impacto del bloqueo, la aprobación del Título III de la Ley Helms-Burton y de otras 186 medidas aprobadas por el presidente de los Estados Unidos Donald Trump, que pretenden convertir en pesadillas nuestros sueños de que “se asegure un nivel de desarrollo sostenible que conduzca al mejoramiento del bienestar de la población, con equidad y justicia social”, pero jamás podrán destruirlos.

Andrés Martínez Ravelo

Andrés Martínez Ravelo

Ingeniero civil. Director provincial de Economía y Planificación en Cienfuegos.

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