Tubal Páez: El revolucionario que encontró en el periodismo su trinchera (+ Video)

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Jaruco era todavía una provincia de La Habana cuando Tubal Páez Hernández nació. Fue un 16 de noviembre de 1940 el día en que Leonila y Tubal conocieron al segundo de sus hijos. A él y a Elsa, la mayor, le dieron una infancia marcada por la presencia de tíos con militancias, creencias y ocupaciones disímiles.

Bajo el techo del abuelo paterno —un comunista masón que se convirtió en alcalde a la caída de Gerardo Machado— confluían músicos, maestras, albañiles, rotulistas, inspectores, proyeccionistas de cine, incluso un campanero de la iglesia del pueblo.

Creció en “un parlamento convocado diariamente a la hora de almorzar”.

Tubal se recuerda correteando por los alrededores del batey del central Jesús María, jugando a las escondidas con sus compañeros del aula multigrado, con los pies sumergidos en el fanguizal en el que se convertía el huerto de la escuela cada vez que asomaba la lluvia.

También se recuerda víctima de la discriminación por no ser un “blanco puro” y tener una abuela mulata.

No solo las vivencias de sus familiares, la discriminación y la barbarie que se vivía en Cuba por aquellos años, lo motivaron a tomar la decisión que le cambiaría la vida para siempre.

Hubo también dos nombres: Noelio Capote Figueroa y David Royo Valdés.

Estos muchachos también vivían en Jaruco. Se les recuerda porque junto a ellos, 80 expedicionarios arribaron a las costas de Cuba a bordo del yate Granma en el año 1956. Un hecho que marcó un giro en los acontecimientos de la historia de Cuba.

Pero antes de la travesía, antes de que fueran vilmente asesinados por el ejército de Fulgencio Batista en las cercanías de playa Las Coloradas, hubo una colecta en el pueblo para que pudieran costearse ese viaje. Ahí estuvo Tubal.

Cree que participar en esa recaudación fue su primer acto político.

Desde entonces —y hasta hoy— se convirtió en un militante de las causas justas.

En realidad, no recuerda con exactitud cuándo se enroló del todo en la lucha clandestina. Solo ocurrió.

“No había otra cosa decente que hacer que enfrentarse a la dictadura, a los abusos, a la desigualdad, a una tiranía que masacraba a las personas”, cuenta.

Lo cierto es que a los diecisiete años ya formaba parte de una célula del Movimiento 26 de Julio. Su misión: la distribución de propaganda clandestina.

Recuerda que los folletos que circulaba con denuncias y noticias de la Sierra Maestra nacían de talleres improvisados y rudimentarias máquinas artesanales, que alguien lo denunció y comenzó un periplo por varios cuarteles y capitanías hasta llegar al castillo del Príncipe solo 48 horas después de la conocida “Masacre del Príncipe” donde fueron asesinados los jóvenes Vicente Ponce Carrasco, Reynaldo Gutiérrez y Roberto de la Rosa.

Eran los primeros días de agosto de 1958 y Tubal era juzgado como mayor de edad cuando no lo era. Incluso, de los 36 prisioneros que allí llegaron, luego dejarían solo a los ocho más peligrosos. Él estaba incluido.

“La peligrosidad mía estaba dada porque difundía las ideas en el plano de la propaganda”, dice.

Luego, llegarían la libertad provisional, el interrogatorio con miembros del departamento represivo que constituía el Buró de Investigaciones, la mudanza familiar hasta Aguacate, otro de los municipios de la vieja provincia de La Habana, el regreso clandestino a Jaruco.

Entonces, triunfó la Revolución. Con ella, llegaron otras responsabilidades políticas, misiones de nuevo tipo:

Jefe de la policía municipal, miembro de la dirección del Movimiento 26 de Julio, encargado de propaganda de la organización en Jaruco, organizador de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) en ese territorio y primer secretario del Partido en el municipio Campo Florido…

Estando allí aprendió de la ganadería, la producción lechera y las cooperativas. También estuvo un paso más cerca del periodismo.

Fue seleccionado para estudiar en la escuela del Partido Ñico López, donde luego le propusieron estudiar y trabajar en el periódico Granma.

Fue en esa redacción donde descubrió lo que sería también su oficio de la mano de valiosos profesionales. Entre ellos estaban Martha Rojas, Juan Marrero y Elio Constantín.

“Mis primeros trabajos en Granma fueron en el campo de la caricatura y el diseño. Colaboré con Palante. Tenía una sección fija con el seudónimo de Tato”, cuenta.

Con el tiempo pasó a ser redactor. Luego jefe de la página ideológica, jefe de Redacción y de Información y finalmente primer subdirector.

