Desde Ciego de Ávila: Una empresa contra los desafíos
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Esta es la historia de una entidad que se niega a rendirse, que se reinventa entre carencias y vicisitudes
La carretera, dicen los que la conocen, es un organismo vivo. Nace, se extiende, se cansa, se enferma. Y como todo ser vivo, necesita quien la cuide. En la provincia de Ciego de Ávila, esa tarea recae en las manos de 245 hombres y mujeres que, machete y guadaña en mano, mantienen a raya la maleza que amenaza con devorar los 462 kilómetros de vías que cruzan el territorio.
Ernesto Rodríguez González, licenciado en Contabilidad y Finanzas, es el director de la Empresa de Mantenimiento Vial y Construcciones de Ciego de Ávila. Habla de un panorama complejo. «En estos momentos nos golpea el tema energético», admite sin rodeos. «La escasez de combustible, un problema que sacude a toda la Isla, es una de las principales amenazas, pero en lugar de resignarnos, decidimos hacer un análisis certero de cómo sobrevivir en los momentos difíciles».
La respuesta fue un sistema de pago a destajo que ha transformado el modo de hacer de los trabajadores. «Nuestros obreros, los vinculados directamente a la producción, obtienen hasta 42 centavos por cada peso de ingreso con la chapea manual», explica Rodríguez. El resultado: aunque no se logra limpiar el 100 % de los caminos, «nuestros trabajadores liberan de malezas una gran parte de las vías principales».
El salario medio ronda los 15 000 pesos, pero hay quienes se destacan y duplican esa cifra. Todo depende de la producción que ejecute cada brigada. «Es una tarea bastante difícil, pero posible», insiste el Director. «Resulta de gran importancia el estímulo salarial, un resorte para que cumplan con la tarea asignada».
Este esquema es posible gracias al Decreto 138 de 2025, que faculta a las entidades estatales a determinar de forma descentralizada la organización del sistema salarial. Un subdirector sobrepasa los 20 000 pesos; un jardinero los 9 000. Todo depende de los niveles de producción de la empresa, que hasta ahora cumple con su plan de ingresos mensuales y con indicadores clave como el salario medio-productividad, el costo por peso y el rendimiento de la inversión estatal.
GEOGRAFÍA DEL ESFUERZO
La empresa ha ideado estrategias ingeniosas para sortear la crisis logística. «Hemos tratado de buscar trabajadores cercanos a las vías para que las atiendan -explica Rodríguez- y así no tener que trasladarlos desde lugares lejanos, lo que conllevaría un gasto excesivo de combustible». Esa decisión, aparentemente sencilla, ha permitido optimizar recursos y mantener operativas las cuadrillas en los diez municipios.
La entidad ha ampliado su diapasón productivo. La pintura, la construcción de viviendas, la producción y venta de carbón, y la paulatina apertura de tiendas para el trabajador vial en cada territorio –están próximas a abrir las primeras dos, en los municipios de Venezuela y Primero de Enero– son algunos de los rubros que diversifican sus ingresos. En esas tiendas, los trabajadores y moradores de las comunidades podrán adquirir bebidas, útiles del hogar, productos alimenticios, bloques, entre otras mercancías.
La empresa también ha comenzado a gestionar producciones cooperadas con el sector no estatal, como el alquiler de una grúa, una rastra y una pipa de combustible, que generan ingresos adicionales.
Este año, la entidad aspira a generar en valores más de 73 millones de pesos. Van por el 65 % de esa meta. De una plantilla de 350 trabajadores, hoy cuentan con 245, pero han logrado recuperar la fuerza laboral que había emigrado a otros sectores, un síntoma de que la estrategia da resultado.
EL HOMBRE DE LA GUADAÑA MÁGICA

En el tramo comprendido entre La Rodaja, Laguna Vieja y el Tres Catorce, la maleza no tiene oportunidad. Allí labora Reinaldo Díaz Rodríguez, un hombre con más de 20 años en el oficio, con la experiencia de haber chapeado carreteras en su natal Santiago de Cuba, en la zona de Quintero, cercana a la Universidad, pero hoy su trinchera está en los caminos avileños.
«Siempre he chapeado carretera», dice mientras observa su herramienta. «Cuando cumpla mi jornada aquí, voy a trabajar la tierra. Vengo todos los días por la mañana». Su método es meticuloso: «Yo adelanto un tramo de 50 o 60 metros y después regreso por el otro lado para que haya uniformidad y se vea lindo el trabajo».
