Palabra pequeña; connotación inmensa: ¡Papá!
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Una palabra pequeña; pero cuánta grandeza encierra. Una palabra breve, pero cuánto abarca: amor, entrega, preocupación por el bienestar de otros; consejos, regaños, acompañamiento.
Una palabra de apenas dos sílabas, a veces balbuceada por voces chiquitas, dichas por voces de niños, voces adolescentes, voces jóvenes y adultas también.
Una palabra con muchas variantes, tantas como quienes la usan quieran emplear, pero es una palabra que cuida y abraza; que calma y encauza.
Se dice papá y se desborda la ternura, la mano firme para conducir o corregir la conducta, cuando es preciso.
Digo Papá y en mí afloran los más lindos sentimientos, la sonrisa al saberlo en mi vida aun cuando hace unos meses no tengo más su presencia física, pero si sus consejos, su amor y su vida, siempre al pendiente de mis hermanos y de mí, de la familia toda, de sus amigos y compañeros de trabajo.
No puedo negarlo: me hacen falta nuestras conversaciones telefónicas o frente a frente, cada vez que lo visitaba; los intercambios acerca de lo terrenal o lo divino. También su recordatorio de que no olvidara llevarle algunos ejemplares del “5” impreso porque siempre eran nuevos para él y si por casualidad algún trabajo firmado por su hija periodista estaba en esas páginas, entonces sí los atesoraba de verdad.
Pero me miro en su espejo, siempre optimista, siempre protector, siempre impulsándonos a crecer y a no detenernos porque “de los cobardes nada se ha escrito”.
Repasando la relación que siempre me unió a mi papá, no tengo dudas de que es -en efecto- una palabra pequeña pero con una connotación inmensa.
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