“Granma lo tengo en la sangre”, dice, como quien no puede desprenderse del ritual que implica un cierre editorial diario, del susto a la errata que puede escaparse a la vista, de los recuerdos que enlazan esas noches a la presencia de Fidel.

“Fidel conocía perfectamente cómo funciona un periódico. Sabía los horarios de cierre, los peligros del descuido, la importancia de cada palabra”.

Es por ello que revisaba los textos de sus discursos con minuciosidad, hacía correcciones a mano, agregaba frases.

Muchos de esos discursos enmendados por su puño y letra aún se conservan en la redacción del diario como un tesoro.

A ellos vuelve Tubal en estos días en los que aprovecha la excusa de una entrevista—otra de las tantas solicitadas en el contexto de su Premio Nacional de Periodismo por la Obra de la Vida—para recorrer lo que durante mucho tiempo fuera su escuela y hogar.

 

La revista Bohemia y el periódico El Habanero fueron otros de los colectivos editoriales en los que Tubal asumió cargos directivos. Sudirector en el primero, director en el segundo. Ambos fueron retos que asumió desde la disciplina y el compromiso con un periodismo apegado a la verdad y a la agenda pública. Pero si hubo una etapa que recuerda como la “más enriquecedora de su vida” fue en la que estuvo al frente de la Unión de Periodistas de Cuba.

20 años.

Entre 1993 y 2013,Tubal tuvo que conducir al gremio en uno de los momentos más complejos para la prensa cubana. Eran los años más duros del Período Especial en Cuba, cuando las redacciones trabajaban con escasez de papel, equipos envejecidos y un país entero tratando de reinventarse.

En medio de aquella precariedad material, el periodismo debía seguir contando la realidad y acompañando procesos políticos intensos, como la Batalla de Ideas surgida tras el caso de Elián González. Fueron también los años en que comenzaron a entrar las computadoras en las redacciones y aparecieron los primeros medios cubanos en Internet, transformando rutinas de trabajo que durante décadas habían dependido de máquinas de escribir y linotipos.

A la par, los congresos de la organización discutían el papel de la prensa en una sociedad en cambio.

En ese escenario de crisis, debate y transformación tecnológica, la UPEC tuvo que repensar constantemente su lugar dentro del sistema de medios y el papel del periodismo en la vida pública del país.

Ahí estuvo Tubal con la compañía siempre certera y retadora de Fidel.

De él aprendió que bajo ningún concepto se debe mentir. “Este precepto está en todos los códigos de ética en el mundo, pero es el que más se viola”, explica.

A lo largo de su vida ha tenido muchas responsabilidades públicas. Entre ellas la de ser diputado a la Asamblea Nacional durante varias legislaturas y vicepresidente de la Federación Latinoamericana de Periodistas, así como también profesor en la carrera de Periodismo de la Universidad de La Habana.

Pero cuando se le pregunta por los reconocimientos recibidos, suele volver a dos momentos muy personales.

Uno es el sello de fundador estampado en su carné del Partido,“una categoría reservada solo para aquellos a quienes se les verificó su temprana inserción a las filas de la organización y su desempeño en la lucha clandestina o en la Sierra”, según explica.

El otro, la réplica del machete del Generalísimo Máximo Gómez que recibió de manos de funcionarios de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

 

Tubal, tiene además de su amplia trayectoria en el periodismo: dos hijos, tres nietos y una vida compartida con su esposa Gladys Cruz Leal, a quien conoció en los años de la lucha clandestina.

Todavía se acerca a las redacciones. Y es miembro en activo de la UPEC como su presidente de honor.

Cuando se mira su trayectoria completa, parece la de un militante que encontró en el periodismo otra forma de cumplir su compromiso con el país. Lo hizo con la misma discreción que lo caracteriza, con esa sencillez y modestia que quienes lo conocen mencionan antes que cualquier cargo o reconocimiento.

“No siempre he encontrado las palabras suficientes para describir la heroicidad del pueblo cubano, los paisajes de nuestra historia, la ferocidad de nuestros enemigos”, dice.

A nosotros nos confesó que siempre sintió como una asignatura pendiente el no haber sido corresponsal de guerra. Pero, escuchándolo, podría pensarse que de algún modo sí lo fue.

Durante décadas contó un país que —según sus propias palabras— ha tenido que vivir bajo el asedio permanente del gobierno de Estados Unidos, una presión constante que ha marcado la vida cotidiana de los cubanos. Una guerra larga.

Narrar esa resistencia, ha sido quizás su manera de estar siempre en “el frente”.

En video,

 

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Cubadebate

Medio de información alternativa que alerta sobre campañas de difamación contra Cuba. Agrupa a periodistas cubanos y de otras nacionalidades en torno al Círculo de Periodistas contra el Terrorismo

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