Reinaldo recuerda tiempos peores. «Al principio chapeaba por 350 pesos al mes. Ahora lo hace por 10 000 pesos. Si hago más, también me lo pagan». Pero lo que realmente distingue a Reinaldo es su filosofía. «Este trabajo tiene su magia», afirma con una sonrisa. Y la explica: «Uno debe levantarse temprano para comenzar cuando la hierba está mojada y el sol no es tan bravo».
Su guadaña es una extensión de su brazo. «La hice más pequeña que la otra, más manuable –dice mostrando su herramienta personalizada–, pero cuando la hierba crece y se pone más pesada, yo cambio para la otra, que no cree en nadie». Esa sabiduría, forjada en décadas de trabajo bajo el sol, la ha convertido en el motor de su filosofía.
EL JARDINERO QUE CONVIERTE EL DESCUIDO EN BELLEZA
En el acceso a la Empresa de Mantenimiento Vial y Construcciones de Ciego de Ávila, desde el puente hasta el frente de la propia entidad, hay un hombre que convierte la maleza en orden y el descuido en belleza. Se llama Ángel Acosta Díaz, y su misión es mantener bonito ese tramo. No es una tarea menor, porque la primera impresión, dice él, «es la que se lleva el que llega».
Ángel habla sin apenas tomar aliento, y cuando lo hace, siempre termina refiriéndose a su herramienta de trabajo: la guadaña. «Algunos dicen que es el machete del vago –comenta con una sonrisa pícara–, pero yo les aseguro que rinde más que el machete tradicional y cuida la cintura, porque no hay que agacharse tanto, el cuerpo lo agradece y se cansa menos». Reconoce que le haría falta una buena lima para afilar su guadaña y mantener el filo que exige la hierba rebelde.
Llegó a la empresa y encontró un refugio, un lugar donde su esfuerzo es valorado y su presencia, respetada. «Aquí me siento bien», afirma con la convicción de quien ha encontrado un hogar en el trabajo. Y su labor, silenciosa y constante, es la prueba de que el esfuerzo también florece en los jardines, en los bordes de las carreteras, en la guadaña que cuida la cintura y en la mano que embellece.

EL INVENTOR DE MAJAGUA
Ismael Revoredo Rodríguez trabaja en el municipio de Majagua. Su área es precisa: «de la alcantarilla al puente de la línea». Su misión: mantenerla limpia, «aun en época de lluvia, cuando la hierba crece muchísimo». Ismael tiene una chapeadora de mano, una pequeña máquina que debería funcionar con gasolina. Pero la gasolina escasea.
Entonces Ismael hizo lo que los cubanos hacen mejor: inventar.
«Un día se me ocurrió hacer gasolina –dice con la tranquilidad de quien revela un secreto a voces–. Sí, no se asombre, hago gasolina».
El periodista, incrédulo, pidió la receta. Ismael la compartió con la sencillez de un campesino que explica cómo sembrar yuca: «Salgo a buscar plástico por los vertederos. Lo clasifico, lo picoteo en pedacitos, lo echo dentro del tanque, aprieto bien la tapa, echo el serpentín al agua, le doy candela a alta temperatura y destila el líquido».
–¿Y eso es gasolina?
Ismael sonríe. «Vaya, usted sabe. Gasolina, lo que se dice gasolina, no es, pero la sustancia derivada de ese proceso hace la función de la gasolina. Se lo digo yo. Es la que emplea la maquinita con que yo trabajo. Y arranca y no se para. ¡Eso se lo aseguro!»
El invento ha cambiado su vida. «Lo que hago en siete días chapeando con una guadaña, lo hago en un día y medio. Llevo como cinco meses con ese invento. El motor trabaja bien. No conozco de otra persona que aplique este invento, al menos en mi empresa».
Ismael ha hecho los cálculos: «Con 30 libras de plástico saco entre seis y ocho litros». El combustible, admite, no huele exactamente a gasolina, pero su chapeadora «trabaja mejor que con la B-83 que viene al servicentro». Ismael llegó a ese invento experimentando, después de leer algo en «feibu» y darle su propia vuelta. «Ese invento me ha hecho no detenerme y tener el kilómetro de carretera bien limpio», asegura con orgullo.
Este es el retrato de una epopeya silenciosa, tejida por manos anónimas que se niegan a doblegarse ante la adversidad.
Porque existen personas como Ismael, Reinaldo, Ángel y los más de 240 trabajadores de esa organización; y, junto con todos, está Ernesto, el timonel, el director de una empresa que otrora era reina de las pérdidas económicas y ahora en un ejemplo de gestión en medio de las dificultades.
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