Paralelismos y divergencias en la estrategia de EE. UU. contra la URSS y Cuba
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La estrategia de Estados Unidos contra la Unión Soviética y Cuba comparte una lógica subyacente, típica de la Guerra Fría, basada en la contención y la subversión
La estrategia de Estados Unidos contra la Unión Soviética y Cuba comparte una lógica subyacente, típica de la Guerra Fría, basada en la contención y la subversión.
En los tres pilares fundamentales, la guerra económica, la subversión política y la guerra sicológica y propagandística, se observa una marcada similitud en el enfoque.
Sin embargo, debido a la enorme diferencia en la magnitud, el poderío militar y la ubicación geográfica de ambos adversarios, las tácticas concretas y los objetivos finales presentan matices cruciales. Mientras que contra la URSS la meta era el desgaste y la contención, contra Cuba se ha tendido más hacia el asedio y la asfixia.
Sin dudas, la guerra económica es el instrumento central en ambos casos, concebida para estrangular los recursos vitales del adversario. Contra la URSS, la estrategia se centró en coordinar con los aliados occidentales un bloqueo tecnológico y comercial estricto, limitando la exportación de tecnología avanzada y bienes estratégicos. El objetivo era frenar el desarrollo industrial y militar soviético.
Contra Cuba se implementó el bloqueo económico, comercial y financiero más prolongado y exhaustivo de la historia moderna. Un cerco total que no se limita a cortar el comercio bilateral, sino que se ha convertido en una guerra económica de alcance extraterritorial.
En ambos casos, la economía se utiliza como un ariete para generar privaciones materiales y dificultades internas. La diferencia clave radica en la intensidad y la duración. Contra Cuba, el cerco es absoluto e ininterrumpido.
En el plano político y militar, ambos escenarios muestran una evolución desde planes de guerra a gran escala hacia operaciones más encubiertas y de baja intensidad.
Contra la URSS se concibieron planes como la Operación Dropshot (1949), que contemplaba un ataque nuclear masivo para destruir el 85 % de la capacidad industrial soviética. No obstante, el desarrollo del arsenal nuclear de la nación euroasiática hizo inviable cualquier intento de invasión directa.
Dada la proximidad geográfica de Cuba y la asimetría de fuerzas, EE. UU. recurrió a una intervención más directa y agresiva: la fallida invasión por Playa Girón, en 1961; los sabotajes y asesinatos sistemáticos; y operaciones de gran calado como Mangosta (1962), o de falsa bandera como Northwoods (1962).
También, la propaganda y la guerra sicológica son armas ideológicas permanentes en ambos frentes. Contra la URSS, para la penetración externa y confrontación ideológica se utilizaron emisoras como Radio Free Europe y Radio Liberty, con contenidos en lenguas vernáculas, a fin de erosionar la legitimidad del sistema desde afuera.
En el caso de Cuba, la propaganda se elevó a un nivel estratégico, aprovechando la cercanía geográfica. Se crearon Radio Martí y TV Martí, plataformas financiadas por el Gobierno estadounidense, para emitir una programación de alta intensidad y contenido político explícito, con el objetivo de «promover el cambio» en la Isla.
La esencia: ambas son formas de diplomacia pública agresiva, que buscan demonizar al adversario y socavar su credibilidad. La diferencia es que, contra Cuba, este aparato propagandístico es más invasivo, cercano, y constituye un componente integral y continuo de su estrategia de «cambio de régimen», alentando la disidencia interna y la fuga de talentos.
Sintetizando, la estrategia de Estados Unidos contra la Unión Soviética y contra Cuba sigue el mismo libreto de la Guerra Fría: la economía como un torniquete para asfixiar el sustento material del pueblo, la subversión para fracturar la cohesión interna desde la sombra, y la propaganda para corroer las bases ideológicas de su legitimidad.
No obstante, los medios y la intensidad se bifurcan según el objetivo. Contra la URSS, EE. UU. aplicó una estrategia de «contención y desgaste», viéndola como un adversario global a quien debía superar en una costosa carrera armamentística y en guerras periféricas.
Hacia Cuba, en cambio, EE. UU. ha aplicado una estrategia de «asfixia y aniquilación», viéndola como un enclave hostil a solo 90 millas de sus costas.
Por ello, sus herramientas han sido más directas, implacables y duraderas. Buscan no solo contener, sino colapsar económica y políticamente al país mediante un cerco total y una guerra sicológica incesante, y que lleva más de seis décadas sin tregua.
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